La Bambola
01.01.2012

El encuentro

por Cristina Domínguez

A mi padre

«Con el viejo comunista, increíble». Diego Rivera no terminaba de aceptarlo, pero fue en aquel despacho del diario El Popular donde vomitó su orgullo. Al día siguiente aparecería en la página diecinueve. Porfirio Velázquez, redactor jefe, fruncía el ceño. En la ventana, Diego, mirando a lo lejos, en un punto intermedio, ni tan alto, ni tan bajo. No lo entendía. Ni siquiera había pruebas, pero a Rivera le bastaba saber que habían pasado demasiado tiempo juntos. No eran los cuerpos, ni la cama, ni el sudor. A Diego le removía su enorme estómago que una mirada entre León y Frida tuviera más peso que un puñado de piedras en el bolsillo. El asilo político que León Trosky había solicitado en México, empujado por el propio muralista mexicano, se había convertido en un arma de doble filo. La política, Diego, también es amor.


Hacía dos años de aquel primer encuentro en Tampico. Frida era una de esas anfitrionas que parecía que contaba por primera vez lo que tanto conocía. Le gustaba mostrar México, vivirlo, olerlo, sacudirlo, comerlo, bailarlo, treparlo al son de su cojera, y sobre todo vestirse de él. «Es herencia de mi padre. Siempre que venían mis tíos o algunos amigos preparaba rutas con semanas de antelación, les compraba libros y esas postales antiguas del siglo XIX de cómo estaba por entonces la ciudad». León Trosky respiró hondo, Frida movió dos micras su mirada y la dejó en un punto intermedio, ni tan alto, ni tan bajo. Sonrió. La nostalgia era eso. Ni Matilde, ni Adriana, ni la pequeña Cristina. Era ella, la tercera, la que amaba a su padre sobre todas las cosas. Pero sabía que no estaba y que nunca más volvería a estar.

Frida y Guillermo

Guillemo Kahlo no era en realidad mexicano, descendía de una familia judía húngara. Se fue de Alemania, donde vivió hasta la adolescencia, y llegó a Coyoacán para crearse a sí mismo como fotógrafo y como ciudadano comprometido con el Comunismo. Entendía la fotografía como atrapar un instante, como meter pequeñas vidas en cajitas de madera para que con el paso del tiempo alguien las abriera y pudiera contar una historia, la que fue o la que podría haber sido. Estaba obsesionado con el autorretrato. Era una de esas personas que odiaba que la gente disfrutara sin él, por eso tomaba instantáneas de su rostro, para permanecer siempre presente, «para que nunca me eches de menos, Friducha». La otra obsesión era su esposa Matilde. Ella murió en la primavera de 1922, el corazón y la mente de Guillermo no pudieron soportarlo y con una mirada desenfocada a punto de derramarse le dejó a Frida una foto con una nota escrita al dorso:

Frida Kahlo. Fotografía de Guillermo Kahlo dedicada: "Siempre serás mi pequeña Friducha"

Coyoacán, 26 de julio de 1922

Mi pequeña Friducha,

No sé si aceptarás esto, pero no entiendo esta casa sin tu madre. Si sigo más tiempo aquí voy a desaparecer, me haría invisible y no te lo mereces ni tú ni tus hermanas. Eres una mujer fuerte, tengo la esperanza de que en el fondo me comprendas. Eres la única persona que conozco con la misma capacidad de amar que yo. Ten cerca mis retratos, por si ya no vuelvo a veros, así podrás invitarme siempre a las fiestas.

Dejo mi cámara, límpiale el polvo de vez en cuando.

No sé adónde, pero tengo que irme.

Te quiero mucho, Friducha… Os adoro.

Junto al accidente que sufrió de pequeña en el tranvía, éste fue el golpe más duro de su vida.

Los rumores dijeron durante años que Guillermo Kahlo, por aquel entonces fotógrafo de prestigio, había sido visto en Rumanía, Besarabia, ¿quizás Rusia? Nunca llegó ninguna carta. Nunca supieron si mandó alguna. Fin de la historia. Ella, la tercera, la que amaba a su padre sobre todas las cosas, quiso que todo terminara ahí. Cogió aquellos pequeños trozos de vida de la cajita de madera, los rompió y decidió recordarlo así:

Retrato de Don Guillermo Kahlo. Frida Kahlo.

León, Frida y un poco de Natalia

El estalinismo expulsó del Partido Comunista, y más tarde de la URSS, a León Trosky. Finalmente consiguió que el presidente Lázaro Cárdenas lo acogiera hasta las últimas consecuencias en México. Y allí desembocó en 1937 con su gran compañera Natalia Sedova. Según Diego Rivera, eso no fue un impedimento para que existiera esa supuesta relación entre la pintora y el político. Pero sin embargo, Natalia, nunca tuvo celos de Frida. «Deberíamos ir a México, León. Sabes que allí harás tu pequeña gran revolución». Se lo dijo durante muchas veces en los últimos años. León por fin le hizo caso.

Fueron muchos los días que los cuatro camaradas pasaron juntos. Tener en casa a un héroe de la revolución es algo que no mucha gente puede contar. Largas conversaciones hasta la madrugada y demasiado tequila, tanto que, en una de ellas, Diego se quedó durmiendo una buena mona y Natalia no resistió al tercer sorbo. «Me voy a la cama. Aquí os dejo, señores». Besó a Frida en la frente y a él le dijo al oído: «Recuerda cómo te llamas, sé valiente».

León y Frida. Y Guillermo también

– Una vez me comentaste que tu padre era fotógrafo.
– Sólo conservo su equipo de fotografía. Ya sabes, se fue porque no quería volverse invisible…
– ¿Cómo?
– Nada, déjalo. Ni siquiera quiero hablar de eso ahora. ¿Quieres ver su cámara?

Frida destapó aquellas máquinas, descorrió la sábana del vacío, tosió y se rascó la nariz.

– A lo mejor no hace falta que me lo expliques. Espero que, aun así, le hayas limpiado el polvo de vez en cuando.

Frida sintió un pellizco detrás de cuello y un escalofrío empezó a viajar por toda su espina dorsal. La boca entreabierta, retrocedió algunos pasos. Se para. Lo mira. «Respóndeme, ¿quién soy yo?». Guillermo, sin saber adónde miraba, quizás en un punto intermedio, ni tan alto, ni tan bajo, susurra: «Mi Friducha».

No debería haber salido el sol aquel día. Había demasiadas cosas de las que hablar y toda una vida que perdonar. Tras la Revolución Rusa el nuevo destino de Guillermo o León fue la recién instaurada Unión Soviética. Decidió cobijarse en la política, quiso empezar desde cero. Nuevo país, nuevo trabajo, nueva identidad y cada vez más poder. Ahora León o Guillermo temía por su vida, Grigori Zinóviev, Lev Kámenev y Stalin habían hecho ver al régimen que era un traidor. Lo único que le quedaba ya era huir.

Pasó los últimos meses con su hija Frida, los dos guardaron el secreto. Ella vivió adorándolo y tomó varios recuerdos para llenar aquella cajita de madera que años atrás vació.

Guillermo Kahlo, de vuelta en México, con su cámara fotográfica.

Diego ni siquiera le preguntó a Frida qué había entre ella y «el viejo comunista», tampoco habló con Natalia. Rompió la relación política con “Trosky” y días más tarde El popular lanzó la noticia que Frida supo lidiar desde la ironía y la justicia poética. Guillermo y Natalia cambiaron de residencia y se mudaron cerca de la casa azul, en la Calle de Viena. Su fin empezó a aparecer cuando atentaron contra él, a principios de 1940. Resistió, pero el 20 de agosto de 1940 Guillermo Kahlo, fotógrafo y político revolucionario del comunismo, fue asesinado.

Catorce años después, en el funeral de Frida, Natalia Sedova mira a un punto intermedio, ni tan alto, ni tan bajo y se acerca a Diego: «Hay una historia que quiero contarte»

Esta es mi contribución a la celebración del día del Dominio Público en la blogosfera de ZEMOS98, hemos querido programar un post porque hoy, 1 de enero, entran al Dominio Público en España la obra de multitud de autores y autoras de diversos tipos. Yo he querido ficcionar una historia entre León Trosky y Guillermo Kahlo, ya que ambos forman parte de la larga lista de autores en dominio público. Con estos posts colectivos hacemos nuestra pequeña fiesta particular al mismo tiempo que reivindicamos el acceso a la cultura como derecho fundamental.

————————————–

*Nota: Las dos fotografías usadas en este relato son montajes. Éstas son las fotografías originales de Guillermo Kahlo.

6

comentarios

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6 - Cristina Domínguez 20.04.2012 - 11:35

Muchísimas gracias!

5 - Clan Calles 17.04.2012 - 16:39

Que bonito escribes.
Ame todas y cada una de las letras que me hicieron imaginar la historia tal cual.

4 - Pedro Jiménez 04.01.2012 - 19:48

Me ha encantado bambolucha! Queremos más literatura de esta, de salón de té remezclado. Sí que sí!

3 - Cristina Domínguez 03.01.2012 - 10:27

Gracias amigas, camaradas y poetas. Os quiero

2 - atemporal 03.01.2012 - 0:41

Cristina, qué lágrimas me caen por la mejilla con este encuentro, qué bonita forma de acecarme a esta parte de la no-biografía de Frida que no conocía… sencillamente bello.

Gracias por este regalo.

1 - preescolar 01.01.2012 - 20:45

Qué bonito lo has hecho, Friducha. La frase “La política, Diego, también es amor” es redonda. Tan sencilla y fulminante…

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