Carolink Fingers
08.04.2010

El barrio está que arde

por carolinkfingers


Dicen ellos «Llevamos tiempo tejiendo redes que queremos compartir con los lectores de periodismohumano». Decimos nosotras «¿Quieres hacer el favor…? llegará un poquito más lejos». Dice Steven Johnson en Sistemas emergentes: «Los vecinos se enteran de lo que les sucede a otros vecinos porque se cruzan con ellos, y pasan por delante de los comercios y viviendas de otros mientras caminan por la acera».

Ése es un libro que tiene diez años pero resulta hoy estimulante en muchos sentidos y que, entre otras cosas, me reafirmó en una idea que me viene acosando desde hace tiempo: en las redes están los nuevos barrios. Apenas sé nada de mi vecina de al lado (salvo que cuando sale del ascensor deja tufo de colonia podrida), pero sé bastantes cosas de mis vecinos de twitter y facebook (es más: hay múltiples maneras de seleccionar a los «amigos», y mi único filtro en las redes es poder compartir intereses; no me interesa tu estado civil; no me interesan las fotos de la playa). He aprendido pocas cosas de mis estancias (a veces bastante histéricas) en las redes sociales, pero una de ellas es que, si algún sentido tienen es el de compartir historias.

Cuando empezamos el programa de radio, al principio nos limitamos a utilizar la vecindad para llenarlo de contenidos. El primero de todos estuvo hecho con participaciones de amigos, que nos contaron sus lecturas veraniegas. Después vino trabajar con aquellos autores y libros de los que nos sentíamos más cercanas (obviamente, leyendo mucho, a contrapelo muchas veces, y extendiendo nuestra red de amor) y ya han pasado varias decenas de amigos por los micros de Radio Carcoma: podemos decir que algunos engañados con tretas muy poco éticas.

A veces no contamos con amigos/vecinos, pero viene Elizabeth Smart a llorar sus pasiones desde la tumba. Otras se nos caen los invitados cuatro horas antes y nos traemos a un clérigo del siglo XVII.

Y comentamos y pedimos participación en nuestro barrio, que es la pequeña comunidad de seguidores de #quiereshacerelfavor (entra a twitter y, en directo, los lunes de 21 a 22 h. serás escuchado). (Lo intento, por mi parte, en facebook, pero tiene otras reglas y la participación no es la misma).

Es un programa en una radio libre. Y sabíamos que no habría retribuciones, más que la satisfacción personal de estar difundiendo la literatura que leemos con pasión. Ahora, sin embargo, tenemos una inesperada recompensa: la de que un medio nuevo (no sólo nuevo, distinto, crítico, enfocado en los derechos y lo social, único) se haya fijado en nosotros y nos deje redistribuir nuestro podcast en su sección Culturas. Allí estará cada jueves.

Nos sentimos muy honradas de aportar un granito de arena a Periodismohumano. Pero es mucho más lo que ellos nos aportan a nosotros: un público al que no llegaríamos de otra forma. Hacer nuestro barrio un poco más grande.

Es lo que hacen los vecinos, ¿no?: prestarse un dedo, un antebrazo, medio cuerpo, y el tiempo, sobre todo el tiempo. Pero ya no viven aquí al lado. La pasión, la filia, la comunidad en intereses, el amor por los mismos temas o la visión del mundo (de nuestra profesión, en este caso) es lo que nos une. El barrio se ha vuelto crítico, transversal y participativo. El barrio está que arde.

06.04.2010

Escrito a mano

por carolinkfingers

Si mi madre supiera…

Domingo 4 abril 2010
Ciudad Aljarafe

¿Tengo una historia con N.? ¿Tengo una historia con B.? Lo que definitivamente sí tengo es una historia con Mario Levrero. A veces me identifico con la bruja de su mujer, pero la mayor parte de las veces soy él. ¿Qué significa ser él? Tener las mismas (similares) angustias en relación a la gestión del tiempo, a los procesos interiores y a la pérdida de escucha de la voz que nos habla y que nos hace nosotros mismos -esa pérdida de contacto de la que vengo hablando (*), esa falta de temas que es, también, una muerte de la imaginación (**). Él habla de la memoria (ML) como única fuente de sus fantasías, y quizá así deba ser. Yo hablo de que ninguna historia parece canalizar los temas que me importan, si es que están en alguna parte. Él (ML) está profundamente preocupado por el dibujo de su letra y yo escribo amanuensemente desde hace un siglo y no creo que eso haya hecho que sea mejor persona en ningún sentido -a pesar de mi defensa, hace unas horas, de la escritura a mano, y la caligrafía, como herramienta de un proceso mental más fino, acotado, certero, vertebrado y verdadero. Para escribir a mano, necesito las ideas de antemano, necesito su arquitectura dibujada en mi cabeza, necesito que existan esas ideas y se dispongan delante de mí, inmanentes, independientes, absolutas, para que mi mano las transe por palabras. Sé que, en cierta medida, esto es diametralmente opuesto a lo que defiende (pero imposible hablar de algo parecido a defensa en relación a este libro) ML –El discurso vacío-, en el que la creación del discurso es un fin para el que el medio es la prosa, la escritura.

Pero yo, que escribo a mano desde que era niña, y que he redescubierto escribir a mano, persigo otra cosa: que el discurso aparezca, exista-en-sí a la vez que mi mano lo descubre; que se haga en acto a través del pensamiento, que necesita de un tiempo y un ritmo concretos, desacelerados, y que la palabra pierda en velocidad al mismo tiempo que gana en demasía. «Doña Mencía, sepa usted que es dueña de mi corazón», declamaba aquel infame actor de la representación -visita guiada- al Castillo de Cuéllar. La palabra escrita tiene que conservar la candidez del habla y servirse del flujo de pensamiento que posibilita a aquélla. Por eso creo que no hay nada más pervertido que domesticarla con la posibilidad de la edición absoluta, de la re-edición omnipresente, y que las ideas que no saben ser desarrolladas con el golpe de la tinta sobre el papel no merecen ser consideradas. (***)

(*) No aquí, en mis propios apuntes, y mis apuntes son los depositarios de la escritura a mano, d´habitué.
(**) De la muerte de la imaginación hablaba in extenso Catherine Millet en Celos, y quizá sea lo más rescatable del libro.
(***) Este texto está transcrito tal cual del original a mano, no he cambiado ni una coma. Como le dije a un amigo hace pocos días, creo que sólo a mano se escribe de verdad. Y el libro del que hablo se llama El discurso vacío, Mario Levrero, Caballo de Troya 2007.
(y) escribo esta entrada escuchando obsesivamente una canción.

18.03.2010

Queridos spoilers

por carolinkfingers


Hace una semana estuve entrevistando a Jorge Carrión (de cuyo libro Los muertos hablaré más, en otros sitios y otro momento). Ese día, y el anterior, tras la presentación, se me quejó de que algunos reseñistas andaban haciendo spoilers de cosas fundamentales de su trama. Yo, aquí, y donde me toque contar sobre esta novela corta, intensa y cargada de dinamita teórica, trataré de respetar su deseo. Hoy venía a contar otra cosa.

Poner por escrito algo a lo que le vengo dando vueltas semanas, quizá años. El concepto no es nuevo, pero entiendo que su proliferación se debe a los éxitos recientes de grandísimas series, cada cual con su favorita. Y, hasta este momento de superproducción de argumento, no me había dado cuenta del bicho raro que soy.

Un spoiler tiene siempre al otro lado su partenaire: «¡No me cuentes lo que pasa!» «¡No quiero saber nada, nada, nada, lalalala!». Aunque me parece una feísima palabra -pronunciada en cualquier acento-, aquí me declaro fan del spoiler. Estoy totalmente en desacuerdo con que el festín de las buenas series, de las buenas obras en general, esté basado en su argumento. No me gustan las sorpresas de último minuto, los golpes de efecto, los ases bajo la manga. Todo eso que los guionistas cuidan con sumo mimo: y hacen bien, es su trabajo. Pero su eficiencia es completamente caduca: tan poco reusables como un condón.

Por eso: cuéntamelo todo.

Recuerdo cuando era niña: a veces algún compañero de clase había ido al cine. Le pedía que me contara la película. «¿Y el final?» «Sí, sí, cuéntame todo». Cuando me cuentan todo, ya puedo olvidarlo. Quiero decir que nunca sentí que se me estropeara una buena sorpresa. La experiencia de leer página a página, o disfrutar secuencia a secuencia, no puede ser narrada. No puede estar basada en el referente detrás, «el asesino es la señorita Pepis», o «el protagonista se suicida». Me gusta saberlo para poder centrar mi atención en todo el resto.

Una vez que el argumento es mío, puedo hacer de la película otra cosa. Conociéndolo, podré ciertamente desprenderme de él. Abstraerme, y pasar «al siguiente nivel».

Y cuando, por fin, estoy en el lugar del espectador, a lo mejor lo recuerdo, a lo mejor no. Es más: creo que es lícito exigir de un buen guión que se sostenga a pesar de todos los spoilers. Que, sabiéndolo todo, quede lugar para el más intenso disfrute.

Supongo que los años me han hecho relativista. O lo he sido siempre. Donde quiero poner mi dedo índice es en el hecho de que los sucesos de una novela o una película son una parte de la obra de ficción. Cuando ellos suceden, no suceden sin el resto de ornamentos. No tienen ningún sentido sin la secuenciación, el léxico elegido, la voz narrativa, el montaje o la interpretación, o… ¡el diseño de producción! ¿Qué me importa que me expliquen que el replicante Nexus 6, Roy, muere en el penúltimo minuto, en la escena más impresionante de la película, si nadie podría transmitirme la sobrecogedora ambientación que rodea ese acontecimiento? ¿Cómo podrían describirme la poesía de una creación así? ¿Hay spoilers en la poesía? ¿Si me contáis Caperucita Roja, os pediré que no me expliquéis el final? ¿No son los grandes relatos independientes de la puesta en serie? Y, también, el spoiler como perversión estética: ¿qué mejor espectáculo que el de una persona a la que quiero/admiro tratando de transmitir fielmente el argumento de un cuento que leyó, y creando en ese acto su propio discurso narrativo?

Acabo de empezar con la sexta temporada de Lost. Ésa es otra de mis manías. Salirme de la corriente. Millones de personas esperaban su estreno hace algunas semanas, y la vieron y la comentaron simultáneamente. Ahora ya tengo spoilers si quiero. Pero el ritmo de mi disfrute es mío y no lo impone ninguna emisión.

Cuando yo tenía diez años, nació mi hermano Joaquín. Pasó diez o quince días en la incubadora donde, que yo recuerde, sólo nos dejaron ir a verlo una vez. Moría de ganas de tenerlo en casa. Por fin vino, una tarde de abril, y había al menos una docena de mujeres en la casa, lanzando exclamaciones y escandalizados spoilers sobre mi hermanito. Soy perfectamente consciente de que les dije que no quería ir a verlo en ese minuto, y de que hice enfadar a mi abuela. Aguardaría. El momento. El silencio. A descubrir yo sola el argumento.

«La vida es el mejor spoiler», me dijo Jorge Carrión el otro día cuando sin caña ni café le explicaba que sí, que quiero que me cuenten todo (quien también me puso a prueba y me contó que cierto personaje de Lost muere: cuando lo he visto, ¡me sobresalté igualmente!). Me hizo pensar más y más alto en esto. Saberlo me hace más libre.

17.03.2010

La vida es un spoiler

por carolinkfingers

I
Unas flores rojas la recibieron esa mañana en la oficina. Una tarjeta, sin firma: «Para la mejor». Sus compañeros le pagaron el desayuno en el bar, ella no entendía. La mujer de los bocadillos, siempre tan tacaña en sonrisas, puso sugus en su bolsa. Cuando estaba a punto de hincar los colmillos al bocata, su jefe le hizo una seña: «Comemos hoy en la Baptista, solos tú y yo». El siguiente año lo pasó tratando de entender cuándo todos se habían enterado. Cuándo debía ella haberse enterado.

II
– El edificio es sólido. Las inspecciones son favorables, aquí están los informes.
– Cerramos el trato, entonces. Le extiendo el cheque: seis millones.
«El nuevo Centro Comercial La Huevada sufrió un colapso en su estructura», explicó a este diario el inspector de Urbanismo, nombrado hace apenas un año.
«Soy minero… Y templé mi corazón con… ¡Qué bien suena el Mercedes, hostia!»- ningún reportero estaba allí para recoger las impresiones del inspector de Urbanismo, que aparcaba mientras se sacaba alguna cosa de la nariz.

III
Cuando por fin consiguió un trabajo estable, empezó a ahorrar. Ochenta euros por mes. Un mes, otro mes, catorce meses. Cero salidas con los amigos. Cero cervezas al salir del trabajo. Cuatro años sin poder ir a casa. Hoy es treinta de julio y él no ha subido. La aerolínea ha quebrado. Desplome financiero y suspensión de pagos. Ochocientas personas más, como él, dormitan varadas en el aeropuerto esperando el asiento de avión que ya pagaron.

IV
– Y los pendientes de perlas…
– Los vendí.
– ¿Dónde está mi vestido de novia?
– Lo empeñé.
– Y qué pasa con los ahorros para el crucero…
– Los gasté todos.
– …
– Trato de decirte que llevo un año jugándome cuarenta mil pesetas diarias.

V
Era verano, la oficina estaba a medio gas, la gente sudaba chocolate en los vagones del metro. Decidió salir, por una vez, a media tarde. Al abrir la puerta de la casa, el frío de un aire acondicionado desmesurado le dio de lleno. En el sofá había una cazadora verde pistacho. «Qué mal gusto el de Felipe últimamente», pensó. Luego se detuvo, a medio pasillo, escuchando un canturreo. Una voz, ¿dos voces?: «La vida es una tómbola tom-tom-tómbola», todo se confundía en el centro de un chorro de agua. Entró, pisando despacito, en el baño, con intención de darle un susto.

Horas más tarde, con la botella de Ballantines con un centímetro de líquido, seguía cantándose a sí misma… «La vida es un puto spoiler, pu-pu-pu to spoiler».

16.03.2010

Oloixarac en notodo

por carolinkfingers

Hoy toca decir que el libro de Pola Oloixarac es (también) portada en notodo.com.

10.03.2010

Salvaje

por carolinkfingers

Siempre tengo más cosas que contar, me dejo datos, me falta tiempo para la antirreseña y el aporte.

Hoy sólo vengo a dejar el enlace a la crítica que va este mes en el número 152 de Qué Leer. Las teorías salvajes, de la escritora argentina Pola Oloixarac, es un libro-acontecimiento que va a hacer correr ríos de tinta. Pero más allá de la noticia y las urgencias, a mí me gustará reflexionar más sobre él. Se lo merece.

Las teorías salvajes llega estos días a las librerías. Mi crítica se puede leer en la revista (cómprenla, por favor) o aquí.

Y, y… si el mundo no nos es adverso, también tendremos a Pola Oloixarac invitada en el programa, ¿Quieres hacer el favor de leer esto, por favor?, dentro de poco.

08.03.2010

Pequeño decálogo imposible

por carolinkfingers

1. Dejar de tenerme lástima
2. Vitaminizar mis sueños cada mañana
3. Cumplir con el más exigente de mis clientes, que soy yo
4. Perseverar, más alto, más fuerte. Algún día me oirán
5. Sonreir más a menudo
6. Ser sublime todo el tiempo, o lo que me dejen
7. Pretender menos. Ser más
8. Celebrar todos los días, incluso los cumpleaños
9. Enamorarme, también, pero eso me sale solo
10. No desesperar

04.03.2010

Ordeno y mando

por carolinkfingers

No quiero ser yo, no quiero ser yo, no quiero ser yo, no quiero ser yo, no quiero ser yo, no quiero ser yo.

Pero tampoco quiero ser Amélie Nothomb. La reseña es hoy portada en notodo.com

28.02.2010

Yo no soy Catherine M.

por carolinkfingers

La rue Philippe-de-Metz, en Bois-Colombes, donde nací, donde pasé mi infancia y mi adolescencia, tiene la extraña configuración de una fortaleza rectilínea en medio de una barriada de casas individuales. Corta, estrecha, se compone de inmuebles de ladrillo altos y robustos, casi idénticos. (En Celos, p. 16)

La casa en el séptimo piso del bloque 15 de Ciudad Aljarafe fue una atalaya en lo alto de la colina más alta, al suroeste de la vega llana y deprimida que es la ciudad de Sevilla. Allá, tras la «cornisa», la primera construcción importante entre los olivares fue ese barrio donde pasé mi infancia y adolescencia: una mole de veintitantos bloques de diferentes alturas, plantados brutalmente en medio de los campos. Sólo mucho más tarde la «ciudad» fue rodeada de muchas otras «ciudades», urbanizaciones poco o nada articuladas entre sí, pero el resto de ellas creció casi a ras de suelo, en forma de chalecitos unifamiliares, idénticos y tan poco envidiables como mi propia ventana en el séptimo piso, abierta al cielo de todos los atardeceres.

¿De qué esperanza te alimentas cuando el círculo familiar no tiene las relaciones sociales ni la capacidad de prever los medios que puedan contribuir a realizar una ambición intelectual o artística -sencillamente porque no se concibe que existan determinadas actividades, ciertas maneras de ocupar la vida y aún menos de ganártela- cuando uno mismo no ha salido todavía suficientemente de ese círculo para tener una idea de las iniciativas que deben tomarse y todavía está lejos de haber producido el objeto que las justificará? Sueñas, aguardas el encuentro fabuloso en una encrucijada. (En Celos, p. 21).

Solía bajar las escaleras, porque aún no me habían dado permiso para utilizar sola el ascensor, desde el séptimo hasta la calle, y lo hacía cantando. Solía soñar, al mismo tiempo, que mi bloque era casualmente visitado por alguien (para mí, incluso entonces, era evidente que ese alguien no podía vivir allí): un cazatalentos, un manager, un productor -su ocupación aún no formaba parte de mi léxico- que me escuchaba canturreando escaleras abajo, se maravillaba y me hacía un contrato discográfico.

Para intentar ser más precisa, diría que me siento como si dispusiera de dos cuerpos. Uno es el que habito o más bien el que transporto, como un molusco su concha, sin haber sabido nunca apreciar correctamente su ubicación en el espacio (no sé conducir, no sé nadar; tengo miedo de bajar una escalera en la oscuridad, me tuerzo los pies continuamente), y del que tengo que satisfacer lo mejor posible las necesidades y apetencias y aliviar las molestias y dolores. (En Celos, p. 50)

La primera representación de mi cuerpo de la que tengo memoria fue una especie de caricatura apresurada que, quizá teníamos doce o trece, me hizo una compañera de clase. Cuyo cuerpo yo, por otro lado, envidiaba. Es aquella imagen, de culo, tetas y barriga exageradas, la que tengo todavía a ratos como autoimagen. En el terreno de las ensoñaciones que he aprendido a considerar mi otro yo (o, incluso, mi verdadero yo, algo inaprensible para todos incluída una misma), siempre he querido dar otro/s uso/s a este cuerpo habitáculo, ponerlo a bailar, ser campeona de esgrima, experimentar el aire contra él en un salto en paracaídas, o el peso de muchos metros de agua al sumergirme en un arrecife marino.

La ambición se había hundido en las arenas movedizas del inconsciente a medida que me agitaba en el trabajo y, olvidada, seguía insatisfecha sin que yo pudiera determinar las causas de esa insatisfacción. (En Celos, p. 186)

Para el tiempo en que yo debía ser ambiciosa, me conformaba con soñar realistamente. Para el tiempo en que a mí me tocaba abrazar la certeza de que no vendría ningún manager a descubrirme (ni por casualidad, ni siquiera perdido y desorientado, viajando a pie desde la capital del éxito), tomé lo que estaba a mi alcance: una carrera de periodista. Creyendo -creo hoy, o es la trampa de hoy- que a la gente de mi edad, los del montón, sin la red de sustentación y empuje familiar de otros mejor situados, no le quedaba más remedio que intentar ser honesto y jodidamente pesado con los dos talentos y medio que tenía en la mochila. Luego, el tiempo destiló urgencias, machacó el martillo de la precariedad, nos hizo olvidarnos hasta de los sueños más realistas. Nos dieron siete nombres, dos crisis económicas y una burbuja inmobiliaria. Nos pusieron un techo de un metro y medio sobre la cabeza y un letrero tan patético como el que colgaba de las mujeres del siglo XVI quemadas en la hoguera: mileuristas.

Y la insatisfacción volvería, lo sabíamos entonces y lo sabemos ahora.

24.02.2010

Clevenger

por carolinkfingers


Manual del contorsionista. Craig Clevenger. Alpha Decay, 2009. O cómo luchar contra el horizonte que pinta una celda blanca y unas correas, la amenaza detrás de toda «rareza» del individuo. Quiero decir más cosas de este libro, pero de momento sólo puedo contar que hoy es el tema de mi reseña, portada en notodo.com

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