Carolink Fingers
03.03.2017

¿Sobre-semantización? ¿Estamos locas?

por carolinkfingers

Es importante dosificar la reacción, la visceralidad, la rabia. Para mí lo es. Por eso estoy escribiendo. El sábado pasado estaba de turno en la librería y mi compañera Julia me pidió que leyese el artículo de Santiago Alba Rico titulado «¿Terrorismo machista?». Lo comentamos el día entero, tanto lo comentamos que hasta las clientas se metían en nuestra conversación (y en momentos como ese se encuentra el sentido a trabajar un sábado en una librería como la nuestra).

Pasados seis días, hemos podido saber de tres o cuatro muertes más, mujeres asesinadas por parejas o ex parejas. Invierto mi día libre, pues, en responder a su artículo, uno más que trata de señalar qué vale y qué no vale. En el feminismo. Aham.

Dejando de lado que el texto empieza en Úbeda y acaba en Pontevedra, parece que a Alba Rico le molesta algo en especial: que las feministas sobre-semantizamos cuando hablamos de «terrorismo machista» refiriéndonos a los asesinatos de mujeres. Que, al llamarlo «terrorismo» (21 mujeres asesinadas en dos meses de 2017, según contabilidad oficial), incurrimos en una insistencia que «es peligrosa y contraproducente». No sé para quién es peligrosa, y contraproducente sería que no se dejasen ver esos asesinatos, goteo flagrante que sesga vidas de mujeres, día tras día, mes tras mes.

«Sobre-semantizar»: no lo encuentro en el diccionario, así que he de deducir que, cuando hablamos de terrorismo machista, estamos dando a algo un nombre que le viene grande. Voy a creer que, cuando Alba Rico dice que «sobre-semantizamos», estamos cargando unos hechos (asesinatos en contextos de relaciones de pareja) con unos atributos que no les corresponden. Quién lo hizo por primera vez (llamar «terrorismo machista» a la ristra larga de asesinatos de mujeres) no lo sé. Cuando enfoco mentalmente la cifra (390 mujeres asesinadas en «feminicidios íntimos”» desde 2010 a 2015) encuentro con facilidad el hilo exacto, el que nos motiva a sobre-semantizar, que va desde visiblizar las dinámicas patriarcales de dominación del cuerpo (y las vidas) de las mujeres a las muertes de estas (provocadas por otros) y al vocablo «terrorismo». Voy por partes, y asumo mi privilegio de viva escribiendo esto.

Alba Rico parte de un ejemplo, uno solo, en el primer párrafo, para comenzar su argumentación. Nosotras sumamos: sumamos semana tras semana, año tras año. Sumamos país tras país. ¿Es sumar una operación «sobre-semantizadora»? Sumar es adherir. El pegamento que adhiere el asesinato del ejemplo inicial (puñalada) de un hombre de 86 años a su mujer tras cuarenta años de matrimonio con el penúltimo feminicidio perpetrado en el extrarradio de Buenos Aires es la ideología que fundamenta que unos dispongan del cuerpo (y de las vidas) de las otras.

Sumamos para que no se nos descuente: un tipo como él ha de saber que las batallas semánticas (simbólicas) se desgranan durante años y décadas, a veces hasta siglos: se han necesitado décadas para formular un sentido común que haga necesaria una Ley Integral de Violencia de Género y se deje de hablar de «violencia doméstica», como si ésta fuese lluvia caída del cielo. Incluso así: no escasean los contra-semantizadores que hablan de esa ley como «discriminatoria» ni los que infunden el temor de la «ideología de género». Nuestra sobre-semantización, si tal cosa, es excesivamente lenta, mientras siguen (seguimos) siendo asesinadas. Lo contraproducente es aliarnos con los repetidores de mantras: no pierdan oportunidad de señalar el perjuicio de las sobre-semantizadoras. ¡Ay, ese «feminismo regañón»! ¡Cuánto daño hace!

Hay varias cosas que me ponen en alerta, por eso escribo, pero me centro en su «alarma» por el uso de «terrorismo» cuando se trata de asesinatos de mujeres. Dice que el sumatorio de asesinatos no responde a un plan trazado ni está perpetrado por grupo organizado: erróneas ambas cosas. El plan no está escrito, está diseminado en nuestras construcciones sociales y vivencias cotidianas. Ellos cometen esos asesinatos (al interior del hogar o en la puerta de la discoteca) reforzados por un sistema de ordenamiento social que posibilita que tomen control de las vidas (y los cuerpos) de las mujeres. Toman ese control porque saben que pueden. El uso de la violencia está legitimado en una parte del contrato y pertenece a un género (no al otro, desde luego). Desmontar pieza a pieza esa legitimidad está costando siglos (desde la caza de brujas hasta la cuestionada Ley, desde la adquisición de derechos que permiten el divorcio o el aborto hasta los logros de visibilización de la violencia al interior de la pareja). ¿No están organizados? Desde el anciano que está a punto de verse solo tras cuarenta años de tener compañía, cama, cocina y lavandería asegurada hasta el juez que impone custodia compartida a un matrimonio en trance de separación con un padre violento, su organización es versátil, diluida, cotidianamente reforzada en sentencias, lemas, cuestionamientos (como en el ridículo «ellas entran gratis a las discotecas»). No hay un plan, claro, a menos que lo sobre-semanticemos y lo encontremos en el orden de cosas dado: «Tú te casas, tú cuidas, tú amas, tú aguantas, tú no eres dueña de ti misma». Tus hijos tampoco son tuyos, incluso cuando están amenazados.

Y esa naturalización del plan, esa justificación intrínseca, es lo que encuentro en el texto de Alba Rico: en dos ocasiones se le escapa la misma construcción que justifica in extremis la violencia al interior de las relaciones: «que asesinan a sus mujeres», «ni el asesinato de la propia compañera». «Sus», «propias»: cuando nos casamos, o emparejamos sin papeles, ¿pasamos a ser «suyas»? ¿De verdad este pensador cree que se otorga una carta blanca de pertenencia a partir de ahí?

Dice: «El matrimonio no es un plan para matar a la propia mujer y aterrorizar a todas las otras mujeres del mundo» y, como algo sé de pensamiento, es cristalino que persigue la reducción al absurdo. No, no es el matrimonio, sino lo que este sustenta en forma de desigualdad. Nadie (hasta donde yo sé) identifica matrimonio con terrorismo: identificamos el asesinato de la pareja mujer, goteante, lacerante, con el terrorismo. Identificamos que unos (ellos) reordenen el derecho a la existencia a partir de esa «carta blanca de pertenencia»: «Si no eres mía, no eres de nadie».

Identificamos la violencia machista con un programa de disciplinamiento. Si te sales del programa, puedes dejar de existir. Un día es una paliza, al otro igual te apuñalo. O me cargo a nuestros hijos.

Sobre-semantizamos. Sí. Por nuestras vidas.

Los feminismos han dado lugar a muchas cosas, de las que nos servimos hoy día para ser, existir, y una fundamental es el lema «lo personal es político»: nada de lo que pasa al interior de una pareja, de un matrimonio, es privado. Todo, hasta el sexo, es fundamentalmente político. Permanecer juntos (con o sin dinámicas de sometimiento) o buscar el aire propio son movimientos políticos. Tratar de impedirlo, chantajear a la mujer con los hijos o con el sustento, golpearla, asesinarla, o denunciar el sumatorio de asesinatos como terrorismo, son movimientos políticos. Definen una batalla pública. En nuestro caso sobre-semantizadora. Vital.

Voy a servirme de un ejemplo de sobre-semantización que sería caro a pensadores como Alba Rico:

Un obrero vende su fuerza de trabajo al capital. Se sube día tras día a un andamio. En una de éstas, cae y muere. ¿Se ha subido voluntariamente al andamio? ¿Ha elegido él solo ese empleo riesgoso? ¿Se entiende esa muerte como accidental? ¿Cuántos, si la muerte de ese obrero concreto se suma a una docena o a un centenar de muertes a lo largo de un año, estarían dispuestos a hablar de «terrorismo de patronal» o algo semejante?

Si no sobre-semantizamos… el movimiento inverso consistiría en infra-semantizar: regresar a la noción de «violencia doméstica», a explicarnos esos sucesos (el goteo de asesinatos machistas, que lleva más muertes por delante que algunos grupos llamados terroristas) como consecuencia de un fatídico contrato privado y desigual; dar pábulo a los derechos adquiridos (de uno sobre otra) en virtud del matrimonio (un contrato, como el laboral). Volveríamos a reducirnos a la cuestión de la elección, tan neoliberal (Alba Rico habla de «malcasadas», como si elegir mal fuese una parte fundante del «accidente»), y estaríamos muy cerca de justificar esa muerte y casi, casi, de culpabilizar a la víctima.

Personalmente, no tengo muy claro si se ha de insistir en «terrorismo», lo que sí tengo clarísimo es que esos hechos (en apariencia aislados, atomizados, desconectados) obedecen a un plan. Raquel Gutiérrez lo dice en un libro llamado Desandar el laberinto (y son muchas más autoras, de hoy y de ayer, sobre-semantizando, empujando los sentidos un poco más allá para generar sentidos comunes): lo que toda mujer aprende, socializa, en su «devenir mujer» es que no dispone de sí misma. De su cuerpo. De su vida. De sus elecciones. Cuando una de ellas se quiere salir de ese plan –diseminado, no escrito, que llamamos patriarcado para resumir–, ha de ser sometida por la violencia.

Lo último, y lo más grave, que se le escapa a Alba Rico, es afirmar que el feminismo «aleja a muchas mujeres normales, malcasadas, de mediana edad,…»: las «mujeres normales», esa entelequia… He de dirimir que las «normales» se oponen a las feministas sobre-semantizadoras: esa elegante forma izquierdista, progresista, de volver a llamarnos «exageradas». Y lo podría dejar aquí, pero mi sobre-semantización feminista no me lo permite.

Así que hablar de «terrorismo machista»: «Define mal los hechos, hurta el debate y debilita la conciencia feminista». No, no hurta el debate. Nos encanta el debate. El debate nos sostiene y nos da armas.

Y es el asesinato machista, el terrorismo cotidiano del telediario, el que debilita la conciencia feminista: es él el que disciplina, no al revés. A veces parece que justificamos a las muertas por habernos puesto a exigir un derecho de ciudadanía plena, en el que nadie, marido, patrón (o incluso hijo) nos tenga que decir qué hacer de nuestra vida. Muchas de esas mujeres asesinadas, quizá, no conocían o no adscribían la palabra «feminismo», pero en alguna parte esta sobre-semantización les ha podido insuflar la loca idea («¿estamos locas?») de que podrían llegar a ser dueñas de sus cuerpos, de sus vidas, de sus destinos.

«Yo no quiero que a ningún asesino, por muy grave que sea su crimen, se le aplique una legislación de excepción»: por primera vez encuentro una frase que puedo suscribir. Del mismo modo, tampoco quiero que a un violento, misógino, potencial homicida, se le permita seguir cerca de las personas a las que amenaza, sean mujeres o niños, sin sufrir en toda su extensión una condena social similar a la que le reservaríamos al patrón abusivo, al hombre con poder que explota a sus semejantes.

Siendo escritora, feminista y andaluza, ninguna exageración me es ajena. Es mi derecho y mi privilegio. Por qué resulta tan complicado que reaccionemos igual ante violencias sistémicas de cuño parecido es una pregunta que nos hacemos las «sobre-semantizadoras». Así nos pasa: cuanto más fuerte empujamos, más resistencias brotan. No temas, de ningún modo, Santiago: desde que las sufragistas volaban escaparates por los aires, las feministas no hemos ido mucho más allá de regañar (de criticar). Es por nuestras vidas. El feminismo regañón tiene una ventaja: escribe en lugar de poner bombas, aunque hay días en que no nos faltan ganas.

/// En estos días, están pasando muchas cosas, y más que van a pasar: Rita Laura Segato y Raquel Gutiérrez son sólo dos de las investigadoras feministas a las que hay que leer en este contexto de violencias y de cuestionamientos y ambas están de gira a partir de mañana por la península. Hay algo que me parece alimenticio en los discursos feministas, casi siempre, incluso cuando nos criticamos: hemos venido a desordenarlo todo. Y eso siempre joroba, pica, molesta y sobre-semantiza. //

maxxguetta

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