La Colina de Peralías
03.03.2016

Dos diarios de directoras de IES, comunidades distintas en paralelo

por Dolores Álvarez

portada-bajaDurante mis años de directora en el IES he llevado un diario que podéis ver aquí, en él traté de escribir mi experiencia y mi reflexión pedagógica de los hechos que iban ocurriendo. A mí me servía para explicar qué se hace en un cargo de tanta responsabilidad y para mostrar al que lo quisiera leer que la tarea no es fácil, que en muchas ocasiones lo urgente desplaza a lo importante y además te llevabas el trabajo para casa. Me servía para reflexionar sobre la acción y así tratar de mejorarla en la medida de lo posible. Creo que en educación hay que estar continuamente pensando qué es lo que se puede mejorar porque los tiempos galopan a una velocidad de vértigo y no nos podemos quedar anquilosados en aquello que se ha hecho siempre.

“No es un diario al uso, pormenorizado de cada uno de los acontecimientos que rodean la vida de una directora, sino un compendio muy aleatorio de acciones, reflexiones, desahogos… opiniones, que en la mayoría de los casos, derivan de mi actividad, pero que en otros casos se refieren más a la persona, a la profesora, a la amiga… que encuentra esta válvula de escape permanentemente abierta y, a veces, perfectamente cerrada que transmite  la vida diaria de forma premeditada”. (Jiménez, p.7)

“Educar merece la pena porque es la vía más eficaz para el desarrollo de las personas” Así encabezaba la editorial Santillana el mes de febrero de 2008 en su calendario de mesa y me parece estupendo como vía de reflexión para cada uno de los meses del año, por eso voy a aceptar el reto y voy a comentar la frase, desde mi visión pedagógica.

Hoy en día la educación está infravalorada, es más importante el que más tiene y no se considera al que es más culto o al que más sabe. La sociedad tiene un punto de vista mercantilista, lo que se ve es el desarrollo económico, lo bien que vas vestido, el que tiene mejor coche, el que tiene mejor casa, las buenas motos, el salir mucho a la calle, comer en los mejores sitios…

Los alumnos y las alumnas de ahora no le dan importancia a los estudios, en una gran mayoría, porque en sus casas se lleva otro ritmo de trabajo, el dinero sale del trabajo y de los negocios privados y no hay ambiente, ni nadie te puede garantizar que por sacar una carrera tengas buen rango económico en el futuro.

A pesar de todo esto, yo pienso que es la educación la que desarrolla a las personas y las hace más libres, las hace pensar y escuchar a otros que, aunque piensen de distinta forma, pueden y tienen herramientas para debatir y exponer sus ideas, de qué me sirve tener mucho dinero si no sé hablar, si no sé defenderme ante una injusticia, si no sé llevar una conversación de algún hecho ocurrido en el presente o en el pasado.

La educación forma a las personas íntegramente, no solo les da conocimiento para escupir en un examen y que después a la semana no se acuerden de nada. Siempre queda un poso cultural que nos hace distinguirnos de aquellos que solo han trabajado por conseguir dinero y que no han estudiado nada” (p. 242-243).

Acabo de leer “Está ardiendo una papelera” de Pilar Montero. También un diario de una directora de instituto. Dos mismas intenciones pero en comunidades distintas y 9788499424354quizás ésta con una casuística más complicada que en la que yo trabajé.

Así nos lo relata la Casa del Libro

“Dirigir un instituto es una profesión de riesgo. ¿Centro educativo o nave de la flota galáctica? La tripulación de un instituto es el paradigma de la diversidad: alumnos de una treintena de nacionalidades, cada uno con su propia problemática personal y social; profesores competentes, motivados, luchadores; padres entregados, agresivos, hipersensibles. Horarios de cuadratura más improbable que la del círculo, excursiones que acaban en rescate, ferias de convivencia con premio? En resumen, una comunidad cuyas aventuras y desventuras harían las delicias de los guionistas más avezados? O les harían tirar la toalla. En una nave interestelar, una papelera ardiendo es un peligro; en un centro educativo, ¡la tormenta perfecta! Este libro, crónica amable y desenfadada del día a día en un instituto madrileño de Secundaria escrita por quien lo dirigió durante nueve años, es un examen riguroso y sincero de la educación en España, para que los lectores la evalúen y califiquen; pero, sobre todo, es un relato delicioso y lleno de buen humor que, sin rehuir el trazo áspero, rechaza el alarmismo y la amargura, y lo cambia por compasión y esperanza”.

“Cuando apenas llevamos dos semanas de clase, todos los alumnos que faltaban ya se han matriculado y no pueden ni moverse en las aulas, de lo llenas que están. Redacto un informe para los jefes, dando datos numéricos, aportando planos de las aulas, que son muy pequeñas, y en veinticuatro horas nos devuelven el grupo que nos habían quitado, más otro nuevo. El inspector me dice que si él fuese el director, no tocaría nada.

Volvemos a hacer los horarios, a celebrar otro claustro extraordinario y, lo peor, a reagrupar a los alumnos. Algunos de los que son cambiados y sus padres protestan, pero a la larga agradecemos el cambio: en las aulas ya se puede respirar…” (Pos 167 de 4235. Septiembre)

En casi toda la lectura me he visto reflejada con las situaciones que cuenta y he disfrutado mucho con su relato. Gracias, Pilar Montero.

(Este artículo me lo publicó el Magazine Ined21 el día tres de marzo de 2016. Gracias)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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