La Colina de Peralías
08.08.2020

«Cinco panes de cebada» de Lucía Baquedano Azcona

por Dolores Álvarez

Es una novela y en ella se habla de educación. Se habla de absentismo escolar, de análisis del contexto, de cómo la maestra se va entrometiendo con las familias para elevar el nivel cultural, de cómo se aprende a amar al alumnado para su desarrollo cultural, para que su pueblo se engrandezca con los avances de la agricultura, de cómo la maestra termina influyendo en la gente del pueblo hasta a nivel de agricultura…

Sinopsis: Muriel, una joven maestra, es destinada a Beirechea, un pueblito de las montañas del Pirineo navarro. Acaba de terminar sus estudios brillantemente. Ella siempre ha soñado con una escuela moderna, bien instalada, alegre, pero tiene que enfrentar una realidad distinta: una escuela destartalada, gente sencilla, cerrada e insensible a la cultura. Todo ello deja en el ánimo de Muriel una sensación profunda de desaliento. Poco a poco va superando su desesperanza. Muriel ve cada vez con mayor claridad que tiene que cumplir con una misión importante: que la gente del pueblo comprenda que la educación le ayudará a realizar mejor todo lo que tenga que hacer en la vida. Los meses van pasando. Muriel va haciendo amistad con la gente del pueblo y así se va sintiendo integrada a aquel rincón montañoso, a su gente y a sus costumbres, de manera que cuando su hermana Silvia llega al pueblo para ofrecerle un trabajo prometedor en Pamplona, Muriel lo rechaza categóricamente y decide quedarse en Beirechea. Un buen día conoce a Javier Arive, un joven agricultor que había intentado sin éxito introducir en el pueblo técnicas modernas para mejorar el rendimiento agrícola, y a quien la gente del pueblo ve con desconfianza. Paulatinamente, Muriel descubre que algo especial surge en ella cada vez que se encuentra con él. Termina el curso. Después de las vacaciones, Muriel regresa al pueblo con nuevas energías para reanudar el trabajo. Continúan las actividades en la escuela y los encuentros con Javier. Juntos trabajarán para elevar el nivel cultural de la gente y para mejorar la situación agrícola del pueblo. (SM, 2005)

Lucía Baquedano Azcona nació el 18 de diciembre de 1938 en Pamplona, Navarra, España. Estudió secretariado y trabajó casi una década como secretaria. En 1979 se presentó a la convocatoria de premios literarios de la Fundación Santamaría con la novela Cinco panes de cebada, y resultó finalista del premio Gran Angular. En 1980, obtuvo el segundo premio El Barco de Vapor, de literatura infantil, con La muñeca que tenía 24 pecas y, en 1986, el premio Barco de Vapor con el libro Fantasmas de día. Recibió también el premio de la Feria del Libro de Almería por Me llamo Pipe. En 1993 obtuvo el premio de la Comisión Católica Española para la Infancia por La casa de los diablos, y en 2002, por El pueblo sombrío.

Una maestra de tan solo 21 años y que había sacado notas brillantes en su carrera y en la oposición, no podía comprender que le hubieran dado como destino ese pueblecito tan alejado de la ciudad y con una escuela tan pequeña y destrozada que ella misma se puso a modificar y a alegrar para que sus niños y niñas empezaran a ver el lugar con más simpatía y alegría.

«La mesa de la maestra, sobre una tarima que crujía al pasar, era lo más decente de la clase, aunque con un exagerado brillo por el enorme derroche de cera aplicada a toda la superficie. Encima había un tintero de cristal cuadrado y grandote y dos manguillos con plumillas, instrumentos que yo no había visto desde mi niñez y que, naturalmente, ya había olvidado hasta cómo eran. Mira por dónde, resulta que en Beirechea todavía existían… «

Su período de adaptación fue duro, ni el alumnado ni las familias tenían entre sus valores la cultura, vivían encerrados en costumbres ancestrales que no les hacían prosperar y que les agriaban constantemente su vida diaria, trabajaban de sol a sol y solo conseguían recursos para comer y salir adelante con lo imprescindible. Aceptaban que mientras eran pequeños debían ir a la escuela pero que de ese tedio se liberarían al poder ser útiles en casa para el trabajo, la escuela era una especie de guardería que liberaba a las madres de los pequeños para que ellas pudieran trabajar.

«Los escolanos, como los llaman aquí, llegaron puntuales y también nerviosos: aunque no sé por qué, porque bien acostumbrados estaban los pobres al cambio de maestras».

La maestra se preocupó por los niños y las niñas y se adaptó al contexto de tal forma que, incluso los hombres, terminaron respetándola, haciendo caso de sus consejos y cambiando costumbres a las que estuvieron aferrados durante muchos años.

La novela es un claro ejemplo de cómo la escuela, la maestra, sirve como motor para movilizar a todo un pueblo, les hace cambiar de mentalidad hacia la cultura, consigue que empiecen a salir a estudiar y que vean con perspectiva de futuro cómo la cultura les va a ayudar a engrandecerse como personas, les va a ayudar en su vida personal y para que sus cultivos saquen más rendimiento de esas fértiles tierras.

Se comprometió tanto con su entorno que rechazó un destino en Pamplona. Poco a poco iba amando aquellas tierras y a sus habitantes hasta tal punto que terminó enamorada de uno de sus vecinos, uno que sí había salido del pueblo, que sí había comprado máquinas para las tareas agrícolas, una persona con otra perspectiva que le ayudó a convencer a las familias para que dejaran estudiar a sus hijos y que también le ayudó a ver desde otra perspectiva la labores agrícolas.

Es una bonita historia que se lee «en una sentada», con un vocabulario local que te va enseñando y a la vez, metiéndote de lleno en un relato que parece que ha sido real. Es importante ver la evolución de la maestra en su propio contexto. Totalmente recomendable para disfrutar de la lectura y reflexionar sobre la importancia de la escuela en un pueblo que estaba de espaldas a  la cultura y a los avances de la agricultura.

«Y es que yo comenzaba a amar Beirechea. Quería ser parte integrante de aquel rincón montañoso, de sus gentes, de sus costumbres»

«Sembraríamos cebada con nuestras manos. Sí, cebada, porque de cebada eran los cinco panes que Cristo multiplicó y queríamos que esa tierra nos recordara siempre que todos tenemos algo que podemos dar, aunque ese algo sea tan solo unos insignificantes panes de cebada»

 

 

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