Carolink Fingers
07.11.2016

Bilingüismo

por carolinkfingers

Una cosa buena tiene que a los menores de dieciséis años no los dejen ir solos a los conciertos: madres, padres o tíos postizos se ven obligados a compartir sus «fanatismos» un par de veces al año, a hacer la cola con ellos, a acudir arrastrados por ellos, después de las miles de veces que fueron arrastrados por nosotros a reuniones familiares o de grupos de trabajo aburridísimos. Cuando hoy hemos acudido juntas, con mis hijas de diez y quince años, al primer concierto en Madrid de Melanie Martínez he pensado todo eso, por cuarta o quinta vez, y también que en un par de meses mi hija mayor ya no va a necesitar carabina para disfrutar de la siguiente cantante que le entusiasme y se deje caer por aquí.

La adolescencia es ese lugar tan denostado y temido entre los que andan teniendo hijos –muchos menos hijos y mucho más tarde que antes– como el momento en que ellos se alejan y andan a su bola, y se encabritan a veces y se pierde la comunicación. Se pierde el lenguaje común. En mi particular tránsito en esta nueva fase, junto a las dos, vengo creyendo que más bien se teme ese momento porque nos volvemos comodones. Se escapan porque no queremos aceptar que se hacen autónomos, que toman decisiones, que el mundo exterior, sus relaciones y todo lo que sacan de youtube se convierte en el núcleo central de su vida y nuestras miserables personalidades dejan de estar en los pedestales anteriores. Nuestras experiencias no eran tan valiosas. Y nuestro lenguaje es otro.

Por eso ir a conciertos con ellas –verme obligada a ello– me parece un momento fascinante, a cuidar. Podría parecer(me) que ya no tengo la misma comunicación con ellas, pero llega ese momento y todo casa. Ellas me llevan. Y yo me dejo arrastrar. Con mi padre fui a conciertos, pero era siempre él el que elegía –a Jonathan Richman o a Joaquín Sabina–, tuve que montarme una banda para que una vez viniera a un concierto «mío», y yo tenía veinte años.

No sólo disfruto porque a menudo lo que están escuchando me resulta simpático –entro en su mundo, me tengo que traducir su mundo– sino por la panoplia social que implica el acontecimiento. Me divierto entre los adolescentes, a los que no entiendo, y observo a los otros madres y padres. A veces, estos y estas se han travestido del todo en el «fandom» –esto es algo excesivo para mí– y otras veces, como he visto hoy, han acompañado a su prole y se han situado con sus móviles y sus cervezas al fondo de la sala –esto también me parece excesivo–. No me hago la guay, el disco de Melanie lleva un año sonando en casa, algo pillo. Pierdo de vista a los otros adultos hasta la hora de salir.

Y me he quedado a media altura, con ellas, sufriendo por la escasa visibilidad del metro cuarenta y cuatro de la pequeña, y por la escasez de aire de que dispondría, encerrada entre cuerpos de metro ochenta. Los fans de Melanie son adolescentes tardíos, menos mi hija. Le he pedido a una pareja de chicos altos y guapos si podían dejarla pasar delante, uno de ellos me contesta con elegante pluma que por supuesto, que me lo iba a proponer. Creo que me van a mirar raro, qué hace esta señora cantando las canciones, pero no han mostrado el más mínimo incomodo.

Los fans de Melanie son jóvenes y extraños, como ella misma. Hay muchísimos pelos de colores. Hay muchísimos pintalabios azules, morados, negros y fucsia. Hay unas ganas de ser distinto, de estar entre los demás afirmando lo distinto, de querer al amigo, de querer a la amiga, de tonificar el alma en sus canciones de seres sensibles, maltratados por relaciones tóxicas y familias disformes. Los fans de Melanie son chicos y chicas que no se sienten a gusto en los moldes normativos, que empatizan con las historias de soledad y abandono, que la aman por su «distintez» (he intentado encontrar otras figuras en mi imaginario musical a las que asemejarla, es demasiado popera para compararla con Siouxsie, es demasiado comunicativa para ser Tori Amos, es demasiado rara para ser Blondie…).

Se me ha soltado una lágrima o dos cuando la corriente eléctrica de la emoción los ha hecho gritar en un tono altísimo –mi tímpano derecho ha estallado– y he bromeado con la pareja de guapos sobre la manía de los móviles, omnipresentes, que interrumpían la visión cada vez que empezaba un tema famoso –Melanie tiene catorce temas famosos en un solo disco, en la era youtube todos son singles–. Y he bailado, sobre todo para cambiar el peso de una pierna a otra, porque los pies me mataban, y he seguido fascinada mirando alrededor su entrega, su amor incondicional, su fastuoso nivel de inglés que les permitía corear dos octavas más alto cada estrofa de la cantante. Los fans de Melanie son bilingües totales, y no creo que sea cosa de las escuelas.

Hemos salido de nuevo al frío intenso, a recuperar el aire, hora y cuarto más tarde –sólo una vez un grupo me maltrató con un concierto tan corto, fue Sonic Youth en el año veinte de su carrera– pero Melanie les ha dicho a todos que los quería y que volviesen sanos a casa. La salida ha tenido de anécdota a un guarda de seguridad que nos ha hecho bajar las escaleras a trompicones porque «luego pasa lo del Madrid Arena» (sic).

En la calle, dos hombres mayores iban detrás de dos chicas muy jóvenes: «En nuestro tiempo era Kortatu, jajaja», pero los tipos estaban felices y las chicas me miraron con sonrisa. Nosotras seguíamos flotando en el aura rara, liberadora, de las canciones de Melanie.

Lo que más cuesta de ser madre o padre de adolescentes es escucharles en su propio idioma. Dejar de tener el lenguaje, entregárselo. El tiempo nuevo es el suyo. Lo que más cuesta es darse cuenta de que no tienes tanto que decirles, aunque tengas tres décadas más de lecturas o de experiencias, que podrás transmitirles o no. En mi pequeño papel prefiero apuntar relativizaciones y contextos, y seguir escuchando. En su territorio, si madre o padre quieren no salir de su territorio del todo, tienen que sufrir una suerte de desclasamiento, que se produce mediante la escucha –la de sus grupos, la de sus series, la de sus fandoms y sus relatos–. Y a partir de ahí empieza una nueva y fascinante etapa de traducción. Ellos saben mucho más, aprenden mucho más, incorporan mucho más a través de las ventanas abiertas al mundo que ya no son las de la casa. Dejar de creerse importante cuesta, tanto como hacerse bilingüe.

09.05.2016

Mi mamá es fan de bulgari

por carolinkfingers

mi mamá es fan de pocas cosas.

desde que la conozco, que no es el mismo tiempo en que ella me conoce a mí, mi mamá es fan de bulgari.

no sé qué le gusta de esas señoras de los anuncios, no sé qué delicias le prometen sus frasquitos de diseño. de entre todas las marcas que seducen de vértigo hedonista, mundo que le es ajeno como a la mayoría de nosotras, mi mamá se regala perfumes de bulgari y de nada más.

mi mamá es la mejor poeta viva que conozco en profundidad.

no es muy habilidosa en ningún sentido salvo con las palabras.

y para entender el corazón humano, para eso es muy hábil también.

claro que también hace el mejor cocido del mundo.

nunca se ha pintado la raya de los ojos, jamás lleva colorete y apenas usa cremas porque todas le hacen mal en su piel delicada.

besuquea poco, mi mamá. de niña yo pensaba que no besaba nada de nada, hasta que fui madre lo pensaba.

no se parece en nada a una mujer, joven o mayor, que salga en las revistas “femeninas”, se parece a todas las que conoces, misterio humano que sufre cuando la golpean.

mi mamá es una mujer ácida. ni triste ni risueña en demasía, creo que su estado de ánimo habitual es una coraza de acidez protectora.

y es también sensible a la canción, al verso, al ritmo, al vocablo puesto en su sitio. a menudo canturrea algo a partir de las palabras que han dicho los demás, y mis hijas le riñen: “¡abueeela!”

hay muchas madres en algunas mujeres y hay muchas mujeres en todas las madres.

porque yo la miro a veces de costado, mientras teclea en su ordenador, y me parece que no es mi madre.

y otro día me veo a mí misma, rejuntando notas en cuadernos como éste, mientras me fumo un cigarrillo y la veo a ella en mí, como era cuando yo tenía quince años y tomaba notas a escondidas, robando tiempo a las atenciones que entregaba a los demás.

ahora me mira y resopla cuando me enciendo un cigarrillo delante suyo.

pero pongo mucho cuidado en no llenarla de humo.

sé que no le gusta y que no le gustó que me divorciara, pero me dijo “si es lo que tiene que ser…”

no prende velas a santos, pero cuida a mis hijas en la distancia desde siempre. cuida de mucha gente a pesar de que ya cumplió, como se dice, con todos los deberes, horrenda palabra.

pone cafés con alegría cínica en el bar, cocina tres o cuatro cosas para la cena, lee como una posesa. y tiene un canal de facebook con cinco mil amigos a los que insulta con inteligencia.

mi mamá es fan de bulgari, pero también de gloria fuertes y del buen lomo embuchado, y al correr de los años he tenido que admitir que también ha debido de ser fan de los buenos lametones.

mi mamá ama sobre todas las cosas el pueblo en el que nació y fue niña y joven. Y yo, algo de aquella sensualidad de pinares y jaras he conocido y creo entenderla.

ms grosera, deslenguada, te pone en tu sitio, te sabe escuchar y se emociona cuando toca, nunca admitirá que se ha emocionado mientras se sorbe la moquilla, aplaude cualquier gesto amable y se vuelve niña, corresponde hasta a las vecinas más callosas y no para de inventar versos con los gatos que le han tocado.

a veces la veo dudar sobre su cuerpo, duda sobre su figura redondita que adorna con blusas anchas. a veces la veo preguntarse qué aspecto da al mundo con sus sesenta y siete años, ella de la que yo no creía que se preguntaría jamás eso. a veces sale de ella la coqueta -qué pocas veces la he visto salir-, y no es sólo cuando recita sus poemas, y me enternezco.

entonces salimos a la calle, con o sin perfumar y a menudo del brazo, y acompaso mi paso al suyo, con algo así como orgullo, y no es sólo porque sea mi mamá.

/// — Ni día de la madre ni hostias — Ni fatalismos ni clichés — Tengo muy poco tiempo para escribir pero, entre cocido y lasaña salió este pseudo-poema sobre el personaje real que es mi madre, que contiene a su vez unas cuantas licencias poéticas — Mi madre no está de acuerdo en que la llame “redondita” pero la culpa es de que me hizo escritora ella a su vez — ///

26.01.2016

Y aún puede sonreir

por carolinkfingers

En las plazas post-15M conocí a un puñado de personas increíbles. Entre ellas, a una mujer que me gustó desde el primer día. Nadie se expresaba de forma tan calmada y seria, ni tenía tanto convencimiento en la voz. Pocos transmitían tanta confiabilidad.

Con el tiempo trabamos amistad, coincidíamos en edad y trayectoria vital, teníamos hijas. Además de asambleas, compartimos cañas, paseos y pichangas de baloncesto más-que-aficionado, que durante un tiempo nos reunieron. Llegamos a irnos de vacaciones juntas, con mis hijas y la suya, un verano, como si fuésemos una pareja de hecho o una familia disforme. En este punto me acuerdo de una anécdota: en esos días en las playas alentejanas, tuvimos que escuchar más de una vez la pregunta “¿dónde están los hombres?”.

Mi amiga y yo nos divorciamos poco más o menos a la vez, de eso hace mucho. Ella quedó con su hija, ahora de siete años, y un acuerdo estándar de mutuo acuerdo con el progenitor, en el que ella mantendría la custodia y él la vería un par de tardes por semana, fines de semana alternos, parte de las vacaciones. Así transcurrieron algunos años.

Hace unos quince meses, estábamos intentando organizar un grupo de niños, madres y padres, de aprendizaje colectivo. Un día me comentó, sin mucha preocupación, que su hija estaba mostrando rechazo a ir con su padre aquel fin de semana. Igualmente fue. Y todas las veces que le correspondía según el calendario acordado. Pero la niña estaba evidentemente enfadada, como parecían expresar un dibujo que hizo en la escuela y otros signos.

Mi amiga preguntó, tanteó y buscó ayuda profesional. Acercándose al tema poco a poco, sin presionar, un día consiguió que la niña se atreviese a contarlo.

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27.11.2015

Dejar de ser “madre” (mapa de ruta sin ruta para las que vienen)

por carolinkfingers

Yo vivo en un bonito piso, con bañera hinchable, balanza de bebé y pomada para el culito, no tiene nada que ver, y la maldición del psicoanálisis “todo queda visto para sentencia antes de los tres años”, me la sé de memoria. Me pesa las veinticuatro horas del día y sólo a mí porque el niño es cosa mía. Y me he leído la biblia de las madres modernas, organizadas, higiénicas, que se ocupan de su casa mientras sus hombres en la “oficina”, en la fábrica jamás, se titulaba Yo educo a mi hijo, yo, la madre, evidentemente. Más de cuatrocientas páginas, cien mil ejemplares vendidos, todo sobre el “oficio de mamá” (…)

Annie Ernaux, La mujer helada

Está pasando. Estoy dejando de ser “madre” (1). Es un proceso sobrecogedor. Mis hijas crecen. Me necesitan menos cada día. Es aterrador, hermoso, me resista o no. Cada nueva prueba de autonomía es una prueba de independencia para mí. Estoy en proceso de averiguar si es posible eso, dejar de ser “madre”. He aquí mis preguntas.

Les quedan unas cuantas aventuras por aprender, puede que me necesiten aún puntualmente, puede que todavía tenga por delante unas doce mil cenas por preparar y mil cuatrocientas lavadoras por tender. Mi papel se ha reducido drásticamente en los últimos meses hasta convertirme en una especie de garante de las condiciones de posibilidad de esta casa. En una “chacha”, vamos. Para algunas personas, desde la parte beneficiada o desde la sufriente, la idea de “madre” se parece bastante a ser “chacha” (2) -y no hay desprecio en la expresión-.

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23.10.2015

Dejadla sola (todas juntas)

por carolinkfingers

15m. ¿15m? Juntarse. Cuerpos. Cansados. Cuatro años. Preguntas. Experimentamos. Aprendimos. Rompimos. Lo posible.

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Llego a casa, enormemente cansada. Es casi la una. Destapo un plato, galletas de avena y plátano que ha cocinado mi hija mayor. Me zampo una con avidez recordando, sintiendo aún la vibracion musculosa en las piernas.

Es jueves y salgo de la librería a la hora del cierre. Mamá hoy ha salido del trabajo tarde, avisó de que no llegaría a dar el beso de buenas noches. En lo que respecta a Sole Parody tengo bula. Ellas son fans y entienden mi fanatismo. La conocen y entienden mi amistad. Una vez, esta noche, me rodearé de cuerpos como hacíamos antaño -no hace tanto tiempo- cada pocas semanas. En cada manifestación. Vengo a bailarlo. Vengo a darlo todo. La hemos bailado a lo largo de cuatro años. La hemos esperado.

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18.06.2015

Ay Carmena (sobre heroicidades varias)

por carolinkfingers

Estimada jueza,

Soy Carolina. No me conoce, aunque estuvimos sentadas lado a lado en el acto de campaña de Chamartín. Una de esas activistas que la ha acompañado en la candidatura. Una de ésas que se ha pasado un centenar o dos de horas en asambleas para diseñar lo que ahora es el partido que gobierna Madrid (en minoría). Una que ha puesto amor y ganas en la organización, junto a otros centenares, a las primarias que la llevaron al primer puesto, y a la campaña que realizamos durante dos frenéticas semanas. Una que, también he de decir, no apostaba por “gobernar escuchando” como lema, era más de “mandar obedeciendo”.

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No puedo seguir todo lo que usted cuenta a la prensa, pero empiezo a tener la sensación de que -a cuatro días- usted me está gobernando hablando.

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03.05.2015

No me llames “mamá”, llámame Caro

por carolinkfingers

¿Y si no hay manera de renunciar al rol de madre?, me pregunto algunos días. Este escrito parte de todos los trabajos que llevo dedicados como madre de dos niñas, de los pensamientos sobre el “ser madre” y los escritos, así como del trabajo teórico-práctico que hacemos en el taller “Desmontando a la madre” en Campus Relatoras.

Dirigirme literariamente a mis hijas es ya un comodín. Pero no invento palabras que no les diría. Hay una discusión en marcha sobre el papel que adoptamos cuando somos madres -al que falta poner aún en evidencia, que ningún discurso feminista ha conseguido desamoldar, y que viene impuesto por dentro y por fuera- y que es, para mí, la piedra de toque de cualquier discusión sobre la maternidad desde el ámbito del feminismo.

Reivindicar los cuidados, sí, a tope, ¿a costa de nosotras otra vez? Esto es mucho más largo de argumentar y a ello he dedicado otros espacios y seguiré dedicando. Este texto sólo pretende ser una fotografía de algunas conversaciones conmigo misma en este minuto (y sobre todo con ellas):

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30.04.2015

Ser todas el alcalde de Madrid

por carolinkfingers

Me acuerdo bien de una conversación con una amiga del colegio. Tendríamos trece o catorce años. Los padres de esta chica eran militantes de un partido y estaba familiarizada con el discurso “político” en casa. Hablábamos de POLÍTICA, palabra a la que yo tenía cierta aversión, como correspondía a nuestra generación masivamente criada en la apoliticidad. “¿Qué sentido tiene la política?”, preguntaba aquella que era yo. “¿Qué influencia o poder tiene en nuestras vidas lo que los políticos profesionales hacen?”. Yo decía que ninguno, ilusa, y mi amiga zanjó la cuestión con un contundente (me acuerdo tan bien): “Todo. Política es todo”. Éramos unas crías.

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Tuvieron que pasar casi treinta años para que le diera la razón. Hacernos cargo en común de los asuntos comunes: ésa fue la certeza aprendida hace no demasiado tiempo. A partir del 15M me enteré de que no podíamos seguir mirando para el lado. Nos tocaba ser concientes, cada uno y una desde nuestra particular parcela, de la cuota de responsabilidad en lo “común” que nos tocaba. En elecciones, acciones y discursos. En “hacer con otras”.

Yo no soy –era– una activista. A partir de entonces experimenté la potencia de conectarnos, discutir –presencialmente o no–, producir sentidos y saberes y, sobre todo, saltar desde lo individual a lo colectivo. Sumar en la diversidad. Re-conocernos.

En otras ocasiones he contado: cuando las asambleas del 15M se trasladaron a los barrios, supe que quería estar, pero no supe articular palabra ni tomar el micro hasta pasados muchos meses.

El aprendizaje de la pluralidad: es una de las más profundas enseñanzas que he sacado en estos años de la asamblea de barrio. Tras mucho tiempo en la parte exterior del círculo, escuchando y aprendiendo, pude ir entendiendo cómo se conjuga la energía y la inteligencia colectivas, cómo de potente es hablarnos. La asamblea de barrio –en mi caso- ha sido mi pequeña escuela de política. Allí hemos escuchado las razones y la experiencia de la huelga de barrenderos, de boca de los mismos que dejaron de limpiar las calles para defender sus puestos de trabajo, y hemos visto cómo concitaba la simpatía y apoyo de los vecinos; allí hemos escuchado a Libertad en numerosas ocasiones relatar sus condiciones de vida con una escueta jubilación y apegarse a las campañas en marcha, repartiendo periódicos y declarándose republicana; algunos vecinos se organizaron para procurarle conexiones con bancos de alimentos y otros recursos.

Allí, cada dos semanas en nuestro micro abierto, se han acercado vecinos y vecinas que han podido expresar sus quejas (pasados cuatro años aún queda alguno que nos pregunta “¿y esto qué es?” Y se queda): hablan de lo poco que les llega la pensión, de lo largo que se está haciendo el desempleo, de su incomprensión por las obras en las aceras en la avenida que nadie ha pedido, de los impuestos y tasas inasumibles, de la decadencia del mercado del barrio…

¿Y qué hemos podido hacer con ello?

Escucharles. A lo mejor preparar una campaña de panfletos y carteles –contamos con una unidad de propaganda envidiable donde las haya– . A lo mejor ir a la Junta Municipal a dejar un escrito del que nos contestarían algún día –o no–. Organizarnos. Apoyar.

Sabíamos, intuíamos, que se podía hacer más.

Si para “hacer algo más” había que asaltar las instituciones… no sabíamos cómo.

Por ello algunas apostamos a sumarnos, pensando y haciendo municipalismo en el barrio –con la candidatura de Ahora Madrid como medio–.

Pero no de cualquier modo.

Por ellos algunas hemos creído que esto tenía que ser de las vecinas y vecinos –no las 500 que están organizadas y trabajando cual dromedarios, ni siquiera las 30.000 que dejaron sus firmas en apoyo de la candidatura-.

Conseguir una estructura de interlocución fluida y transparente que sea capaz de acoger la diversidad y la inteligencia de todas las personas.

Lograr X concejalías y que éstas a partir del día cero no hiciesen su trabajo aisladas en despachos, rodeadas de asesores, sino en permanente escucha y retroalimentación de la ciudadanía.

Llegar a las Juntas Municipales y no llegar solas, como individuos, y ni siquiera como partido, sino controladas, vigiladas y potenciadas por las vecinas que saben lo que necesitan, lo dialogan, lo debaten, lo trabajan, lo viven.

Tenemos y sufrimos un sistema representativo, el que me hacía decretar cuando era niña que “esos”, los “políticos”, no me interesaban un pimiento. Podemos cambiar el sentido del todo a esa representación. Eso será, cree la gente de la lista Madrid en Movimiento y creo yo, si existe tras ello una organización vecinal fuerte y activa, si mil, un millón o varios millones de personas permanecen vigilantes.

Madrid en Movimiento tiene personas, claro, no se hace de otro modo una lista para unas primarias. Pero, más allá de esas personas, cuenta con los saberes y experiencias que suman las miles organizadas de toda la urbe, para racionalizar y hacer sostenible la gestión de los asuntos comunes. Eso es: no solas. Madrid en Movimiento no es más que una lista de personas que cree, de forma muy sincera, que nada se puede hacer bien si no se está obedeciendo al común, en el mandato ciudadano.

Voy como una más en la lista de Madrid en Movimiento, algo que para alguien que se enteró de lo que es la “política” hace cuatro años está siendo una experiencia intensa, extraña, desbordante. Alguien a quien nunca se le pasó por la cabeza dejar las retaguardias: alguien que, en todo caso, mientras está en esta arena desconocida del “asalto institucional”, no quiere perder de vista todo lo que importa. En todo caso, formo parte de la lista con la confianza –la certeza- de que los que me rodean tienen la misma preocupación: no es llegar “allí” el objetivo, que lo es, sino seguir siendo miles.

Como si fuese un reflejo de aquella vieja conversación con mi amiga del colegio, tuve esta otra con mi hija pequeña, cuando, viéndome salir a reuniones y mover por toda la casa papelotes, borradores y manifiestos, me preguntó:

“Mamá, ¿tú trabajas en Ganemos?” (como se ha llamado hasta hace poco el espacio organizativo de la candidatura Ahora Madrid).

“Bueno, querida, trabajo, sí, como trabajamos tantas otras, somos miles”.

“Entonces…” (se quedó pensando), “si ganáis, ¿seréis todas el alcalde de Madrid?”

Ser TODAS el alcalde de Madrid. No se imaginaba ni por asomo mi hija pequeña que ése, exactamente ése, es el espíritu que anima esta lista.

 

///////

Coda:

Este artículo se publicó en el proceso de primarias abiertas de Ahora Madrid, aquí.

Y Luis (El Tránsito) me contestó esto a este texto: que a ver si la revolución democrática no dejaba ver el bosque.

Y las primarias se desarrollaron. Voy en la papeleta de Ahora Madrid. Sí, número 62, más retaguardia imposible.

Y ahora estamos en campaña.

12.02.2015

Vuestra madre en una web de contactos

por carolinkfingers

Otro febrero más. El día 6 tuve un pensamiento tangencial al que fue aniversario de haber puesto un pie en Santiago de Chile, que tomé como fecha de inicio de mis diez años de matrimonio. Y lo que vino después, dos hijas, tú la mayor ya me pasas en altura. Y en más cosas.

Desde hace ya días temo abrir twitter, encender la tele o abrir un periódico: es el “mes del amor”. Sabréis, y todo bonito, que no llevo bien estar sola. No sola. Sin pareja. No sin pareja. En realidad… Bffff, esto es lo que pasa cuando trato de escribirme. Que toca hacer mucha crítica a la estructura del amor romántico, en la base de dinámicas que acaban en mujeres asesinadas, y en lo que a mí respecta de una concreta que me lleva a creer, de forma soterrada, que no valgo lo que otras que están en una relación.

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12.12.2014

La coyuntura de la escalera

por carolinkfingers

Nunca he sido capaz de “leer la coyuntura”.

Lo cierto es que, pasadas las euforias de hace algún tiempo, de reconocernos tantas juntas en un descontento común –con su lado de alegría dionisíaca-, apenas sé leer lo que pasa en las calles que transito a diario, las aceras que nos han cambiado sin permiso en la avenida, las vomitonas de fin de semana en alguna esquina que dejan un rastro de grasa para siempre porque ya nadie pasa a baldear las aceras, las farolas que nadie ha repuesto porque esa calle no es lo suficientemente transitada, lo que nos pasa a los vecinos que a veces nos juntamos en la plaza para seguir discutiendo, como vimos que sabíamos hacer hace tres años y medio largos.

Los vecinos, las vecinas. Llevo viviendo doce años en Madrid y es ahora, desde hace esos tres años, cuando puedo decir que tengo un vecindario. No son precisamente los de mi escalera, a los que no puedo soportar demasiado y es mutuo, pero podrían y deberían serlo (también).

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