Carolink Fingers
01.12.2011

Volver al Sur

por carolinkfingers

Ya va siendo hora de compartir el prólogo que escribí para Silvia Nanclares, que esta misma tarde ha presentado su libro en Sevilla. Más detalles al final.


Itinerario del empoderamiento posible

 Escribe, que nadie te retenga, que nada te detenga: ni hombre, ni imbécil máquina capitalista donde las editoriales son los astutos y serviles relevos de una economía que funciona contra nosotras y a nuestra costa; ni tú misma.

hélène cixous

 

Observo y analizo con la mirada cariñosa del crítico (similar en todo a la de una Erzsébet Báthory frente a la carne blanca de seiscientas doncellas) en busca del quid del proceso por el que algunas extraen de sí la energía suficiente para creer en ellas mismas y llevar a cabo un proyecto, de cualquier índole. Ese proceso por el cual el sujeto se convierte en agente activo como resultado de un accionar: a eso lo llaman «empoderamiento». He debido acercarme mucho más al fenómeno, tratando de no mostrar los colmillos. He sacado a trabajar mis instrumentos: ¿será algo relativo al ADN de estas personas? ¿Tendrán las «empoderadas» ciclos hormonales menos salvajes? ¿Residirá la razón en el entorno y circunstancias de crecimiento (los años de formación, se sabe, hicieron de Sade o Catherine Millet lo que fueron)?

Hasta el momento nada, señores. He absorbido, olido y masticado los relatos de El sur: instrucciones de uso sin encontrar diferencia sustancial entre este texto y otro cualquiera producido por criatura humana. Una advertencia antes de seguir: es necesario fijar aquí «texto» en su sentido más amplio, como cualquier cosa producida, sea objeto o vida, cortina o gazpacho, hijos y casas limpias, cuentos y proyectos empresariales: si se nos arrebata esa contabilidad, nada fraudulenta, si no se tiene en cuenta la cantidad de producción no mercantil que es producida por el tiempo de las mujeres (y no sólo de ellas), se nos está arrebatando un porcentaje variable pero importante de peso social (ya que no económico). Esa noción de «texto» que me he sacado de la manga, han adivinado, no tiene nada que ver con el capital.

Claro que El sur: instrucciones de uso es texto en un sentido canónico, como «acontecimiento comunicativo», y lo es por contribuir a la trabajosa labor de darnos sentido: el camino recorrido por Silvia Nanclares pasa por hacer algo que han hecho ya algunas otras, pero siempre —y hasta antes de ayer— bajo el sello de la «anomalía», del «bicho raro». Las condiciones de producción de este El sur son tan significativas como la propia relación de cuentos, y definen el texto por lo que NO es. No es un alegato desde la marginalidad exacerbada, ni el testimonio de quien lucha contra la adversidad con la sola fuerza de su voluntad, ni tampoco el auto de fe de una «mujer hecha a sí misma» saboreando las mieles del éxito desde un altar inalcanzable. Es un trabajo literario destinado a contarse a una misma desde unos fundamentos violentamente planos: ser una mujer cualquiera de un territorio carente de aristas. Ser una mujer en el cambio de los dos siglos en que se creían alcanzados y consumidos ciertos derechos a ser —a escribir—, aunque hija de una generación cuyo rasgo más destacado ha sido grabar en sus miembros el mantra: «No te harás a ti mismo, lo que eres o serás ya lo hemos decidido por ti». Los que compartimos generación con Nanclares hemos debido aprender en carnes la ausencia de posibilidades dentro del «progreso», hemos perdido la fe en la meritocracia tanto como en el pelotazo. Consecuentemente, también, muchos y muchas abominamos de la creatividad. Sin embargo…

¡Somos amapolas, muchas amapolas en el campo! Todas de tallo delgado, rojísimas, fragilísimas. Esforzándonos con ahínco por permanecer agarradas a tierra un minuto más, subsistentes por inercia y fervor. Miro a Silvia y a su trabajo de (auto)creación y la veo formar parte del puñado de amapolas que, siendo exactamente iguales a las demás, conseguirán pasar la noche, vivir otro día. Su esfuerzo la retroalimenta. Pero no sólo a ella: su hazaña será permitir que, en unas cuantas generaciones más, estas amapolas cabezotas consigan modificar la programación a la que está sometida la especie. En esto consiste su toma de poder: normaliza la anomalía. «Persisto porque puedo y porque todos podemos persistir.»

 

«Y el proyecto estaba escrito y el proyecto se cumplía»

En «La vida londinense», Silvia explica el proceso por el cual ella y su hermana (real o ficticia, tanto da) abandonan el cascarón protector, inodoro, de la ausencia de historia. La Ahistoria es ese territorio en el que hemos nacido, ella y yo, un mundo en el que se nos programaba para aceptar la homogeneización y la mediocridad, así como consumir nuestra vida sirviendo a la máquina. Cuales Alicias de suburbio, no atraviesan el espejo, sino que rompen la esfera cerrada, acotada, de las posibilidades. Con desplazamiento físico incluido, el verdaderamente importante es el desplazamiento simbólico que conlleva la adquisición ¡y el uso! de unas herramientas para trepanar una realidad asfixiante. Romper directrices, mientras se sigue siendo nadie, para descubrir dentro la auténtica, la verdadera «muchedad». Eso que conocemos hoy como «empoderamiento»[1].

El «irse» es noción recurrente en varios de los cuentos de El sur: instrucciones de uso. Penetrar como método de descomposición de esa realidad nula, crear un túnel o pasadizo siempre para re-aprehendernos y re-significarnos, nunca para quedar igual. Los «puentes» no sólo están en algún título («Puentes que amanecen mientras dormimos»), forman parte de un discurso que conoce la sinestesia, el trenzado de conceptos, el amor como herramienta para el conocimiento. Los otros, el yo, el nosotros… La ternura arrasa con los proyectos («San Juan») y vuelven a aparecer los puentes: creación, otra vez, no como emprendimiento individualista y obcecado, sino como red tejida con la piel, la palabra y el contacto. Las identidades vacilantes se hacen fuertes («Mediana»), escapar es siempre una opción que no cercenará las posibilidades de ser de otros («La vida africana», «La sombra de Aniko»): vuela y deja volar. Y el proyecto estaba escrito y el proyecto se cumplía: pero Nanclares lo hace colapsar. A través del procedimiento de contarse a sí misma, ajena a las nociones de más amplia consideración literaria, creando desde el «yo» más desnudo y terco posible, intoxica por dentro la programación por la cual deberíamos continuar sobreviviendo acríticamente en la Ahistoria. Abre, Nanclares, somos topos listos para continuar ensanchando, horadando los túneles en la narrativa dominante.

Cuando Nanclares me propuso este prólogo, volví sobre los cuentos de El sur: instrucciones de uso, al tiempo que me preguntaba todo eso que está al comienzo de este texto. A ver cómo se hace: una mujer de mi edad escribe y cree en una colección de relatos de hace algunos años, ya publicados en otras condiciones, lo suficiente para desear volver a darles luz y hacerlo ella misma, juntando a un puñado de colaboradores y pagando de su bolsillo todos los costes de edición (que se incrementa, además, con un nuevo cuento, sumando doce a los once originales, y los collages ad-hoc de Kike Lafuente). En definitiva, no es uno, sino un doble proceceso de empoderamiento: la más abundante raza de creadores suele quedar a la espera del Estado o papá de cualquier signo que (nos) les produzca. Silvia no está a la espera, y si ha enviado el manuscrito a una, diez o cien editoriales ahora mismo no nos importa. Nanclares ha trabajado en una construcción efectiva del mundo, de su mundo (primera vía de empoderamiento) y ahora ejerce de gestora de las cosas prácticas y tangibles para llevarlo a los ojos de los lectores (segunda vía).

La palabreja, dicen, significa «conceder poder a otros». El uso que aquí le doy, el más expresivo de todos, es el de «tomar el toro por los cuernos». Es una acción reflexiva, ejercida sobre uno mismo, que repercutirá en cambios hacia fuera. Sin embargo, en todo este «proyecto», que sí se cumple, también «concede poder». En este minuto, yo misma, incapaz desde hace mucho tiempo de terminar nada propio, estoy trabajando en un texto. Formo parte de su red. Creo por su sugerencia, motivada por su confianza, autora por el poder que ella me otorga. No soy una, no estoy sola. Aún puedo abrir un boquete en la pared de la ausencia, de la Ahistoria. Recojo los colmillos envidiosos, guardo el instrumental científico. Aquí están sucediendo cosas y quiero formar parte. Hay un montón de gente que, amapolas desahuciadas en el campo gris de la homogeneización capitalista, va a conseguir quedarse un día más, escribir otra línea más, performar los sentidos durante algunas páginas más. Es, El sur: instrucciones de uso, un libro de relatos gráciles, fragmentarios, amigos de la elipsis y el tiempo encabalgado, creadores de identidades algo difuminadas pero poderosas. Es también un acto político. Uno de los más bellos actos políticos en los que se me haya dado participar.

 Madrid, mayo de 2011

 


[1] Sigo la noción de «empoderamiento» tal como se perfila en el artículo «Empoderamiento: relaciones de las mujeres con el poder», de Magdalena León

 

Detalles (o de cómo performar los sentidos de lo que está y no está escrito)

Conocí a Silvia Nanclares antes en la nube que en la plaza. El encuentro en la «plaza» tuvo lugar en San Juan de Palma, comienzo de la calle Feria, Sevilla, entre muchos botellines de cerveza, en un calurosísimo día de la Semana Santa de 2010. El lugar es plenamente simbólico en mi biografía, he crecido con el mantra de que mi familia paterna vivía en esa calle, y de que fui bautizada en aquella iglesia.

Me propuso escribir el prólogo para la auto-reedición de El Sur: instrucciones de uso y no me lo creía. Salvo mi madre, nunca nadie me había pedido algo tan bonito. Se cumplen dos cosas que unen un prólogo con el otro: a ambas las quiero; ambas son mujeres tremendamente fuertes e inteligentes; ambas han recorrido un sendero de empoderamiento; en ambos casos me serví de sus procesos para dibujar una suerte de puente entre el ser y el escribir, que es una peculiar y jodida relación cuando se es mujer (esto es así, se pongan como se pongan), tanto si se tienen sesenta como treinta.

Escribiendo el que hice para Lola y el que más tarde hice para Silvia descubrí temas internos. O, quizá, me serví de sus libros para sonsacarme temas.

Ambos prólogos me llevan a El Sur. A ese Sur. A ese sol de abril que quema las pestañas y atonta los sentidos, pero que también subvierte lugares comunes y es ideal para las revoluciones calladas. Y quietas, pero revoluciones.

El encargo de Silvia llegó en un momento en el que, por unas u otras razones, estoy tirando sentimentalmente -quizá nostálgicamente- hacia el Sur. Me aferro a la idea de que ese Sur, seas de donde seas, es una experiencia poco comunicable, que te hace quizá más abierto, más permeable, más complejo. Algunas de esas cosas están en su libro. Algunas, muchas, de esas cosas, son las que le agradezco a su libro.

Y el extrañamiento. Después de una cantidad de años nada desdeñable viviendo fuera del Sur, a veces me planteo dejar el norte. Más o menos cuando estaba decidida a ello, Silvia anunciaba que dejaba ese Sur. Y yo me he quedado donde estaba. Aunque una cosa no tenga que ver con la otra. O sí.

El Sur: instrucciones de uso se puede encontrar aquí.

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comentarios

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1 - silvink 05.12.2011 - 13:17

amor/escribir/prólogo/sur A veces, las etiquetas hablan por sí mismas. Sigh!!

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