Carolink Fingers
03.08.2017

Celebración

por carolinkfingers

Anotado el 4/4/2017 en mi cuaderno

«Impone comenzar a escribir en este cuaderno. Es como si me debiese esforzar en encontrar palabras más verdaderas -además de una mejor caligrafía-. Sólo una cosa para empezar: en treinta días estará publicado el libro que vengo acariciando los últimos cuatro años. En el último tiempo, en estos doce meses, más bien lo tuve que aporrear para que saliese de mí y cobrase vida autónoma. Nada de esto habría sido posible si no me hubiese topado con un editor al que le interesaron las pocas páginas buenas del primer borrador. Hace un año ahora, contestó: “Picoteo aquí y allá y me gusta lo que leo. ¿Cuándo tienes previsto acabarlo?”. Y no tenía ni idea.

»Me atreví entonces a tomar aquellos prejuicios que me habían puesto en marcha, y a perseguir con más firmeza el registro de voces y experiencias que podían desafiarlos. Pude haber sido más ambiciosa, siempre. Pude haber ido más lejos, con más comunidades, sujetos y preguntas.

»Pero, por otro lado, enfoqué el asunto con una urgencia nueva, traté de sistematizar lo que había observado, coleccioné los fragmentos que pude acometer durante los siguientes cuatro meses y, puestos en secuencia, decidí que estaban ahí representadas las partes imprescindibles de un coro, desde el movimiento a lo quieto, desde lo más visible a lo más privado, y desde lo político a los cuidados.

»Así fue como en septiembre consideré que tenía un primer libro. Y entregué. Había dejado fuera muchas cosas: porque los ejemplos que podía recoger se esfumaban o volatilizaban con el paso del tiempo o porque, en mi prisa por concluir en los meses de verano, en los que alejé a mis hijas a cargo de otras personas para poder escribir, no me vi capaz de abordar más.

»He aquí una trampa de este libro: la selección recogida habla de azar, de voluntad, y también habla de impotencia (no pude recoger la historia de María José, por ejemplo, ni la de Fátima).

»Llegado un momento, en ese recorrido productivo e improductivo de reconsiderar los cuidados EN el interior de la política, me encajaba todo activista social y toda persona en trabajos (remunerados o no) de cuidados. Para mí eran potencialmente lo mismo.

»Por eso la colección no podía estar completa sin las personas que encarnan el cuidado en su doble vertiente, de trabajo y de compromiso con los otros…»

8 de abril

«Me sacude progresivamente el pánico (…)

»He de saber que el libro provocará olas y que podrán venir a mi favor o en mi contra».

14 de abril

«Hoy es viernes y me divierto sola… Limpio, escucho música y releo partes del libro. Me congratulo en la colección, y en alguno hallazgos que tienen sentido en la secuencia de capítulos. Hay un temón ahí, hay buenos melones que se van a abrir con la publicación. Sólo he de ser capaz de defenderlo…

»¡Tengo ganas de que se lea!»

15 de abril

«Anoche lloré a moco tendido (…)».

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30.06.2017

Nolite te bastardes…

por carolinkfingers

No será este el artículo más documentado, ni el más razonado, ni el más equilibrado ni el más ecuánime que te vayas a encontrar sobre el debate de la “gestación subrogada”. Quizá sea el más visceral. Y se enciende la mecha en este punto:

A partir de aquí -y a partir de los ríos de bits que estamos consumiendo en torno al tema desde hace meses, intensamente desde el pasado martes-, muchas cuestiones abiertas. Un número incontable de cicatrices, acorde con el de cesáreas que puedo enumerar entre mis conocidas, amigas y en mí misma. Cuerpo. Expropiación. Colecta. Patrimonio. Descendencia. ¿Derecho?

Los debates se pueden explayar en las inmediaciones de la comprensión, de la empatía, del dar satisfacción a una demanda (de mercado) o de, como he leído en varios lugares, tratar de dar marco legal a una realidad que ya está aquí (“Aunque no hay cifras oficiales que lo corroboren, algunas asociaciones defensoras de la maternidad subrogada aseguran que en nuestro país anualmente hay ya más niños nacidos mediante esta técnica que recibidos en adopción. Los cifran entre unos 800 o 1.000 al año”, dice este artículo en Público: si en 2015 nacieron 420.290 niños en el país, ¿qué alarma social es ésta?).

Vale: el rodillo comenzó a avanzar hace ya un tiempo. Sólo se trata de dar una seguridad jurídica a lo que es un hecho. Dar una oportunidad no onerosa a las parejas (¿siempre y sólo parejas?) que no pueden ser padres/madres con sus propios medios. Más tiempo hace que vivimos en menos metros cuadrados de los que necesita una vida humana, más tiempo hace que los que tuvieron un techo lo perdieron: no veo ninguna urgencia en dar cobertura legal a ninguna de esas realidades.

¡Venga, España, que hay que procrear! De pronto el tema entra en la agenda. Entendiendo que el fenómeno de las parejas infértiles crece y crece (véase una novela sobre el mismo, Quien quiere ser madre de Silvia Nanclares). Entendiendo que muchas van a llegar demasiado tarde a la constatación de que querían tener hijos. Entendiendo que las nuevas familias gays y lesbianas también desean descendencia.

Éste es un debate mortal. No moral. Mortal.

Es un debate de clase.

Es un debate que implica al cuerpo de las mujeres, que nunca ha dejado de ser propiedad de otros, y a los cojones de Girauta.

Es un debate de huevadas que se dan por hechas, por derechas: un supuesto derecho a la reproducción genética y a tener un hijo en el que participa alguno de los implicados (de la pareja, porque todo es en torno al binomio). Al otro lado, invisibles, están los otros cuerpos. De los múltiples artículos que he leído, los párrafos más flacos son los dedicados a ellas, las mujeres gestantes.

Imaginemos un cuerpo que no puede caminar. Imaginemos que todos los señores que están en el parlamento se han quedado sin cuerpo con el que caminar. Van a subrogar la capacidad de caminar, le van a dar entidad de Ley. A partir de ahora, por decreto, personas generosas y altruistas darán largas caminatas para ellos y les obsequiarán con sus relatos, grabaciones, archivos de sonido que testificarán el placer de caminar.

Después desaparecerá la capacidad de comer. También podrán subrogarla, siempre encontrarán almas bellas que les quieran degustar y describir el placer de la comida. Igual el resultado se lo pueden entregar en una caja, con borlas de tafetán.

No se parece. No tiene ni la más mínima comparación. Métete un embrión y llévalo nueve meses. Que no pase nada. No vayas a fumarte un cigarrillo ni a oler el vino. Eso que llevas no es tuyo, más vale que lo entregues entero. Impoluto. Perfecto. Entrégalo. Olvídate. Ya veremos.

Creo que la imagen de arriba resume una buena parte de lo que está en juego en este falso debate: el cuerpo del legislador legisla. El vuestro (nuestro) obedece. Me salto los pormenores del proyecto de ley, que para eso hay gente haciendo análisis con más herramientas de las que poseo, y me enfermo de este vómito oscuro:

De qué mierdas se está hablando.

De qué derecho.

Si ni siquiera hemos podido garantizar que una mujer pueda decidir por su cuerpo hasta este momento, por su capacidad gestante si la posee, por la posibilidad de no proseguir un embarazo no deseado, por su capacidad de decidir cómo quiere que sea su embarazo y su parto cuando se trata de una maternidad deseada; si apenas estamos dando a las adolescentes algunas nociones sobre salud sexual y reproductiva; si ni siquiera hemos sido capaces hasta hoy de garantizar condiciones medianamente dignas para los niños que llegan al mundo (en este país pocos, poquísimos), si les estamos robando su futuro antes incluso de que nazcan, si los estamos entregando a una competencia descomunal por resultados desde que ingresan a la educación infantil, y tienen que estudiar los “colours” y las “shapes” para no quedarse atrás y no se les ocurra dar muestra de alguna necesidad especial, diferenciada, privada, “no disponemos de acompañamiento para los niños con TDAH en este instituto, mejor búsquese un terapeuta”, escuché decir hace pocos días en un salón de actos. Si ni siquiera logramos garantizar una vida medianamente digna para los niños que entran a formar parte de nuestra sociedad como hijos de inmigrantes, que se ven relegados a la marginalidad porque no creemos en ellos, porque no los toleramos. De qué estamos hablando si ni siquiera nos creemos a los hijos que sí, efectivamente, nacen sin esa subrogación, y les quitamos los pocos recursos de los que nos habíamos dotado. Mientras se está desmantelando la sanidad pública y la educación y todo es un “verás este cole que aquí no hay morenitos” y “aquí sí que los hacen trabajar en serio desde que tienen tres años”.

De qué mierdas estamos hablando.

De un derecho inventado, reservado a una clase. De nacionales. De pudientes. De bienpensantes. De aquellos que tienen los recursos, de aquellos que pagan sus impuestos y hacen crecer la economía. Estamos hablando de volver a patrimonializar a los hijos (porque, si hemos invertido tanta energía y tanto esfuerzo e ilusión, incluso sin la carga económica, en tener un hijo a través del cuerpo de otra persona, será porque lo vamos a considerar algo nuestro, no nuestro para cuidarlo, nuestro para que nos dé alegrías, y si no nos las da, ¿qué pasa entonces?).

¿Te ves a familias de clase obrera, ella limpiando escaleras, él repartiendo mercancía de siete de la mañana a siete de la tarde, solicitando un vientre de alquiler para ser padres?

Pero ¿por qué estamos debatiendo esto en el congreso si esas mujeres que -habiendo sido madres ellas mismas- van a llevar a tu hijo por nueve meses y entregártelo no existen?

Es sumamente interesante el uso de la palabra “altruista”. En una sociedad en la que se han vaciado todas las posibilidades de entregar el tiempo, la capacidad o los recursos al bien común, en un entorno de aislamiento individualista y búsqueda de la maximización del interés propio, las mujeres van a ceder durante nueve meses su cuerpo de modo “altruista”. Las mujeres: las que cobran en torno a un 20-25% menos, las que ocupan los trabajos de jornadas reducidas y llenan la economía informal. ¿Altruista para sentirse mejor persona? ¿Altruista para colaborar en la felicidad de una familia -que se puede romper siete años más tarde, por no se sabe qué avatar-? ¿Altruista para elevarse sobre la inmundicia humana y ganarse qué cielo? A mí ese altruismo no me suena, sencillamente, más que a enmascarar que tendrá que haber una compensación (¿Cuánto es “suficiente”? Cuando no tienes para llenar la olla noche tras noche, ¿cuánto es “apropiado”? Hay quien vive con 400 al mes, pero queremos 1000 al mes, ¿no? ¿Al menos? ¿No podemos esperar que nueve meses de gestación nos dejen, al menos, 9000 euros? ¿Quién paga mi vida? ¿Quién se va a substraer a ese intercambio? Hablemos de dinero, mierda, este debate está lleno de mierda).

Pero el presente es ahora, y ahora, y ahora. Y esa vida estará en tu cabeza para siempre.

Y si el presente es ahora, y ahora, y ahora, estamos peleando por el nacimiento de vidas (genéticamente altruistas) sin que les podamos garantizar ni la más mínima condición vital.

“Todo el mundo sabe que ni los deseos, ni las frustraciones, dan lugar a derecho alguno”, escribía aquí María Eugenia Pallop.

Y mientras tanto, se va normalizando el lenguaje, a fuerza de insistir, que dice que es posible “gestar desinteresadamente el hijo de otros”.

Imaginemos más cosas. Es el tiempo de las distopías. Esto lo he contado otras veces. Ciertos hombres abusan de sus hijos. Cuando estos denuncian, no son escuchados, y se niega a priori la veracidad de sus relatos. Si los escucháramos, a ellos, a los hombres, igual hablaban de deseo. Extendiendo el argumento del deseo, igual, con el tiempo, hombres con cierto poder montan un lobby de normalización del deseo hacia los niños. Es nuestro derecho, porque es nuestro deseo.

O, por qué no, un lobby de pegar a las viejas arrugadas porque es nuestro deseo. O de golpear a gays y lesbianas, porque es nuestro deseo. O (esto es historia), de normalizar el acoso a los judíos, quemarles las casas, quitarles los bienes.

Lo que está escondido detrás de este debate  es una concepción privativa de la vida humana, donde unos tienen derechos y otros, simplemente, obedecen, callan, gestan, pierden la voz. Y el cuerpo. Unos, con sus cojones, legislan. Otras ofrecen su vientre en un altruismo que ya me está dando náuseas. Estamos tan, tan lejos de ser dueñas de nuestros cuerpos y destinos, así como tan, tan lejos de saber proveer condiciones de vida dignas a las nuevas vidas más allá del formato familiarista que hace treinta años que implosiona por sí solo, que no me puedo creer que estemos en medio de este debate.

Si estoy mezclando churras con merinas, es que es mi deseo y sobre todo mi oficio, pero no voy a hacer una ley de ello.

 

//Quieres saber más cosas?:
En la historia, ya ha pasado de otros modos: Objetos gestantes//

21.03.2017

Apuntes para un debate inagotable (que espero que se agote para que empecemos a bailar)

por carolinkfingers

¿«Feminizar la política»? Lo voy a escribir una vez y no más, tan sólo con el fin de situar este texto. La expresión apareció en medio de una de las últimas campañas internas de Podemos, caló más de lo que hubiese deseado, y el eslogan (así me referiré a él a partir de ahora) abrió un debate sobre cuestiones que me apelan y creo que son importantes: por eso escribo esto.

Pero: ¿de qué modo hablamos de esas cuestiones?

Me debatí como gato panza arriba contra el eslogan. Como no aclaremos ciertas cosas, ciertos términos y bases, dije, la expresión no puede más que confundirnos y hasta debilitarnos. Y hacernos chorrear textos de uno y otro signo. No es malo, no, el debate en sí mismo. Pero dispara mi prevención. Me he ido guardando los apuntes tan sólo porque el debate me encontró en los últimos meses de redacción de un libro cuyo tema está íntimamente relacionado –en su origen y desarrollo– con todo esto.

No pretendo en este texto forzar nada ni llegar a conclusión alguna. Busco dialogar con lo aprendido y, sí, quedarme con lo interesante del asunto. Hace ya algunos años, abrí una «investigación», espoleada por el debate que manteníamos entre varias, con mujeres involucradas en luchas feministas y sociales, sobre lo que llamábamos «retaguardias»: fue una manera de enfocar, en breves palabras, a lo que sostiene la política, el activismo y la movilización. Volveré después a esto.

Frente al escenario reciente de asalto institucional y de muchas personas (hombres y mujeres) «novatas» en la política de la representación (clásica), reclamando aquel eslogan, me pregunté qué quería decirse con él. Trato de diseccionar:

  • En los motivos, a menudo, parecía decirse algo como «incorporar valores femeninos»: digamos formas, rasgos, comportamientos y saberes asociados culturalmente a lo femenino, y que tradicionalmente han portado las mujeres (escucha, afecto, cuidados, ternura, empatía y no sé cuántas cosas más). Sin una revisión exhaustiva de esto, sin desencajar lo «femenino» de «las mujeres», en el primer recodo del camino, se llega a un renovado esencialismo que se traduce en: «Las mujeres sabéis hacer x o y por naturaleza» o «Podemos aprender de nuestras madres que sabían cuidarnos»; sin revisar ni por un segundo cómo se produjo ese milagro. Las reacciones esencialistas acosan a este lenguaje en torno a lo «femenino».
  • Otros textos en torno al asunto apuntaban al tema de la representación y las cuotas. Batalla no menor, la de las mujeres en la política «institucional» (este tema se puede/debe ampliar a ámbitos activistas heterogéneos, más o menos clásicos). El «asalto» que se lleva perpetrando desde hace un siglo (de la política o de las universidades) es una cuestión que tiene su importancia. Lo que sucede cuando los sujetos no convencionalmente habilitados para esa política (de la institución, del Estado) acceden a ella es que se tienen que adaptar a las formas prescritas («masculinas» en el sentido también de «valores asociados culturalmente»). Esto es lo que contaba Gala Pin en este texto, meridianamente.
    Pero: esto se puede convertir rápidamente, a su vez, en una simple receta: «Añada mujeres y revuelva», nos dijo Raquel Gutiérrez sobre su experiencia en el activismo en países latinoamericanos en la última década y media.
    La representación y las cuotas son un frente (no vale continuar perpetuando un espacio de política que no cuente con la mitad del mundo), pero compartir esa política sin problematizar el espacio y las formas, puede convertirse en «compartir el cincuenta por ciento del infierno» (palabras también de Gutiérrez). Creo que esa expresión define a la perfección la experiencia de muchas mujeres en la política profesional (como también define la experiencia de las mujeres en el mundo de la empresa, por ir algo más lejos).
  • Aquel lema podría querer decir, también, contenidos. Por aquí me empiezo a congratular. Incorporar preocupaciones, temas y reclamos del mundo de las mujeres (de su experiencia situada e histórica) y especialmente reivindicaciones feministas. Leyes que protejan los derechos sobre nuestros cuerpos, que castiguen la violencia y el asesinato machista, el abuso sexual, el abuso infantil, reivindicaciones económicas (sueldos, pensiones, coberturas sanitarias, partidas para investigación): OK. Un mayor número de mujeres en la política puede garantizar una mayor sensibilidad a estos asuntos, que estos contenidos se incorporen de un modo más rotundo sin que se entiendan «de parte». No restaré importancia a todo eso.
  • Pero, en el último eslabón, el que me parece realmente importante, están los procesos y las prácticas. Esto ha de entenderse como un modo de hacer (sentir, pensar, producir y colaborar) «de las mujeres» en razón de sus experiencias, del aprendizaje compartido, y de un pensamiento múltiple feminista que nace directamente de estas. Montserrat Galcerán propuso, hace pocos días en una charla en Traficantes de sueños, hablar de «prácticas feministas» o de un «devenir feminista de la política». Definitivamente, el eslogan no nos vale pero sirve para volver a introducir una reclamación: no es posible seguir separando la política de la vida. La política ha de ser desordenada, como los feminismos han desordenado tantas otras cosas.

Si supiera definir qué es «política»… Dos mil años de tradición y academia dirigida por el orden patriarcal no se pueden subvertir en cien años, pero muchas cosas se han movido de su sitio. Dos tradiciones fundamentales se esconden detrás de la idea (a mi modo de ver, con poca academia):

  • Política como diálogo, desde la polis hasta hoy: asamblea de hombres libres y autosuficientes cuyas necesidades materiales están escondidas y cubiertas en otro lado.
  • Política como enfrentamiento y guerra, habitualmente portada por gobernantes y generales. O todo a la vez.

En cualquiera de esas tradiciones, la política no tiene nada que ver, en absoluto, con la vida: con su reproducción, conservación y cuidado. Con la vida en su sentido más material y tangible.

De eso es de lo que saben las mujeres en todo el planeta, aunque no sepan nada (lo saben todo) de política: de cuidado y preservación de la vida.

Por ello, siguiendo esa estela de intuiciones, hace unos años la noción de «retaguardias» nos fue útil. No incluía ningún término «femenino», no se asignaba a una parte u otra, trataba de sacar al aire la discusión sobre la vida que se ha de cuidar, para sostenerla. Ya sea en el formato de guerra o en el otro, el del teatro de las identidades que tenía lugar en la polis, la vida era algo que se mantenía separado, apartado, naturalizado, dado por hecho, y estigmatizado incluso, de la idea de política. Mantenida por otras.

Con la noción de «retaguardias» (cargada del mismo léxico bélico, pero que valía por igual para nombrar el «hogar» de la contemporaneidad donde se esconden todas las atenciones a lo privado), pretendíamos pensar y practicar una política que incluyese la vida de raíz. La vida así incluida en el nodo tendría que, por fuerza, subvertir algunos órdenes. Tendría que introducir esa vida (sus condiciones de reproducción) en la política y dejarse de separar en «esferas»: ojalá.

Por ello se convirtió en mi tema obsesivo: los ¿cuidados? Sí, entendidos en un sentido amplio, desgajados del enclaustramiento al que se someten en nuestra cultura (en tantas), y entendidos como una función social oculta, de modo interesado. Enfocados esos cuidados tareas infravaloradas, cotidianas, ineludibles, dadas por hecho como todo eso que produce la política. La vida, vaya.

Detrás de la sugerencia de Galcerán de hablar de «prácticas feministas» o de «devenir feminista» de la política puede haber muchas cosas rescatables: puede significar privilegiar procesos sobre resultados (el aprendizaje en común, colaborativo y horizontal como primer resultado deseable); puede significar incluir formas no normativas de política: el diálogo sin fines, la cháchara, como herramienta de aprendizaje común; puede querer decir incluir, todo el tiempo, a sujetos y sujetas independientemente de sus capacidades (¿niños? ¿ancianos? ¿diversos funcionales?). Las mujeres en esa política de la representación se han de adaptar al molde del sujeto normativo (el Blanco Burgués Varón Autónomo y Heterosexual en terminología de Amaia Pérez-Orozco). Todo eso, todo ese desorden, podría darse a partir de una concepción radical de lo que nos sostiene, las prácticas de cuidados, como práctica política ineludible; ese es el margen, esa es la grieta. Al menos la que me propuse enfocar, desmenuzar y contemplar desde las prácticas y experiencias de otros y otras.

Centrarme en los «cuidados» desde esta óptica tenía por fuerza que considerar la estructura que asigna esas labores al espacio privado, a lo doméstico, a la parte mujer de la sociedad. Es desde ahí desde donde la parte mujer (nuestras experiencias del norte y del sur, de lo rural y de lo urbano) ha adquirido saberes, experiencia y noción de su valor, no desde ninguna «esencia». Es desde ahí desde donde se pueden forzar las nociones.

Y buscar desde ahí una política «otra», un liderazgo «otro», un saber compartido y unas prácticas que mixtifiquen todo lo anterior.

Si la representación, las cuotas o los contenidos son importantes, donde me detuve a mirar es en las prácticas, las experiencias más o menos azarosas que encontré, de esa interrelación. El camino emprendido para escribir este libro fue de escucha, registro y observación de lo que tenía a mano. Cuándo, dónde y cómo se produce una política que cuide o unos cuidados que se incorporen a lo político. ¿Era posible ver una cosa y la otra juntas? Algunas cosas encontré, claro. No agoto aquí ni agoto allí el tema.

Independientemente del éxito o fracaso de las nociones, muchas cosas se han hecho y se están haciendo (el reciente órdago de la huelga de mujeres no es tema menor): lo que sucede es que cuando insistimos en los palabros se nos escapa lo concreto. Lo concreto es lo que lleva en sí mismo la noción de «cuidados» que, cuando interrelacionamos con la política, llamamos «retaguardias».

En uno de los encuentros de estas últimas semanas con Rita Laura Segato (quien confesó que «feminizar» no le incomodaba, como idea que incorporaba la experiencia y la historia de las mujeres en el devenir del mundo actual) y con Raquel Gutiérrez, Rafaela de Territorio Doméstico nos dijo: «Basta de etiquetas». En su experiencia, tanto debate sobra. Y puede que tenga razón.

Estas mujeres, que se habilitan como sujetos que toman la voz y la acción desde sus contextos situados (el del empleo doméstico y el de las migrantes) tienen demasiado que enseñarnos. Una parte de su experiencia, también, ha sido recogida en el libro. Ese debate inagotable, que espero que se agote en tanto que palabros y nos permita la práctica de una vez, es el de una política que produce realidades sin dejar a ninguna fuera.

Hay mucho que subvertir todavía. Todo esto, me dijo otra de las personas entrevistadas en el libro, hay que entenderlo como una «laborcita de zapa».

Lo que me enseñaron estas mujeres (y bastantes de las personas entrevistadas) es que la política otra se hace, se experimenta, se disfruta, se encarna, se siente, se cuida y se baila. Y es una función del cuerpo, no divorciada de la vida, tan intensa y tan profunda como ésta. Nos falta mucho para desordenarlo todo, pero estamos en ello.

portada_trincheras

// «Trincheras permanentes» aparecerá en mayo editado por Pepitas de Calabaza //

/// Me he estado guardando estas notas, pero también han tenido lugar a partir de la visita en España de Raquel Gutiérrez y Rita Laura Segato, en el contexto de las presentaciones de sus libros editados por Traficantes de sueños. He aquí una coleccción de enlaces.

La guerra contra las mujeres (de Rita Laura Segato)

Horizontes comuniario-populares (de Raquel Gutiérrez)

Y el montón de artículos que desencadenó el eslogan y la discusión reciente:

Silvia L. Gil: Feminización de la políica

Mª Eugenia R. Palop: Feminizar la política

Gala Pin: Hombres de más 40 años con corbata

Montserrat Galcerán: Feminismo de gestos

Clara Serra: Feminizar la política para una política feminista

Luisa Posada Kubillas: ¿Quién “feminiza la política”?

///

03.03.2017

¿Sobre-semantización? ¿Estamos locas?

por carolinkfingers

Es importante dosificar la reacción, la visceralidad, la rabia. Para mí lo es. Por eso estoy escribiendo. El sábado pasado estaba de turno en la librería y mi compañera Julia me pidió que leyese el artículo de Santiago Alba Rico titulado «¿Terrorismo machista?». Lo comentamos el día entero, tanto lo comentamos que hasta las clientas se metían en nuestra conversación (y en momentos como ese se encuentra el sentido a trabajar un sábado en una librería como la nuestra).

Pasados seis días, hemos podido saber de tres o cuatro muertes más, mujeres asesinadas por parejas o ex parejas. Invierto mi día libre, pues, en responder a su artículo, uno más que trata de señalar qué vale y qué no vale. En el feminismo. Aham.

Dejando de lado que el texto empieza en Úbeda y acaba en Pontevedra, parece que a Alba Rico le molesta algo en especial: que las feministas sobre-semantizamos cuando hablamos de «terrorismo machista» refiriéndonos a los asesinatos de mujeres. Que, al llamarlo «terrorismo» (21 mujeres asesinadas en dos meses de 2017, según contabilidad oficial), incurrimos en una insistencia que «es peligrosa y contraproducente». No sé para quién es peligrosa, y contraproducente sería que no se dejasen ver esos asesinatos, goteo flagrante que sesga vidas de mujeres, día tras día, mes tras mes.

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07.11.2016

Bilingüismo

por carolinkfingers

Una cosa buena tiene que a los menores de dieciséis años no los dejen ir solos a los conciertos: madres, padres o tíos postizos se ven obligados a compartir sus «fanatismos» un par de veces al año, a hacer la cola con ellos, a acudir arrastrados por ellos, después de las miles de veces que fueron arrastrados por nosotros a reuniones familiares o de grupos de trabajo aburridísimos. Cuando hoy hemos acudido juntas, con mis hijas de diez y quince años, al primer concierto en Madrid de Melanie Martínez he pensado todo eso, por cuarta o quinta vez, y también que en un par de meses mi hija mayor ya no va a necesitar carabina para disfrutar de la siguiente cantante que le entusiasme y se deje caer por aquí.

La adolescencia es ese lugar tan denostado y temido entre los que andan teniendo hijos –muchos menos hijos y mucho más tarde que antes– como el momento en que ellos se alejan y andan a su bola, y se encabritan a veces y se pierde la comunicación. Se pierde el lenguaje común. En mi particular tránsito en esta nueva fase, junto a las dos, vengo creyendo que más bien se teme ese momento porque nos volvemos comodones. Se escapan porque no queremos aceptar que se hacen autónomos, que toman decisiones, que el mundo exterior, sus relaciones y todo lo que sacan de youtube se convierte en el núcleo central de su vida y nuestras miserables personalidades dejan de estar en los pedestales anteriores. Nuestras experiencias no eran tan valiosas. Y nuestro lenguaje es otro.

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09.05.2016

Mi mamá es fan de bulgari

por carolinkfingers

mi mamá es fan de pocas cosas.

desde que la conozco, que no es el mismo tiempo en que ella me conoce a mí, mi mamá es fan de bulgari.

no sé qué le gusta de esas señoras de los anuncios, no sé qué delicias le prometen sus frasquitos de diseño. de entre todas las marcas que seducen de vértigo hedonista, mundo que le es ajeno como a la mayoría de nosotras, mi mamá se regala perfumes de bulgari y de nada más.

mi mamá es la mejor poeta viva que conozco en profundidad.

no es muy habilidosa en ningún sentido salvo con las palabras.

y para entender el corazón humano, para eso es muy hábil también.

claro que también hace el mejor cocido del mundo.

nunca se ha pintado la raya de los ojos, jamás lleva colorete y apenas usa cremas porque todas le hacen mal en su piel delicada.

besuquea poco, mi mamá. de niña yo pensaba que no besaba nada de nada, hasta que fui madre lo pensaba.

no se parece en nada a una mujer, joven o mayor, que salga en las revistas “femeninas”, se parece a todas las que conoces, misterio humano que sufre cuando la golpean.

mi mamá es una mujer ácida. ni triste ni risueña en demasía, creo que su estado de ánimo habitual es una coraza de acidez protectora.

y es también sensible a la canción, al verso, al ritmo, al vocablo puesto en su sitio. a menudo canturrea algo a partir de las palabras que han dicho los demás, y mis hijas le riñen: “¡abueeela!”

hay muchas madres en algunas mujeres y hay muchas mujeres en todas las madres.

porque yo la miro a veces de costado, mientras teclea en su ordenador, y me parece que no es mi madre.

y otro día me veo a mí misma, rejuntando notas en cuadernos como éste, mientras me fumo un cigarrillo y la veo a ella en mí, como era cuando yo tenía quince años y tomaba notas a escondidas, robando tiempo a las atenciones que entregaba a los demás.

ahora me mira y resopla cuando me enciendo un cigarrillo delante suyo.

pero pongo mucho cuidado en no llenarla de humo.

sé que no le gusta y que no le gustó que me divorciara, pero me dijo “si es lo que tiene que ser…”

no prende velas a santos, pero cuida a mis hijas en la distancia desde siempre. cuida de mucha gente a pesar de que ya cumplió, como se dice, con todos los deberes, horrenda palabra.

pone cafés con alegría cínica en el bar, cocina tres o cuatro cosas para la cena, lee como una posesa. y tiene un canal de facebook con cinco mil amigos a los que insulta con inteligencia.

mi mamá es fan de bulgari, pero también de gloria fuertes y del buen lomo embuchado, y al correr de los años he tenido que admitir que también ha debido de ser fan de los buenos lametones.

mi mamá ama sobre todas las cosas el pueblo en el que nació y fue niña y joven. Y yo, algo de aquella sensualidad de pinares y jaras he conocido y creo entenderla.

ms grosera, deslenguada, te pone en tu sitio, te sabe escuchar y se emociona cuando toca, nunca admitirá que se ha emocionado mientras se sorbe la moquilla, aplaude cualquier gesto amable y se vuelve niña, corresponde hasta a las vecinas más callosas y no para de inventar versos con los gatos que le han tocado.

a veces la veo dudar sobre su cuerpo, duda sobre su figura redondita que adorna con blusas anchas. a veces la veo preguntarse qué aspecto da al mundo con sus sesenta y siete años, ella de la que yo no creía que se preguntaría jamás eso. a veces sale de ella la coqueta -qué pocas veces la he visto salir-, y no es sólo cuando recita sus poemas, y me enternezco.

entonces salimos a la calle, con o sin perfumar y a menudo del brazo, y acompaso mi paso al suyo, con algo así como orgullo, y no es sólo porque sea mi mamá.

/// — Ni día de la madre ni hostias — Ni fatalismos ni clichés — Tengo muy poco tiempo para escribir pero, entre cocido y lasaña salió este pseudo-poema sobre el personaje real que es mi madre, que contiene a su vez unas cuantas licencias poéticas — Mi madre no está de acuerdo en que la llame “redondita” pero la culpa es de que me hizo escritora ella a su vez — ///

26.01.2016

Y aún puede sonreir

por carolinkfingers

En las plazas post-15M conocí a un puñado de personas increíbles. Entre ellas, a una mujer que me gustó desde el primer día. Nadie se expresaba de forma tan calmada y seria, ni tenía tanto convencimiento en la voz. Pocos transmitían tanta confiabilidad.

Con el tiempo trabamos amistad, coincidíamos en edad y trayectoria vital, teníamos hijas. Además de asambleas, compartimos cañas, paseos y pichangas de baloncesto más-que-aficionado, que durante un tiempo nos reunieron. Llegamos a irnos de vacaciones juntas, con mis hijas y la suya, un verano, como si fuésemos una pareja de hecho o una familia disforme. En este punto me acuerdo de una anécdota: en esos días en las playas alentejanas, tuvimos que escuchar más de una vez la pregunta “¿dónde están los hombres?”.

Mi amiga y yo nos divorciamos poco más o menos a la vez, de eso hace mucho. Ella quedó con su hija, ahora de siete años, y un acuerdo estándar de mutuo acuerdo con el progenitor, en el que ella mantendría la custodia y él la vería un par de tardes por semana, fines de semana alternos, parte de las vacaciones. Así transcurrieron algunos años.

Hace unos quince meses, estábamos intentando organizar un grupo de niños, madres y padres, de aprendizaje colectivo. Un día me comentó, sin mucha preocupación, que su hija estaba mostrando rechazo a ir con su padre aquel fin de semana. Igualmente fue. Y todas las veces que le correspondía según el calendario acordado. Pero la niña estaba evidentemente enfadada, como parecían expresar un dibujo que hizo en la escuela y otros signos.

Mi amiga preguntó, tanteó y buscó ayuda profesional. Acercándose al tema poco a poco, sin presionar, un día consiguió que la niña se atreviese a contarlo.

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27.11.2015

Dejar de ser “madre” (mapa de ruta sin ruta para las que vienen)

por carolinkfingers

Yo vivo en un bonito piso, con bañera hinchable, balanza de bebé y pomada para el culito, no tiene nada que ver, y la maldición del psicoanálisis “todo queda visto para sentencia antes de los tres años”, me la sé de memoria. Me pesa las veinticuatro horas del día y sólo a mí porque el niño es cosa mía. Y me he leído la biblia de las madres modernas, organizadas, higiénicas, que se ocupan de su casa mientras sus hombres en la “oficina”, en la fábrica jamás, se titulaba Yo educo a mi hijo, yo, la madre, evidentemente. Más de cuatrocientas páginas, cien mil ejemplares vendidos, todo sobre el “oficio de mamá” (…)

Annie Ernaux, La mujer helada

Está pasando. Estoy dejando de ser “madre” (1). Es un proceso sobrecogedor. Mis hijas crecen. Me necesitan menos cada día. Es aterrador, hermoso, me resista o no. Cada nueva prueba de autonomía es una prueba de independencia para mí. Estoy en proceso de averiguar si es posible eso, dejar de ser “madre”. He aquí mis preguntas.

Les quedan unas cuantas aventuras por aprender, puede que me necesiten aún puntualmente, puede que todavía tenga por delante unas doce mil cenas por preparar y mil cuatrocientas lavadoras por tender. Mi papel se ha reducido drásticamente en los últimos meses hasta convertirme en una especie de garante de las condiciones de posibilidad de esta casa. En una “chacha”, vamos. Para algunas personas, desde la parte beneficiada o desde la sufriente, la idea de “madre” se parece bastante a ser “chacha” (2) -y no hay desprecio en la expresión-.

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23.10.2015

Dejadla sola (todas juntas)

por carolinkfingers

15m. ¿15m? Juntarse. Cuerpos. Cansados. Cuatro años. Preguntas. Experimentamos. Aprendimos. Rompimos. Lo posible.

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Llego a casa, enormemente cansada. Es casi la una. Destapo un plato, galletas de avena y plátano que ha cocinado mi hija mayor. Me zampo una con avidez recordando, sintiendo aún la vibracion musculosa en las piernas.

Es jueves y salgo de la librería a la hora del cierre. Mamá hoy ha salido del trabajo tarde, avisó de que no llegaría a dar el beso de buenas noches. En lo que respecta a Sole Parody tengo bula. Ellas son fans y entienden mi fanatismo. La conocen y entienden mi amistad. Una vez, esta noche, me rodearé de cuerpos como hacíamos antaño -no hace tanto tiempo- cada pocas semanas. En cada manifestación. Vengo a bailarlo. Vengo a darlo todo. La hemos bailado a lo largo de cuatro años. La hemos esperado.

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18.06.2015

Ay Carmena (sobre heroicidades varias)

por carolinkfingers

Estimada jueza,

Soy Carolina. No me conoce, aunque estuvimos sentadas lado a lado en el acto de campaña de Chamartín. Una de esas activistas que la ha acompañado en la candidatura. Una de ésas que se ha pasado un centenar o dos de horas en asambleas para diseñar lo que ahora es el partido que gobierna Madrid (en minoría). Una que ha puesto amor y ganas en la organización, junto a otros centenares, a las primarias que la llevaron al primer puesto, y a la campaña que realizamos durante dos frenéticas semanas. Una que, también he de decir, no apostaba por “gobernar escuchando” como lema, era más de “mandar obedeciendo”.

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No puedo seguir todo lo que usted cuenta a la prensa, pero empiezo a tener la sensación de que -a cuatro días- usted me está gobernando hablando.

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