Carolink Fingers
16.12.2008

Yo también soy una caja (de sorpresas)

por carolinkfingers

Me vas perdonar, Natalia, los tontos juegos de palabras con el título de tu (precioso) libro. Libro que habría de ser de lectura obligatoria para los aspirantes a escritores, para los asistentes a todos los talleres de narrativa del mundo, para los profesionales del quejido. Claro está, para ninguno el proceso de encontrar la voz se presenta del mismo modo que para el vecino -os fijáis, ¿verdad? En lo que hace, y lo que expresa, y en la postura, y en el titubeo del vecino de pupitre del taller de aspirantes a escritor. Esto de escribir -como aprender a caminar, como traspasar el muro de la crítica del mundo, como empollar huevos- no es algo que se pueda enseñar, así, en general. Pero hay en tu libro un manual de aproximación a la lectura que es el primer paso para acercarse a la creación de todo, de cualquier cosa escrita.

No, ya sé que no pretende ser un manual. En realidad, pretende ser muy poco. Tan poco como una caja.

Y escribo esto para no dejar pasar las páginas de otro libro sin expedientar qué me aprovechó de él. Porque leer es el primer tramo de este viaje.

Tu libro me gustó desde la dedicatoria. Mantengo el secreto sueño de estar al menos a esa altura cuando por fin alguien confíe en mis relatos lo suficiente como para hacerlos publicar. Me gustó desde su excusa literaria: una obra, la obra de un escritor, es más, de una escritora, y no de cualquier escritora: la de Clarice Lispector.

Me gustó porque es una historia de amor. No de cualquier amor, sino de amor a los libros. Es, también, a ratos, la historia del amor a una misma, la de la osadía de encontrar la propia voz hundida.

De todas las cosas de que está hecho tu libro, me quedo con ésa. La embriaguez que lo viste –y mira que yo me embriago- es un río de búsqueda, un paulatino (¿por qué para algunos resulta tan endiabladamente fácil?) desbrozar el camino hacia la tarea ineludible:

“Claro que lo haría, algún día, mañana, mañana… pero no hacía nada parecido a lo que se llama esfuerzo y que ahora sé que es el peaje ineludible tanto para ser madre de un libro como de un hijo de cualquier otra índole” (11).

Porque yo también amo a Lispector, pero eso no viene al caso. Yo también he pasado años diciéndome a mí misma (y a todos, lo cual es infinitamente más cruel y terrible) que quería escribir. Como si “escribir” fuese un asunto milagroso, como si esperase que, un buen día, al despertar con los restos de maquillaje del día anterior y sin haber empuñado un pilot, me hubiese convertido en escritora por los efluvios de algún pedestre aire nocturno.
Me gustó por los balbuceos.

“Escarceos con la idea de ser una artista, en el sentido más moderno, desenfadado y superficial, de tener en la punta del pie el salto hacia una fama secreta, incluso instantánea, de usar y tirar”… (14).

Así que tu personaje, Nadila, o cuánto de ti hay en un nombre, se lanza, despacito, a tientas, dando tumbos, desguarnecida, sin método, sin alambre y sin red. La funambulista deliciosa. Sin saber bien qué debía sacar de un nombre, de una recomendación. Unos tienen mentores de carne y hueso, otros tienen autores de cabecera. Lo importante de tu libro es que el autor no está en la cabecera, sino que está dentro. Convertido en algo más, en otra cosa, en un proceso de (i)respetuosa apropiación. Entender mejor a esa autora te hizo entenderte a ti misma. Y no hay milagros de por medio.

“Qué doloroso y lento, qué tortura puede resultar la adquisición de menos de un gramo de conocimiento” (50).

Buscar la voz resulta ser un proceso de desemascarar la identidad. Ahí es donde la gran mayoría de narradores del mundo me causan perplejidad, y un poquitín de asco: ya venían con el bigote puesto.

Porque, ¿por qué asentimos al cocinero de fama internacional cuando intenta develar los secretos de un solo ingrediente y desmantelar los procesos de la elaboración, y le admitimos en cambio, le exigimos, al escritor que monte con sus materiales un argumento con el que todos podamos seguir creyendo en la función utilitaria de las palabras, y a nadie se le ocurre que éstas son, en suma, ingredientes? Perdón, no me he expresado bien.

Importa el proceso, el recorrido que hacemos machete en mano, tanto o más que el resultado. En eso tu libro me parece valiente. Basta ya de historias. Las palabras, ésas, son el material y el protagonista, son la garantía de la escritura. A veces nos esconden, pero haciéndonos sus amigas nos revelan.

Podría decirte que me confundió la mezcla de géneros. Nadila se enfrenta un poquito a la realidad, pero después se olvida de ella. Lee y rebusca en los datos biográficos de CL. A veces tuve la sensación de un quiero y no puedo. Más Nadila, más forma de personaje, o menos, ninguna realidad en absoluto. ¿O buscabas ese despojamiento?

“Estrella tras Estrella, todo me subía a la cabeza, y entonces sentía que comenzaba a ser” (63)

El escritor es siempre un escritor más sus circunstancias, eso pareces dejarlo claro desde el principio. Rebanaste el mito poco a poco.

En tu libro, hay una historia de misterio. El misterio de encontrarnos. El de haber redondeado los decires, mágicamente, por uno mismo. El de habernos puesto nombre. Pero este proceso es algo que sucede una sola vez. Más tarde llega la interiorización, el qué hacemos con ello, en definitiva. La imagen de Nadila huyendo, cara blanca y ropa negra, con la música de The Cure en los oídos, extrañada y expuesta, vacía por dentro, es algo que no quiero volver a leer. Quiero, a continuación, leer aquello que Natalia Carrero sabe que tiene que escribir.

Gracias, en fin, Natalia. Ahora me toca a mí.

15.12.2008

Soy una caja

por carolinkfingers

“Soy una caja”
Natalia Carrero
Caballo de Troya

En el mundo de la literatura de nuestros días, hay cosas que son valientes y cosas que no lo son. Los más se instalan en lo último: repeticiones irreflexivas de moldes archi-transitados. Los pocos vienen a vivir al otro segmento de la acción literaria. Aquél en que la construcción de la identidad, del qué decir genuino y personal, es el primer peldaño a escalar. Literatura como psicoanálisis o apertura gratuita de venas, pero búsqueda de pasos propios. ¿Que por qué puede llegar a ser tan doloroso? Porque algunos carecemos de la arrogancia para adentrarnos en lo trillado, así, en general. La valentía de Natalia Carrero está en el esfuerzo ofrecido –a vena abierta- por objetivar los balbuceos y hacerlos dignos de libro. Nos lanzamos a escribir sobre asuntos que no dominamos en absoluto o investigamos con armas primordiales –abecedario, collages, fantasías, manualidades- en donde nadie más ha estado. Así, el personaje-persona que lleva adelante “Soy una caja” es un sacacorchos ficcional, empeñado en la lectura de su autora fetiche, Clarice Lispector, que desentraña pocas cosas ciertas de los libros, salvo que tiene que escribir. Trabajo que, a pesar de su liviandad formal, se hace espeso como un diálogo surrealista, donde cualquiera tendrá problemas para separar lo literario de lo vivido. Lástima que las inmersiones en el “relato” de viejo cuño sean tan escasas, incluso un poco pacatas. Pero queda el esfuerzo del original esbozo. Escribir es un dictado, pero un dictado infame.

//Reseña publicada en la revista Go Magazine, diciembre 2008//

01.12.2008

Erik Satie

por carolinkfingers


Acometer la semblanza de Erik Satie, figura escurridiza de múltiples caras, en una monografía de esta longitud, es empresa complicada. Porque sus incoherencias vienen dadas por la falta de asidero práctico que de su personalidad ofrecía: cualquier que sepa un poco de él, recordará que se autodefinió de las formas más variopintas posibles; que, como músico, su consideración crítica pasó de estar al margen de la alta cultura, asociado al mundo de la varieté, a ser considerado padre de una generación de compositores… Las contradicciones por Satie encarnadas son, en suma, la concreción anticipada de la máxima del arte de vanguardia, donde el propio artista debía ser arte. Así que atrapar a Satie no es fácil. Mary E. Davis lo intenta a través de los disfraces adoptados y las múltiples versiones de sí mismo que inventó, sobre las que estructura esta monografía recientemente traducida. Sintética, abarcadora, precisa y al grano, y además profusamente documentada. Revistas, artículos, periódicos de la época, cambios sociales, amistades, escasos empleos y, sobre todo, las partituras que nos dejó, dejan a la autora con el difícil papel de hacernos entender a este elusivo personaje. Se guarda mucho de circunscribirse a un solo género: ni biografía a secas, ni musicología huérfana, el estudio nos hace recorrer las distintas facetas a lo largo de su vida y obra. No se deja atrás ninguna de las pinceladas que nos sirvan para entenderlo –primer paso para amarlo, quizá odiarlo: sus orígenes en la Normandía, la educación musical recibida, la formación del joven músico para, poco a poco, ver aparecer al extravagante, al bohemio, al bufón risueño y al hombre tranquilo que caminaba diez kilómetros de ida a París y de vuelta a Arcueil anotando frases musicales en su librito. Sin perderse en meandros, sin apasionamientos, lo mejor de Erik Satie está en la coherente amalgama de estilos, donde la concisa línea cronológica de creaciones y relaciones nunca es perdida de vista, mientras ilustra con análisis rigurosos acerca de los avances estéticos donde el músico dejó su verdadera impronta.

//Erik Satie. Mary E. Davis. Turner Libros. Reseña publicada en Día a Día, o www.docenotas.com//

28.11.2008

Rock para Satie

por carolinkfingers

No tengo idea de cuándo se originó algo llamado “música culta” y se desgajó para siempre de esa otra llamada “popular”, pero fue mucho antes de que Satie entrara en escena. En algún remoto punto de la historia ya olvidado, la música era toda para todos. Todo lo más, variaba su funcionalidad, desde el mercado a la iglesia, desde el sarao familiar al velorio. Pero tuvo que haber un momento en que la música se recluyó en los teatros, los sagrados auditorios del arte, y un sector de la sociedad la secuestró, poseyéndola y poseyendo a sus lacayos.

No en vano los funcionarios de la música llevan levita aún, hoy en día.

Unos por allá, disfrutando sus fox-trots. Otros por aquí, ensimismados en las sinfonías románticas. Algo tuvo que romperse, alguien tuvo que venir a proponer un acuerdo, un inapropiado matrimonio. Fue a finales del XIX. Una figura inclasificable, incómoda y desleal en todos los campos, se adelantó a los movimientos vanguardistas del XX que, de entre todas sus algaradas fundamentales, dispersaban el imperativo de sacar el arte a la calle. De devolverle la vida.

Eso lo vio Erik Satie ya por los 1880, y los 90. Fue muy tímido, fue paso a paso, tuvo que llegar la guerra y entonces las visiones que albergaba estallaron en inusitadas concordancias con gente veinte, treinta años menor que él (que se llamaban Jean Cocteau, Léonide Massine, Darius Milhaud, Georges Auric, Francis Picabia o Pablo Picasso). Satie, como nuestro infinitamente querido amigo Cocó, amaba la juventud. Su esencia.

Daba lo mismo qué atuendo llevara. Hasta con un enterrador muy compuesto llegaron a compararle. Él llevaba la juventud en el fondo de los ojos chispeantes.

Y, sin embargo, se candidateó varias veces a la Real Academia de Bellas Artes de Francia, porque así era como debía ser: romper el sistema desde dentro. Vanguardia antes de las vanguardias.

Esta noche asistí a la ejecución de una obra de Satie, el ballet Parade. Quince minutos de desfile primordial, fiesta de lo cosmopolita, grito de paz y sensualidad de Francia que, en 1917, vivía asediada por la guerra con Alemania. Pero seguía estrenando ballets y los detentadores del poder político, económico y cultural querían hacer más guerra dentro del teatro. Pretendían usurparles lo suyo.

No fue el único que se tuvo que enfrentar a esta carroñera clase: lo estaban haciendo Stravinsky y algunos otros. Los norteamericanos, sin embargo, tuvieron que tomar el relevo en este desaguisado.

Satie, aliado con un fab-four que quizá no entendía del todo sus pretensiones (escasas) en lo musical, trataba de pervertir el gran arte llenándolo de ritmos del cabaré, de sonidos negroides que nunca antes habían entrado en los sagrados templos del arte. Sí, antes que Stravinsky y que Ravel, ya había incorporado el ragtime a su música.

Desnudó de viejos símbolos, de vana sensiblería, de encallecida emoción la música de su tiempo y produjo algo como Parade. Que no es la única obra –ni la mejor- pero que hoy es mi excusa para dedicarle este rock.

Mientras la orquesta (RTVE, Teatro Monumental, 27 nov. 20 h. Madrid) acometía el Prelude du rideau rouge, enfatizando el vaivén y la cadencia de baile, yo quería levantarme y saltar y vibrar y lanzar un ¡hurra! por tamaña buena nueva: el arte salió de su escondite, la música es para todos, ya no son necesarios ocho años de conservatorio para apreciar una pieza musical, ¡Satie nos hace libres!

Mis esforzados funcionarios de levita llevaron para la ocasión un arsenal de instrumentos percutivos como los que, se cuenta, puso en escena Cocteau para amenizar la partitura: un bombo con bolas de bingo (muy apropiado dado el público), una máquina de escribir, una ¡pistola de fogueo!

Ah. No es así. Nadie gritó hurra. Se estremecieron en sus asientos y aplaudieron debilmente al director –nada que ver con aquella gloriosa befa de esta clase social que hizo Cortázar en Las ménades. Ha pasado casi un siglo desde su estreno. Todo sigue igual. El “gran arte” es sólo para unas pocas señoras con perlas colgando de las orejas larguiruchas y el sempiterno caramelito envuelto en plástico haciendo cric-crac entre los dedos. Satie sigue sin ser entendido. Agarran sus preciosas Gnosiennes o Gymnopédies para ilustrar escenas de películas que deberían desaparecer por ineptas (Elegy, The painted veil), tratando de hacer pasar sus acordes por música romántica: aquello que más detestaba el francés.

Se aplauden sólo las viejas formas. Aquello que no implica mi participación, no más que mi aceptación pasiva. Pero aquí, esto va de rock. No de ESE rock. Va de Frank Zappa. Va de romper la cara a las convenciones. Va de visionarios, como John Cage, el artífice de que algunos, cultos u (o)cultos, podamos apreciar a Satie hoy en día.

Me gustaría poder decir que Le sacre du printemps o Pierrot Lunaire son las obras cumbre de la música del siglo XX. Mi educación musical no da para tanto. Con Parade, tengo algo que está muy cerca del rock, de mi música, de esa que apreciamos sin entenderla: tengo estribillo, cut’n’paste sensual, pastiche estilístico, orquesta sinfónica involucrada en una performance como de los años 60, viejas saltando de sus asientos, pelos erizándose, apareamiento de lo elevado y lo popular como debe hacerse en las mejores familias. Como de hecho se hace en mi familia. Y aquí, donde mi corazón no entiende de etiquetas y adora en lo más profundo a Erik Satie.

Me olvidaba: un regalo que se llama Parade (sólo el preludio).

22.11.2008

Se hace saber

por carolinkfingers


Que hoy mismo a las 15:30 estará la voz de estas letras participando en una mesa redonda, en directo, en Radio Nacional de España, dentro del programa Tertulia y como parte de la programación especial que desarrolla durante todo el día Radio 2 / Radio Clásica, para celebrar la festividad de Santa Cecilia (besitos a todas) y el día en que la música debería ocupar los oídos de todos los ciudadanos sin dar nada a cambio. Voy a estar allí hablando de Doce Notas, de cuya web me ocupo hace diez meses.

Con esto hace algo así como diez años que no me acerco a un estudio de a-radio.

21.11.2008

Los días 20

por carolinkfingers

Los días 20 de cada mes son mis días malos. Tengo que entregar una crónica de 1500 caracteres acerca de un libro que, habitualmente, he bebido. Tengo que ser buena con él. Hablar de aquello que me pareció rescatable, válido. Pero lo que yo quiero es exprimir mis sentimientos acerca del libro en cuestión. Diseccionarlo. Contar qué me quedo, de verdad, de él, qué me vale para mi propia aventura.
Los relatos fluyen. O el último relato fluyó. Por algo se llama Humo. Me senté a escribirlo con dos sentencias en la pizarra (“los besos”, “todo es forma”) y salió casi de sopetón. No me planteé mayores rigores. Sólo lo dejé fluir. Ya son más o menos 113 páginas.
Casi diría que he aprendido algo del libro que estaba leyendo.
Ya diré cuál es. Lo que ahora mismo quiero no se llama literatura.

17.11.2008

Melancología 1: contra la tristeza

por carolinkfingers

Babelia 885. 8/11/2008 o de cómo el otoño hace publicar cosas muy raras.


Me dijeron que el tal suplemento de hace ocho días –presto oídos constantes a muy pocas cosas, así me va- estaba dedicado a la melancolía y me alegré. Que esto suene contradictorio es mi objetivo. Más tarde, cuando lo tuve en mis manos, me sumí en la melancolía, porque estaba dedicado de una manera muy tibia a algo llamado “tristeza”. “Bienvenida tristeza”: la palabra “melancolía”, que no debe ser tomada como sinónimo de ésta y donde nuestros especuladores de la cultura deberían tener una más frecuente morada, aparece en la portada, en un subtítulo aclaratorio, y se lee muy pocas veces más, en razón de una por dos más o menos.

No le hago ascos. Me enredo en el artículo central y los despieces. Ramón Reboiras firma el primero de ellos, “Oleada de tristeza”. Su oportunismo no puede ser más ramplón ni peor sufragado. El texto de tres páginas parece girar en torno a la premisa “el otoño del 2008 viene cargado de obras que invitan a sumirse en la pena”. Que el otoño se preste a solazarse con piezas directamente recogidas del árbol de la sabiduría –origen de la melancolía- es un lugar común, el peor de todos.

Pero como hija de Saturno, feliz de poder contemplarlo a un par de palmos de Venus en las tardes luminosas de este fantasioso otoño, he de llegar hasta el final. Que ESTE otoño en particular venga cargado de obras que se nutren de pesadumbre, de negritud o abatimiento, es definitivamente moda crítica. El artículo pretende trazar unas ondas iso-anímicas entre ciertos productos de nuestra cultura reciente –pero echa manos de asuntos que nacieron hace algunas temporadas o que aún están por venir- y, traído con los ejemplos que está traído, el argumentario es absolutamente gratuito.

Porque: que el lado tenebroso inspire obras, ¿qué significa? La tristeza “acaba de desembarcar en la cultura”, se puede leer. Por dios, obras amalgamadas con esos materiales las ha habido desde que el hombre es hombre y no se trata de moda. ¿Lo nuevo es, pues, que el mercado prefiere a los corta-venas? ¿Que la “tristeza como actitud” está ocupando los ámbitos destinados a trabajos de liviandad orgiástica y escaso peso metafísico? ¿Que de pronto todo consumidor ha descubierto al gótico autoflagelador que lleva dentro?

Pues no va por ahí. Éste no es un otoño más negro, culturalmente, porque lo son todos los otoños. Sólo hay que estar atentos. Hacer coincidir el inicio de la argumentación con el suicidio lamentable de D. F. Wallace –y no para de hablar de suicidas, como si eso refrendase alguna de estas estupideces- no es sino un desafortunado desatino. Juntar en un mismo párrafo a Carla Bruni y a Sylvia Plath, otro.

Que los materiales de que se nutren estas supuestas obras tristes –habrá que creerle acerca de Los abrazos rotos o la película de Arriaga, The burning plan, pero me da que no va a ser más conmovedora que un galipo de pavo- sean el lado más turbio de la experiencia humana es simplemente lo que debe ser, porque cualquier creador medianamente consecuente ha de abominar de las disneylandias para alcanzar cierto éxtasis.

Puedo creerme la profundidad del último Murakami, pero aún me resisto a admitir la ciénaga en el último Auster (habrá que leerlo), quien suele dejar el pesar y la alegría fuera de las manos de los hombres y mujeres que pueblan sus historias. ¿Björk? Sí, se aleja de las fórmulas del pop con cada álbum, no necesariamente hacia lo hondo. ¿Nick Cave? Viene usando los mismos materiales desde hace casi treinta años. ¿Sigur Ros? ¡Pero si Með Suð Í Eyrum Við Spilum Endalaust es el disco más luminoso que han parido los islandeses en toda su carrera! Ah, pero, entonces, quizá el hilo conductor del artículo era el de atrapar obras “difíciles” por poco obvias…

La tristeza no es forjadora de nada, y como todo estado de ánimo, más bien malogra la creación. Pasa con este artículo que le faltó coherencia, pero sobre todo valentía. Lo que está debajo de las obras de arte es la melancolía, y básicamente está debajo de todo, en todas las vajillas descascarilladas, dentro de todos los jerseys baratos llenos de bolitas a la segunda puesta o por encima de cada emprendimiento humano. Emocionar es tarea fácil, se consigue con un buen caldo de pollo. Esther Ferrer nos lo dijo, a los asistentes a su última performance madrileña, privilegio de unos cuantos que asistíamos a un curso en el Goethe Institut hace pocas semanas. Lo verdaderamente complicado es invitar a la reflexión y a la procreación de obras, eso es otro cantar.

La tristeza, si de ella se quiere hablar, está en obras tan supuestamente alegres como el “Regreso al Futuro 4” de Muchachada Nuí.

Y, sí, podemos gozar así de bien de listas muy negras…Pero no de esta lista, desde luego. La verdadera tristeza tiene otro nombre. Bonjour tristesse bien podría haberse llamado “despertar a la melancolía”. Y aquello de “Tristessa nao te fim” es completamente cierto, sólo que esa tristeza perenne es otra cosa. El libro, Melancolía, de L. Földényi se ha reeditado este otoño en Galaxia Gutenberg y no se menciona. Plath murió hace muchos años y la legión de admiradores no deja de crecer. ¿Qué pasa con Portishead, que firman el álbum más terminal del año, lleno de clicks rotos, de samples estropeados, de anorgasmia cualitativa? El caballero andante Avishai Cohen cantando Alfonsina y el mar, eso lo resume todo. Y Rembrandt, sí, sí es triste, pero sobre todo melancólico, de principio al fin. Los ojos de esa mujer central en Sansón y la boda hablan por sí mismos: ¿nunca te sentiste como ella en medio de una multitud regocijante y quisiste ametrallarlos a todos o bien administrarte una sobredosis que detuviera para siempre la facultad de sentir?

La tristeza no es arte, más allá de que sepamos nutrirnos de las experiencias que proporciona. La melancolía fecunda el arte y está agazapada en todo, pero mucho, mucho más allá. Sin embargo, no tiene buena prensa y se trataba de seguir alabando las liviandades orgiásticas, un poco más teñidas de negro esta vez (¿Tim Burton? ¡Ay! Valiente hubiese sido anotar una obra realmente dolorosa, quizá demasiado, como Tideland de Gilliam). No me como aquello que se escribe con “lágrimas de rimel”, prefiero El ardor de la sangre que corre debajo de todo esto. Lo demás es pose y estrategia.

12.11.2008

106 páginas

por carolinkfingers

Si intento releerlo todo, me voy a vomitar al lavabo.

Voy a por el noveno.

06.11.2008

Melancolía (reseña)

por carolinkfingers

//Este libro vino a dar color profundo a este otoño de la crisis y de las esperanzas infundadas//

“Melancolía”
László F. Földényi
Galaxia Gutenberg


Tenemos dos tipos de compradores potenciales para este libro: los que “adoran” el grabado de Durero y los que se sienten identificados con la palabra que le da título. A los primeros, el libro les defraudará. A aquellos que agarren el término cada vez que se les muere un canario o se levantan con resaca, también. Porque la melancolía es algo bien distinto de la tristeza, tanto como lo es del hastío, aunque participa de los dos. El concepto, en nuestra época, está teñido de un deje pusilánime, incluso mojigato, y si te atreves a llamarte a ti mismo melancólico atente a las consideraciones de posero que te aguardan. Pero el mal está ahí, desde muy antiguo. Para el autor, la historia parte con los griegos, que acuñaron la palabra tal como nos ha llegado, y con un exhaustivo, bello y erudito ensayo recorre las acepciones del término, los famosos afectados, los efectos de la melancolía en el arte, la música, la filosofía y, aún más importante, el desastroso encaje del fenómeno en las sociedades de cada época. Porque el melancólico es un ser que difunde su propia enfermedad en todos los órdenes, simplemente cuestionándose la buena marcha de las cosas, recordándonos la presencia de la muerte en cada espúreo acto de la vida. Es un libro que, de tan erudito, resulta incontestable. Y su amplísima colección de apuntes, reflexiones, análisis de la pintura o textos reseñados persigue un único fin: situar la melancolía como forjadora de algunas de las más importantes páginas de la cultura.

//Publicada en Go Magazine, noviembre 2008//

24.10.2008

Formato familiar II

por carolinkfingers

Los cuentos son hijos. Me cuesta parirlos. Indeciblemente me cuesta. Llevo semanas atascada. Tengo un problema de constancia tanto como lo tengo de forma. Me enferma la forma. Pero es un cuento sobre la forma. No obedezco a planes premeditados, todo va cuadrando. Formato familiar es algo con lo que no había contado. Si pongo aquí los primeros párrafos es para decir-me que esto sí se parece a lo que deseo. Página y media de las veinte que ha de tener:

//
Después de tanto tiempo, alguien ha vuelto a llamarme “bilioso”. La vecina, con su pelo teñido de rojo y sus pantalones de pitillo, me ha arrojado un escupo y la palabra. Me he dado la vuelta, tumbado como estaba, con la bragueta medio abierta, y he recordado a Alicia, mi mujer. A la que solía ser mi mujer, la que ya es solamente Alicia. La pelirroja ha escupido la palabra como un viejo chicle masticado. Mi mujer –Alicia- me lo decía con amor, con lo que solíamos llamar amor. Y “bilioso” me ha despertado las ganas de formatear este desbarajuste en que vivimos, las ganas de reventar a alguna comadre por todos sus orificios y las ganas de rapear. Ni por asomo sabe esa desmigajada qué guarda dentro de sí ese exabrupto cariñosiento. Algo insultante, se imaginará. Sólo porque le recordé que hace dos semanas me pidió prestados unos huevos, o porque me negué en redondo a moverme de mi butaca de jardín para ayudarle a entrar en su casa el contrabando que consigue vendiendo trozos de su ajuar, o porque simplemente no me he movido ni un centímetro para mirar su culo embutido en lycra. Allá ella, allá todos vosotros. Que las basuras de cada hombre, cada mujer, viajen por separado. Éste es el mundo que nos hemos ganado. Malditas las ganas. Ésta es del tipo que espera, aún, eso que se entendía por galantería por parte de todo aquel que lleve pantalones. Igual antes, flaca, quizás antes… Si todavía salgo a la puerta de casa con la dichosa prenda en su sitio no quiere decir que me parezca conveniente mantener una sola de las pautas del viejo civismo. Ha muerto, esa palabra, como otros dos millares. Y ésa, ahora, es la gran diferencia: el mundo se ha vuelto mucho más acotado, a costa de cargarnos el diccionario. Todos contribuimos a hacerlo sucumbir.
Os presento a la “culta”, Carmina, elegantísima, curtidísima ex señora de un corredor de bolsa. Se divierte arrojando pedazos de inocuo sentido a la cara de las adversidades sin la más mínima conciencia. Se las arregla para tener siempre comida. Empapa las entrepiernas de cuantos se la cruzan porque, a pesar de todo, aún tenemos entrepierna. La vecina es otra más, ciega y sorda, que vive en la creencia de que pasamos por una crisis de orden económico, que está sufriendo en sus carnes apreturas pero aparenta indiferencia. Y vendrán, se dice Carmina, tarde o temprano, para arreglar esto. Quién tenga que venir, nadie sabe. Mientras tanto, se salvan. Ay, tontitos, es mucho más que eso. Todo lo que antes conocíamos como mundo está desapareciendo, y el principal síntoma de todos es que nos estamos quedando sin palabras. Es un reajuste, un punto y aparte, la pausa necesaria de la confusión y el despilfarro, en aras de reordenar las cosas y nuestra relación con las cosas. No espero que nadie le encuentre sentido, habéis vivido demasiado tiempo en la oscuridad y la ignorancia. Pero miren ahora los periódicos, si logran salir dos veces por semana. Reducidos a una plana, un pliego de papel desdoblado en treinta y dos partes es todo lo que son capaces de contarnos. Con eso se resume todo, no hay más. Y no, no es que no haya papel, es que no nos quedan palabras. Cuanto antes lo entendáis, mejor para todos.
//
Es el octavo relato de Monstruos.

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