Carolink Fingers
21.11.2008

Los días 20

por carolinkfingers

Los días 20 de cada mes son mis días malos. Tengo que entregar una crónica de 1500 caracteres acerca de un libro que, habitualmente, he bebido. Tengo que ser buena con él. Hablar de aquello que me pareció rescatable, válido. Pero lo que yo quiero es exprimir mis sentimientos acerca del libro en cuestión. Diseccionarlo. Contar qué me quedo, de verdad, de él, qué me vale para mi propia aventura.
Los relatos fluyen. O el último relato fluyó. Por algo se llama Humo. Me senté a escribirlo con dos sentencias en la pizarra (“los besos”, “todo es forma”) y salió casi de sopetón. No me planteé mayores rigores. Sólo lo dejé fluir. Ya son más o menos 113 páginas.
Casi diría que he aprendido algo del libro que estaba leyendo.
Ya diré cuál es. Lo que ahora mismo quiero no se llama literatura.

17.11.2008

Melancología 1: contra la tristeza

por carolinkfingers

Babelia 885. 8/11/2008 o de cómo el otoño hace publicar cosas muy raras.


Me dijeron que el tal suplemento de hace ocho días –presto oídos constantes a muy pocas cosas, así me va- estaba dedicado a la melancolía y me alegré. Que esto suene contradictorio es mi objetivo. Más tarde, cuando lo tuve en mis manos, me sumí en la melancolía, porque estaba dedicado de una manera muy tibia a algo llamado “tristeza”. “Bienvenida tristeza”: la palabra “melancolía”, que no debe ser tomada como sinónimo de ésta y donde nuestros especuladores de la cultura deberían tener una más frecuente morada, aparece en la portada, en un subtítulo aclaratorio, y se lee muy pocas veces más, en razón de una por dos más o menos.

No le hago ascos. Me enredo en el artículo central y los despieces. Ramón Reboiras firma el primero de ellos, “Oleada de tristeza”. Su oportunismo no puede ser más ramplón ni peor sufragado. El texto de tres páginas parece girar en torno a la premisa “el otoño del 2008 viene cargado de obras que invitan a sumirse en la pena”. Que el otoño se preste a solazarse con piezas directamente recogidas del árbol de la sabiduría –origen de la melancolía- es un lugar común, el peor de todos.

Pero como hija de Saturno, feliz de poder contemplarlo a un par de palmos de Venus en las tardes luminosas de este fantasioso otoño, he de llegar hasta el final. Que ESTE otoño en particular venga cargado de obras que se nutren de pesadumbre, de negritud o abatimiento, es definitivamente moda crítica. El artículo pretende trazar unas ondas iso-anímicas entre ciertos productos de nuestra cultura reciente –pero echa manos de asuntos que nacieron hace algunas temporadas o que aún están por venir- y, traído con los ejemplos que está traído, el argumentario es absolutamente gratuito.

Porque: que el lado tenebroso inspire obras, ¿qué significa? La tristeza “acaba de desembarcar en la cultura”, se puede leer. Por dios, obras amalgamadas con esos materiales las ha habido desde que el hombre es hombre y no se trata de moda. ¿Lo nuevo es, pues, que el mercado prefiere a los corta-venas? ¿Que la “tristeza como actitud” está ocupando los ámbitos destinados a trabajos de liviandad orgiástica y escaso peso metafísico? ¿Que de pronto todo consumidor ha descubierto al gótico autoflagelador que lleva dentro?

Pues no va por ahí. Éste no es un otoño más negro, culturalmente, porque lo son todos los otoños. Sólo hay que estar atentos. Hacer coincidir el inicio de la argumentación con el suicidio lamentable de D. F. Wallace –y no para de hablar de suicidas, como si eso refrendase alguna de estas estupideces- no es sino un desafortunado desatino. Juntar en un mismo párrafo a Carla Bruni y a Sylvia Plath, otro.

Que los materiales de que se nutren estas supuestas obras tristes –habrá que creerle acerca de Los abrazos rotos o la película de Arriaga, The burning plan, pero me da que no va a ser más conmovedora que un galipo de pavo- sean el lado más turbio de la experiencia humana es simplemente lo que debe ser, porque cualquier creador medianamente consecuente ha de abominar de las disneylandias para alcanzar cierto éxtasis.

Puedo creerme la profundidad del último Murakami, pero aún me resisto a admitir la ciénaga en el último Auster (habrá que leerlo), quien suele dejar el pesar y la alegría fuera de las manos de los hombres y mujeres que pueblan sus historias. ¿Björk? Sí, se aleja de las fórmulas del pop con cada álbum, no necesariamente hacia lo hondo. ¿Nick Cave? Viene usando los mismos materiales desde hace casi treinta años. ¿Sigur Ros? ¡Pero si Með Suð Í Eyrum Við Spilum Endalaust es el disco más luminoso que han parido los islandeses en toda su carrera! Ah, pero, entonces, quizá el hilo conductor del artículo era el de atrapar obras “difíciles” por poco obvias…

La tristeza no es forjadora de nada, y como todo estado de ánimo, más bien malogra la creación. Pasa con este artículo que le faltó coherencia, pero sobre todo valentía. Lo que está debajo de las obras de arte es la melancolía, y básicamente está debajo de todo, en todas las vajillas descascarilladas, dentro de todos los jerseys baratos llenos de bolitas a la segunda puesta o por encima de cada emprendimiento humano. Emocionar es tarea fácil, se consigue con un buen caldo de pollo. Esther Ferrer nos lo dijo, a los asistentes a su última performance madrileña, privilegio de unos cuantos que asistíamos a un curso en el Goethe Institut hace pocas semanas. Lo verdaderamente complicado es invitar a la reflexión y a la procreación de obras, eso es otro cantar.

La tristeza, si de ella se quiere hablar, está en obras tan supuestamente alegres como el “Regreso al Futuro 4” de Muchachada Nuí.

Y, sí, podemos gozar así de bien de listas muy negras…Pero no de esta lista, desde luego. La verdadera tristeza tiene otro nombre. Bonjour tristesse bien podría haberse llamado “despertar a la melancolía”. Y aquello de “Tristessa nao te fim” es completamente cierto, sólo que esa tristeza perenne es otra cosa. El libro, Melancolía, de L. Földényi se ha reeditado este otoño en Galaxia Gutenberg y no se menciona. Plath murió hace muchos años y la legión de admiradores no deja de crecer. ¿Qué pasa con Portishead, que firman el álbum más terminal del año, lleno de clicks rotos, de samples estropeados, de anorgasmia cualitativa? El caballero andante Avishai Cohen cantando Alfonsina y el mar, eso lo resume todo. Y Rembrandt, sí, sí es triste, pero sobre todo melancólico, de principio al fin. Los ojos de esa mujer central en Sansón y la boda hablan por sí mismos: ¿nunca te sentiste como ella en medio de una multitud regocijante y quisiste ametrallarlos a todos o bien administrarte una sobredosis que detuviera para siempre la facultad de sentir?

La tristeza no es arte, más allá de que sepamos nutrirnos de las experiencias que proporciona. La melancolía fecunda el arte y está agazapada en todo, pero mucho, mucho más allá. Sin embargo, no tiene buena prensa y se trataba de seguir alabando las liviandades orgiásticas, un poco más teñidas de negro esta vez (¿Tim Burton? ¡Ay! Valiente hubiese sido anotar una obra realmente dolorosa, quizá demasiado, como Tideland de Gilliam). No me como aquello que se escribe con “lágrimas de rimel”, prefiero El ardor de la sangre que corre debajo de todo esto. Lo demás es pose y estrategia.

12.11.2008

106 páginas

por carolinkfingers

Si intento releerlo todo, me voy a vomitar al lavabo.

Voy a por el noveno.

06.11.2008

Melancolía (reseña)

por carolinkfingers

//Este libro vino a dar color profundo a este otoño de la crisis y de las esperanzas infundadas//

“Melancolía”
László F. Földényi
Galaxia Gutenberg


Tenemos dos tipos de compradores potenciales para este libro: los que “adoran” el grabado de Durero y los que se sienten identificados con la palabra que le da título. A los primeros, el libro les defraudará. A aquellos que agarren el término cada vez que se les muere un canario o se levantan con resaca, también. Porque la melancolía es algo bien distinto de la tristeza, tanto como lo es del hastío, aunque participa de los dos. El concepto, en nuestra época, está teñido de un deje pusilánime, incluso mojigato, y si te atreves a llamarte a ti mismo melancólico atente a las consideraciones de posero que te aguardan. Pero el mal está ahí, desde muy antiguo. Para el autor, la historia parte con los griegos, que acuñaron la palabra tal como nos ha llegado, y con un exhaustivo, bello y erudito ensayo recorre las acepciones del término, los famosos afectados, los efectos de la melancolía en el arte, la música, la filosofía y, aún más importante, el desastroso encaje del fenómeno en las sociedades de cada época. Porque el melancólico es un ser que difunde su propia enfermedad en todos los órdenes, simplemente cuestionándose la buena marcha de las cosas, recordándonos la presencia de la muerte en cada espúreo acto de la vida. Es un libro que, de tan erudito, resulta incontestable. Y su amplísima colección de apuntes, reflexiones, análisis de la pintura o textos reseñados persigue un único fin: situar la melancolía como forjadora de algunas de las más importantes páginas de la cultura.

//Publicada en Go Magazine, noviembre 2008//

24.10.2008

Formato familiar II

por carolinkfingers

Los cuentos son hijos. Me cuesta parirlos. Indeciblemente me cuesta. Llevo semanas atascada. Tengo un problema de constancia tanto como lo tengo de forma. Me enferma la forma. Pero es un cuento sobre la forma. No obedezco a planes premeditados, todo va cuadrando. Formato familiar es algo con lo que no había contado. Si pongo aquí los primeros párrafos es para decir-me que esto sí se parece a lo que deseo. Página y media de las veinte que ha de tener:

//
Después de tanto tiempo, alguien ha vuelto a llamarme “bilioso”. La vecina, con su pelo teñido de rojo y sus pantalones de pitillo, me ha arrojado un escupo y la palabra. Me he dado la vuelta, tumbado como estaba, con la bragueta medio abierta, y he recordado a Alicia, mi mujer. A la que solía ser mi mujer, la que ya es solamente Alicia. La pelirroja ha escupido la palabra como un viejo chicle masticado. Mi mujer –Alicia- me lo decía con amor, con lo que solíamos llamar amor. Y “bilioso” me ha despertado las ganas de formatear este desbarajuste en que vivimos, las ganas de reventar a alguna comadre por todos sus orificios y las ganas de rapear. Ni por asomo sabe esa desmigajada qué guarda dentro de sí ese exabrupto cariñosiento. Algo insultante, se imaginará. Sólo porque le recordé que hace dos semanas me pidió prestados unos huevos, o porque me negué en redondo a moverme de mi butaca de jardín para ayudarle a entrar en su casa el contrabando que consigue vendiendo trozos de su ajuar, o porque simplemente no me he movido ni un centímetro para mirar su culo embutido en lycra. Allá ella, allá todos vosotros. Que las basuras de cada hombre, cada mujer, viajen por separado. Éste es el mundo que nos hemos ganado. Malditas las ganas. Ésta es del tipo que espera, aún, eso que se entendía por galantería por parte de todo aquel que lleve pantalones. Igual antes, flaca, quizás antes… Si todavía salgo a la puerta de casa con la dichosa prenda en su sitio no quiere decir que me parezca conveniente mantener una sola de las pautas del viejo civismo. Ha muerto, esa palabra, como otros dos millares. Y ésa, ahora, es la gran diferencia: el mundo se ha vuelto mucho más acotado, a costa de cargarnos el diccionario. Todos contribuimos a hacerlo sucumbir.
Os presento a la “culta”, Carmina, elegantísima, curtidísima ex señora de un corredor de bolsa. Se divierte arrojando pedazos de inocuo sentido a la cara de las adversidades sin la más mínima conciencia. Se las arregla para tener siempre comida. Empapa las entrepiernas de cuantos se la cruzan porque, a pesar de todo, aún tenemos entrepierna. La vecina es otra más, ciega y sorda, que vive en la creencia de que pasamos por una crisis de orden económico, que está sufriendo en sus carnes apreturas pero aparenta indiferencia. Y vendrán, se dice Carmina, tarde o temprano, para arreglar esto. Quién tenga que venir, nadie sabe. Mientras tanto, se salvan. Ay, tontitos, es mucho más que eso. Todo lo que antes conocíamos como mundo está desapareciendo, y el principal síntoma de todos es que nos estamos quedando sin palabras. Es un reajuste, un punto y aparte, la pausa necesaria de la confusión y el despilfarro, en aras de reordenar las cosas y nuestra relación con las cosas. No espero que nadie le encuentre sentido, habéis vivido demasiado tiempo en la oscuridad y la ignorancia. Pero miren ahora los periódicos, si logran salir dos veces por semana. Reducidos a una plana, un pliego de papel desdoblado en treinta y dos partes es todo lo que son capaces de contarnos. Con eso se resume todo, no hay más. Y no, no es que no haya papel, es que no nos quedan palabras. Cuanto antes lo entendáis, mejor para todos.
//
Es el octavo relato de Monstruos.

22.10.2008

Formato familiar

por carolinkfingers

Notas de trabajo (o las últimas tres semanas de improductividad, o Bela Bartók trazando el camino):

– si alcanza, habría de tener 20 páginas
– tintes melancólicos
– la escala de las cosas
– el cambio de las palabras
– narrador – vecina presente – Alicia pasado.

Recomenzar Formato familiar, no es accurate. Tiene que ajustarse a un planteamiento más extremo, más terminal. El personaje locutor ha de tener una entidad más definida, extremar su pulsión lingüística, y evitar ser discursiva, bizarra. Reflexiones sentenciosas.
Vocación pedagógica, pedantería innata, por el camino recorrido y la lucidez adquirida.

Aquí, detrás de este cuento, el jazz -como forma creativa desprovista de moldes -y el rap, como sublimación de la palabra oral.
Una gran crisis, debacle económica, en el fondo del presente narrativo. Una debacle de sentidos.
Incluir más el presente en la situación comunicativa.
Lo que siempre quise decir con este relato es cómo las relaciones se pudren en la cotidianeidad, en la vil rutina. Usar el lenguaje como una metáfora del consumo.
La historia de Alicia es la historia de la vulgaridad en el lenguaje, en el centro de la relación que ha de mantener con el narrador. Paralelamente, la afición a consumir. Más que un paralelo, ha de ser un espejo, un discurrir autónomo y mugriento.

Esta noche tengo que salir del estancamiento y otorgar forma sin forma a Formato familiar.

//
Yo he perdido a la familia. Pero no me la han quitado. La he eliminado. Podéis intentar hacerme creer que soy otra víctima de la crisis. Tengo mi propia explicación para lo que soy ahora. Me vale y me completa. Y el que una fulana de pelo enrojecido artificialmente, en un tiempo en que conseguir leche fresca para el desayuno lleva poco menos que al asesinato, me llame “bilioso” me suscita tanta emoción como masturbarme parsimoniosamente en la ducha sin agua caliente. A vosotros os están quitando la realidad, yo me la estoy ganando.
//

19.10.2008

El hospital de la transfiguración

por carolinkfingers

“El hospital de la transfiguración”
Stanisław Lem
Impedimenta

¿Qué peor cosa te puede pasar cuando eres un jovenzuelo recién licenciado de Medicina que ser polaco en el año de la invasión alemana? Quizá el destino de escritor de Stanisław Lem se escribió entonces, cuando se apercibió de que nada podría hacer como médico en ese contexto. Así nació “El hospital de la transfiguración”, una primera novela que habla de él sin hablar de él. Lem pone en juego a Stefan, un muchacho apocado y pusilánime, que apenas sabe cómo enfrentarse a un funeral entre familiares, para convertirlo –progresivamente- en un médico que se come el mundo con curiosidad y decisión, que transforma y se deja transformar por las circunstancias en que se ve envuelto: un hospital psiquiátrico como metáfora de toda la nación polaca en desintegración. Unos colegas médicos, a cual más desesperado y neurótico. Un poeta-loco en demostración permanente de la lucidez y la vergüenza del intelectual. Y, claro, la invasión nazi que, irremediablemente, llega hasta ocuparlo todo. Si puede parecer, bajo la mirada poco atenta, que aún está lejos de eclosionar el Lem-escritor-de-ciencia-ficción, aquí está, gigante, el Lem-divulgador de la ciencia dentro de la literatura, un intelectual concienzudo con la materia que trata, arrojando luz de puro sufrimiento en las zonas más temibles de la conciencia. Pasajes de colección hay aquí para regalar: me quedo con la infortunada operación de cerebro en el quirófano semiclandestino del hospital, una de las escenas más terroríficas que se hayan puesto en papel.

//Publicada en Go Magazine octubre 2008. Para los lem-maníacos, aviso que ya hay otro Lem calentito en los mostradores, Vacío Perfecto, a cargo de Impedimenta nuevamente.//

14.10.2008

Vicio. Placer.

por carolinkfingers

Para ti, siempre.

Vicio. Desayunar aquí, sola. Rodearme de otros solitarios, de otros huyendo, de otros que fuman sus cafés y toman sus cigarrillos.
Placer. Estrenar otro moleskine. Rasgar su virginidad. Tener ganas de escribir a las 9:45 am y a las 11:01 pm.
Vicio. Disfrutar de los intervalos de soledad. Disfrutar de los intervalos de compañía, de la fosforescente y multicolor compañía de los que son parte de mí.
Placer. Cuando accedo a estos raros momentos, esto es placer. Aunque esté ausente, tan ausente, ser suya.
Placer. Encaminarme a mi trabajo. Que me permite encenderme como un botón de rosa. Apoyarme en él. Ser mejor.
Placer. Asomarme a mirar la luna de octubre desde mi ventana. Cerrar la ventana y abrir un libro cuyo título es Melancolía.
Vicio. Amarle.
Placer. Dejarme amar.
Vicio. Escribir. Pero ya ni eso. Lo que se lleva dentro no se corresponde con los cigarrillos o el buen sexo. Se lleva.

02.10.2008

Gigante entre pigmeos

por carolinkfingers

El libro se llama El marqués y el sodomita y aún no está en las librerías. Por lo pronto, unas biennacidas fotocopias me lo sirven para que pueda acompañarme las siguientes noches y correr hacia la fecha de entrega de una reseña. Escrito por su nieto, es el relato del primer juicio de Oscar Wilde o, mejor dicho, la reunión de los documentos nunca antes publicados con tal exactitud, que relatan cómo Oscar Wilde, queriendo limpiar su honor por una “calumnia” vertida por el padre -marqués de Queensberry- de su famoso amante Bosie, interpuso una querella penal y, tres meses después, era el propio Wilde el que salía con una condena a trabajos forzados y su vida hecha pedazos para siempre.

Mientras todos los diarios londinenses -y algunos extranjeros-, todavía con los juicios en curso, daban a Wilde por culpable y poco menos lo trataban como la inmundicia personificada, un pequeño semanario llamado London Figaro los ponía en su sitio: por asquerosos, por cebarse con vehemencia de perros en un artista procesado enarbolando la bandera de la moralidad. Pero, de la larga cita incluída en la página 35 del libro, me quedo con esto:

Gigante entre pigmeos, el señor Wilde ha sido naturalmente odiado por todas las personas bajas y mezquinas, que intentan aumentar en tamaño e importancia rebajándolo“.

Lo tuve claro. Todos esos que, amparados en el vil anonimato de las comunicaciones digitales, opinan acerca de la cualidad personal o artística del amigo que nos quitaron -hoy sí diré su nombre, Cocó, y Cocó, Cocó, ¡con acento siempre!- ni aumentan en tamaño ni crecen en importancia. Son basura. También esos medios “oficiales” y “serios” que redactaron reseñas tratando a una persona asesinada como, poco más o menos, “culpable” de su muerte. Comemierdas.

A nosotros, sus amigos, más breves o más longevos, no nos quita nadie el privilegio del gigante.

29.09.2008

Ser

por carolinkfingers

Cuando se supone que tengo que responder a algo, me paralizo. Tomo la vía tangente. Cuando cualquiera espera cualquier cosa de mí -y quizá tan sólo yo misma espero-, me escabullo. Quiero escribir sobre ti, para opacar las palabras idiotas que se vierten. Huyo todos los días de hacer propaganda fácil, de colocarme en el ojo de los buscadores de signos. Trato de hacer relevante lo que no es relevante, pero es el aire que yo necesito respirar. Lo que es radicalmente -de raíz- importante. Lo que no tiene parangón. Trabajo a diario con miedo. Porque las palabras son unos seres tan infieles, tan bastardos en las bocas y los dedos inadecuados… La aparente libertad digital nos ha revelado una muy cierta estupidez real.

Quiero escribir sobre ti no porque sienta que yo puedo hacerte justicia o esté capacitada para dar con tu esencia. Cómo podría pretenderlo, si cuando escribo no consigo ni siquiera acercarme a mi propia esencia. Quiero escribir sobre el perseguidor que nos ha sido arrebatado. Y llevo todo el día pensando en ti, en como acercarme a ti sin hacer el ridículo, sin caer en el panegírico vacío, sin coquetear con los géneros periodísticos. Quiero escribir sobre ti sin decir tu nombre, para que nadie encuentre este blog tratando de conocer las circunstancias de tu muerte.

Quiero tocar lo que has sido para mí, yo, que habitualmente vivo de espaldas a los recuerdos. Hoy tú me haces falta. Y digo tocar con todo el conocimiento de causa, quiero ejecutar estos sentimientos como si se tratasen de una sonata transgresora, cariñosa, valiente y radical -de raíz. Aquí delante del teclado-sintetizador-máquina-mediador-lenguaje. Te toco esto para decir cuánto me marcaste en mis años de formación. Cuán falto de prejuicios estabas y cuánto aprendí a ser prejuiciosa contigo. Cómo me empujabas a ser más arriesgada, a olvidarme de las palabras y de sus significados, a ser más coherente. Cómo descubrí esta ciudad de tu mano, y de la de tu hermano.

Pero no, tú no empujabas a los demás; tú habías recorrido un camino propio, sólo dejabas ver a otros que había una cantidad infinita de opciones entre las que definir las señas personales. Te llamábamos la atención, por ser curiosos. No tenías las más mínimas ínfulas de pigmalión. Tu forma era ser. Y perdona que me ponga aristotélica, pero he hallado esta tonta fórmula de nombrarte y me la quedo. En todos estos años en que ya no te rondaba, siempre sabía que tú eras. Si me llegaba cualquier noticia sobre tus nuevos pasos, esos eran los tuyos y no tenían contestación posible. Radicalmente eres. Contigo, cuando sí te rondaba, cuando escuchaba todas tus formulaciones de perseguidor infinito, nunca hube de temer a las cosas no dichas, todo aparecía. Nadie te marcaba el paso, a nadie imitabas salvo la inimitabilidad de los inimitables. No necesitabas una imagen, porque tú eras esa imagen.

Recuerdo tu pelo. Tu pelo negro, morado, rojo, azul. Tu no pelo. Tu mechón. Recuerdo tus encarnaciones y siempre eras tú. Recuerdo palabras y sonidos. Recuerdo que me enseñaste -queriendo o sin querer- a escuchar a Cocteau Twins. Y a My Bloody Valentine. Y a Seefeel. Y a Brian Eno. Y a Autechre. Y a Scanner. Y a Isan. Y a tantos. Sólo hace un rato, mi amado Jorge estaba tocando música de Kraftwerk. Él dice no gustar de tu música, pero estoy segura de que lo hará. Tu radicalidad es mucha. Es la nuestra. Aunque tu coherencia es sólo tuya.

Ser y no parecer. Ninguna necesidad de pontificar. Pero ninguna intención de adular. Tú decías y actuabas. Los demás mirábamos, escuchábamos, atontados. Apenas comprendiendo esos pasos que señalaban un trayecto tan abstracto o ambicioso, difuminado y etéreo como una desobediencia ciega a la geometría, a la perfección, al barro inmundo. No pretendías provocar. Pero lo hacías. La coherencia de todas tus palabras y todos tus actos desfiguraba con un soplo la cara de la idiotez imperante, todos esos que se quedan con el lado “under” del “underground”, todos los que se vuelven estatuas de sal, o se retuercen cual gatos escaldados, ante la maravillosa disparidad de tu estética. Lo tuyo -y te veo ahora en la piscina del hotel, cantando en el oído de los que quisieran escucharte- era ser. Ser, y ser, y no pedir permiso, para ser, no doblegarse jamás, no abandonar nunca la curiosidad ni la actitud cuestionadora, desbrozando las verdades dadas y superponiendo a la grisura un mundo de respuestas propias. Respuestas estéticas, porque sólo mediante la belleza podemos responder. Sólo por la absoluta certeza de la belleza, a ser posible sin lenguaje.

Y, en todo, la generosidad de quien permanentemente busca y encuentra. No dejabas de admirar a los más jóvenes. Así, te acercaste a la pequeña y furiosa generación que representaba el grupo de mi hermana, y a muchos otros: sé que podías reconocer en ellos el entusiasmo y la no profanación de una fuente, la inagotable fuente de la creatividad que reside en la juventud que tú adorabas. No hablo de la edad, sino del concepto más concreto del mundo. Juventud era tu palabra. Era tu actitud. Tú eras eso. Puro ser.

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