Carolink Fingers
15.11.2007

Fabular duele

por carolinkfingers

Me encuentro, toda esta semana, viendo una docena larga de cortometrajes diarios, servidos en cómodas salas oscuras y calentitas a cargo de Alcine 37. Con más cosas en la cabeza de las que quisiera, dejarme mecer por historias ajenas, en fluida sucesión, es una excelente forma de desembarazarme del exceso de carga mental. Allí, tranquila, segura, pensaba qué gratificante es dejarse conducir por los relatos de otros…

Producirlos es otra cosa. Porque -posiblemente no sepa hacerlo mejor- hace rato que intento volver al hábito de la fabulación, y no me está saliendo. No es que no salga, es que cuesta mucho. Entonces, chocamos con un poco de incapacidad y otro poco de pereza. Es un problema de concentración, de dolor. Hay algo tan complejo en levantar una historia, que hace daño. Que esto apeste a fraudulenta bohemia y tópico de pose creativa no le quita verdad. Pero lo peor viene cuando consigo escribir.

12.11.2007

El aliento del cielo (reseña)

por carolinkfingers

Publicada en Go Magazine (noviembre 2007)
«El aliento del cielo»
Carson McCullers
Seix Barral

Capote, O’Connor… Ahora es el turno de McCullers. La narrativa breve, maltratada y desperdigada, de autores más conocidos por sus novelas, llega al cabo a nosotros. En este caso, aderezada por la asistencia (inteligente y comedida, con los datos y la emoción justos) de las notas de Rodrigo Fresán. “El aliento del cielo” pone en evidencia los motivos por los que McCullers ha de ser considerada, a expensas de otros brillantísimos narradores de su generación, la fundadora de una nueva sensibilidad, una muy moderna, poco radiante y nada sentimental(oide), a pesar de haberse dedicado enconadamente a la literatura de los sentimientos, los afectos y las complejas relaciones humanas. McCullers es una narradora de potente mano que, a través de estos relatos (confeccionados algunos con edades que harían sonrojar a cualquier aspirante a revelación literaria), elevó al “disminuido” emocional a la categoría de héroe literario: sus personajes, estrafalarios o no, tienen la papeleta de sortear situaciones idiotas, miserables o ridículas, con lo mejor de ellos mismos. En McCullers se expresa esa sensibilidad, que deja atrás el lugar común y el arreglo floral, donde ya no hay vuelta atrás en la consideración de todo ser humano como un ser literario digno; donde se halla la belleza en lo más mezquino; donde se gestionan, sin sonrojos ni vanos tapujos, las miserias humanas en sus múltiples variantes. Y, en el centro de todo, la prosa: esa prosa, por sí sola, debería bastar para hacernos mejores.

08.11.2007

Batir la marca

por carolinkfingers

Este mes (noviembre, número 22), aparece en Calle 20 un reportaje titulado «Batir la marca» (el título, tengo que decir, no se lo he puesto yo), firmado por mí y del cual estoy orgullosísima. El parto fue, empero, difícil. La propuesta surgió hace más de un año (en una visita a Barcelona, en casa de mi amiga Rocío, artista maravillosa, y peripateando las galerías del Borne, donde saltaron a mis manos las chapas de Agente Morillas). Eso hace que dé más gustito haber llevado a cabo el proyecto, en una forma muy cercana a lo que se pretendía. Se centra en el trabajo de cinco ilustradores-dibujantes que, como fórmula de profesionalización, se venden a sí mismos, bajo su propia marca. Los riesgos, las dificultades y las ventajas, los estímulos y los premios. Sus egos y alteregos son: El Perro Vuela/Rocío Macías, She Rules/Patricia, Agente Morillas/Mamen Morillas, Malota/Mar Hernández y HolaPorQué/Eduardo y Ana.

Son cinco, no al azar, pero no es un artículo totalizador. Representan diferentes formas de trabajo y están en momentos distintos de la escalada a la visibilidad. Pero todos merecen la pena muchísimo, y se van a cotizar una jartá en poco tiempo. Ya veréis.

Batir la marca en Calle 20

05.11.2007

Como el musguito en la piedra

por carolinkfingers

Me autocito: «Aunque suene chocante, cuando se ha escuchado a la poetisa popular de Chile, se intuye esa conexión lírica que va desde Violeta Parra hasta Daniel Riveros, una poética del intervalo, de hueco sin rellenar, de espacio de incertidumbre y pena». Se trataba de hablar de Gepe, pero no hay Gepe sin Violeta, sin melancolía, sin gap. Es un discurso que elaboro hace tiempo, pero a un nivel muy interior; espero lograr compartir esa subespecie del sentimiento. Hay mucho más, empero.

Gepe – Como el musguito en la piedra – RdL 256. Aunque hace varios días que salió la revista, yo no la he visto hasta hoy. Con celo de promiscua y orgullo de paridora, anuncio: el artículo al que dio lugar esta entrevista ha visto la luz este mes en la revista Rock de Lux.

Como el musguito en la piedra

05.11.2007

Tres o cuatro cosas

por carolinkfingers

Tomé el tren y el llanto de mi madre…
Lisandro Aristimuño

Miro y vuelvo a mirar al Sur. A mi Cono Sur. El vivido y el imaginado, porque cuatro años no son nada. Posiblemente, ese Sur esté más en mí cuanto más tiempo paso lejos. Esta semana tengo que encontrarme por un rato con Lisandro Aristimuño, músico argentino al que conocí gracias a seretuaccidente.

Músico cuya música se me ha colado despacito y a la chita callando (como me gustan a mí las cosas), del que me gustan tres o cuatro cosas: me gusta su juventud; me gusta su falta de respeto por la tradición; me gusta su inclinación al folclore y su reinvención desacomplejada de formas usadas y gastadas; me gusta la humildad con la que escribe; me gusta la inventiva melódica presente en sus canciones; me gusta la cantidad de palabras plásticas, acuosas y hermosas en sus letras; me gusta su enrevesado nombre; me gusta su foto en la cama con un perfil de ojos abiertos; me gusta su ensortijado pelo negro; me gusta sobre todo esta enorme canción con la impresionante Liliana Herrero: no he escuchado, en tiempos, un mejor y más extraño dueto.

Río Negro es Patagonia. Nacer a 1000 kilómetros de Buenos Aires es como una maldición. Todos los que somos de algún extrarradio sabemos eso. Me gusta la sencillez humorística de declaraciones como ésta (hablando, cómo no, de sus comienzos tocando en los garitos de Viedma): «Era medio bufón: venía el mozo y me traía pedidos de la gente«. Es decir, me gustan más de tres o cuatro cosas.

01.11.2007

Hombres en traje negro

por carolinkfingers

A mi abuela que, como yo, nunca pudo decir en qué trabajaba.

Las mejores cosas, probablemente, son las que tardan en afirmarse. Las que se cuelan despacio, reptan por las esquinas del cerebro y se instalan, a la chita callando y sin escándalo alguno. Puede que los flechazos se lleven todos los hurras y la literatura laudatoria, pero yo aquí he venido a hablar de esas otras cosas. De lo más normal y cotidiano: el amor que nace con el roce y la constancia. Me quedo con eso: esa forma discreta e imponente en la que llegó a la vida del hospital psiquiátrico (la Argentina deprimida y neurótica de los ochenta) el bien llamado Ramsés en aquella imperecedera película “Hombre mirando al sudeste”. O la manera en que se esparce cualquiera de las infecciones muy viscosas y plásticas puestas en circulación en una película de Cronenberg (“Vinieron de dentro de…”). Así se ha diseminado dentro la enfermedad que llevo, la Enfermedad Nacional. Síntomas a detectar:

No podrás ver un grupo de cinco hombres en trajes negros sin sentir un muy poco discreto temblor y una humedad inapropiada en las palmas de las manos y otros lugares menos nombrables.

Taconearás a ritmo de 2×4 en cualquier circunstancia.

Querrás impostar la voz cavernosa, profunda y parca en melodía.

Sentirás un poderoso impulso por bailar un vals a la visión de un piano en un bar.

The National. Boxer. El boxeador del que hablan no viene a arrasar como un congresista republicano. Más bien se detiene a colonizar, a ritmo de vals, el cuerpo a rendir. Este es el boxeador nacional, pequeño, miniatura cual soldadito de plomo, parásito de aproximadamente dos pulgadas, recorriendo los conductos internos, vasos, venas, corazón, vuelta a salir, collejeando a diestro y siniestro, golpeteando sin dañar en absoluto, en todas aquellas fibras sensibles y extraordinariamente endebles que tenemos dentro.

Mi lenguaje metafórico se vuelve gachas sueltas a la hora de describir por qué soy fan rendida de este disco: ése es otro síntoma de haberse enamorado así, despacio, a la chita callando. Ya no se discurre. Hay que escuchar ese piano discreto con el que inauguran, hay que dejarse acunar por esa voz (Matt Berninger, ya hay nombre para bordar en las vueltas de las sábanas, desde que Stuart Staples se lo tiene tan creído) que parece no querer cantar, no querer decir lo que dice. Hay que recorrer pulgada a pulgada la devastación emocional de estas miniaturizadas, pero sólidas cual plum cake, canciones, doce, que hacen “Boxer”. Es lo que pasa cuando llevas siete u ocho años componiendo, creyentes, enamorados silenciosos de la canción, buscando la esencia del mejor decir, del decir más, del utilizar menos. Sale «Boxer«. Y esto es lo que pasa, cuando quieres despacito y sin darte cuenta: ahora necesitas bailar y bailar y bailar, con estos cinco hombres en traje negro. “You know I dreamed about you / for twenty-nine years before I saw you”.


Coda, en 2×4: los hombres en traje negro se pueden ver aquí, por ejemplo. No pude dejar de enlazar el ambiente y la historia de este vídeo con el de este otro vídeo: otro hombre en traje negro, de estilo internacional. Ten cuidado cuando te tiemblen las manos.

26.10.2007

Las mañanas

por carolinkfingers

Hay mañanas que no. Hay mañanas en que necesitas conjurar las ganas. Hay mañanas en que resuena la casa como si la hubiesen vaciado del aliento. Hay mañanas en que el frío se instala entre los pliegues del pensamiento. Hay mañanas en que no sirve ninguna estratagema para escapar al tedio.

Pruebas con la música. Pruebas con el silencio. Pruebas con la cama. Pruebas con tareas simples. Pruebas con medicinas. Pruebas con el remedo de la pasión. Pruebas con el café a litros. Pruebas con hacer manualidades. Pruebas con la limpieza y el orden. Pruebas con cambiarte de ropa. Pruebas con las zapatillas cómodas. Pruebas con un cigarrillo. Pruebas sin el cigarrillo. Pruebas a no pensar. Pruebas con el amargor de la saliva y con alimentos caducados.

El tedio siempre puede más.

22.10.2007

Siete excusas innecesarias para leer a Carson McCullers (antirreseña)

por carolinkfingers

Al hilo de la preparación de una reseña (que publicaré en su momento) sobre el libro El aliento del cielo (Seix Barral).

1. Lo que trastorna, entusiasma, sacude de dentro a fuera, resquebraja la voluntad más fría en la lectura de la narrativa breve de Carson McCullers no es pensar en el estado de pérdida personal, enfermedad, quebranto y dolor en que se gestó gran parte de esta obra. Aunque no deja de alarmar que algunos de estos relatos fuesen confeccionados durante o inmediatamente después de una convalecencia, mientras arrojaba esputos en una bacinica o recogía pesadamente el cuerpo después del penúltimo ataque de toses, al tiempo que se peleaba con su marido y sucesivo ex marido. Todo lo anterior se puede obviar frente a

2. El tremendo arrojo de alguien que no desperdicia ni un segundo del tiempo que le ha sido concedido vivir. Alguien que abraza esta suerte de “misión”, sin petulancia, enamorada no sólo de la escritura, sino del valor de la imaginación, de la prosificación respetuosa y responsable. No hay descanso, no hay respeto. Ávida por saber más, por hacer más, por confabular más monstruos y fantasmas. McCullers es una narradora-río, hecha de pura vocación, un ejemplo permanente de lo que la perseverancia, la actitud trabajadora y el genio logran, no sin una dosis descomunal de esfuerzo. Léanse las primeras narraciones, cualquiera de ellas, escritas a unas edades que harían sonrojar a más de un aspirante a revelación literaria. Pero tampoco el río de composiciones arrojado y ciego sería una razón, si

3. Esas narraciones per se no conformaran un estilo y una sensibilidad nueva, jodidamente peculiar: una forma de penetrar en la realidad y de escarbar en los sentimientos, totalmente ajena al sentimentalismo. La prosa de McCullers es MODERNA, desde el mismo minuto en que habla del complejo mundo de las relaciones humanas y soslaya, a todas horas, esa formulación manida de la literatura hecha por mujeres o para mujeres, evitando de un solo volantazo lo consabido, el lugar común y el arreglo floral. Se aferra a las cosas, hace hablar a las cosas y las cosas definen a los personajes, y por eso es tan, tan moderna. Entrega absoluta en su papel de madrina de los desheredados y los disminuidos emocionales, en encontrar la belleza de los personajes más estrafalarios, en manejar sin sonrojos las miserias humanas, en creer a duras penas en la redención, en no dejarles escapar de su destino…

4. La curiosa, persistente y enriquecedora influencia de la música en sus narraciones. Como rasgo de los personajes, de la trama o de la estructura. Herencia de una primera vocación rota, o de algo que simplemente no fue. Lo que no fue, la gnoseología interna de aquello que no existió (amor, familia, felicidad, matrimonio, hijos, vejez) es un tema recurrente.

5. Su particular cercanía, tendencia quizá, a los niños y adolescentes, la intuición soterrada de que pocos como ella han leído en las almas infantiles y han construído narraciones creíbles y nada sonrojantes, desde la edad adulta, sobre tan delicados –y escurridizos- sujetos. Como si hiciese dos días que acabara de abandonar tal estado o… como si nunca hubiese dejado de pertenecer a su mundo.

6. Los borrachos, o los que lo parecen. Los matrimonios en ruinas. Todo junto.

7. Y la prosa. Su sabiduría enconada, de mujer sin terminar, de enferma ególatra, de hiriente observadora del circo del mundo, de personaje estrafalario ella misma, siempre a punto de caer una vez más, siempre deseosa de obedecer al gen de la adicción. Reponiéndose, y escribiendo. Esa actitud como bofetada. Esa sabiduría y todo lo demás, al servicio de la prosa. Prosa que nace siendo, que no pide permiso y fermenta despacio… Prosa que aparece como NECESARIA. Las cosas, en aras de esa prosa, parecen estar sucediendo, allí mismo, delante de tus narices. No tienen adornos innecesarios, no son más mezquinas de lo que en realidad son. No son más puras. Y no tienen vergüenza alguna de nacer. Las cosas en las palabras y las palabras en las cosas. La pequeña gótica, de la forma más natural del mundo, regalaba a manos llenas las criaturas vivientes, sufrientes, de su prosa.

17.10.2007

Debilidad

por carolinkfingers

No lo puedo evitar. Gepe es mi debilidad. Es la pequeñez de sus pretensiones y la enormidad de sus resultados. Es la naturalidad con la que escribe y canta canciones. Es la sintonía -evidente o inventada- que siento en su mínima, improvisada, evocadora poética del intervalo. Es esa montaña rusa de teorías, vislumbres reservados a los enormes cantores de la melancolía, inscritas en sus letras. La pasmosa y sorprendente coincidencia de escenarios, símbolos e intenciones. No es ésta la primera ni la última vez que escribiré sobre Gepe. Me sucede así cada vez que soy FAN de esta ridícula y entregada forma. Mis habilidades para escribir se ven doblegadas por este no-sé-qué-es que me subyuga. Por ello he de volver siempre.

Para un acercamiento algo más neutro, valga esta nota que publiqué, gracias a la intermediación de Elena Cabrera, en el diario adn.es.

17.10.2007

La máquina de Joseph Walser (reseña)

por carolinkfingers

Publicada en Go Magazine (octubre 2007)
«La máquina de Joseph Walser»
Gonçalo M. Tavares
Mondadori

Hace unos meses, descubrimos “Un hombre: Klaus Klump”. Aquel y éste son el anverso y el reverso de una misma investigación literaria en torno a la guerra, a su irrupción en las vidas de los hombres: Klump es el hombre fuerte, Walser el ser débil. Absorto y confiado en el poder del lenguaje, Tavares acomete el proyecto a sabiendas de la cualidad abstracta de su material. Construidos sobre una selección, nada arbitraria, de aspectos de la realidad palpable, sus mundos ficcionales se transforman en materia simbólica mediante una artificiosidad lingüística salvaje. Todo está estudiado, todo responde a una necesidad. “La máquina de Joseph Walser” carece de acción como tal (apenas un dedo perdido, hacia la mitad), y está articulado mediante una serie de escenas episódicas, cuadros en los que la guerra es un decorado, y las vidas de los escasos personajes siguen desarrollándose en la superficie, apegadas a sus infames disciplinas y rituales. La de Joseph Walser es anodina, girando en torno a su máquina y a una habitación, en la que se encierra con llave, donde guarda su colección de piezas metálicas. Una vida equiparada al funcionamiento de un mecanismo. Sin sucesos, el libro se carga de reflexiones (el encargado Klober como megáfono de las inquietudes inscritas en el texto), nunca terminantes, nunca cerradas: articular en voz alta la fortaleza oculta del ser humano (esa “especie interminable”), descubierta por Walser, frente al paso, aplastante, de los acontecimientos históricos.

Acerca de Carolink Fingers
El blog Carolink Fingers está hecho con Wordpress 4.8.12 para ZEMOS98.
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