Carolink Fingers
12.11.2014

Querer ser Cerati

por carolinkfingers

Me fui a vivir con 25 años a Santiago de Chile.

El primer disco que escuché con fruición de la discoteca de mi amigo allí, que después fue padre de mis hijas, se llamaba Signos. Poco después fue uno llamado Amor amarillo. Un año más tarde Gustavo Cerati visitaba la ciudad, con un concierto de la gira de Bocanada. En el Teatro Monumental, éramos miles para verle. Los miles eran lo normal, y sin embargo por entonces aquellos éramos una pálida sombra de lo que había sido el recibimiento a Soda Stereo en sus giras en los ochenta en esa ciudad.

Él estaba, año 1999, regio, tanteando su nuevo camino, sabiéndose dios de otra época, exultante. Re-creándose.

Mi amor por Gustavo Cerati está atravesado por mi amor a Santiago de Chile, cosas de la biografía.

Atravesado por mi amor a aquella etapa, a la América que siempre había querido conocer, a la frescura que sentía en cada cosa, a la ausencia de legado, a la juventud (en este caso mía) cuando creía que podía con todo. Fue una dulce época de relativización. De ser acogida como una más, disfrutar del pastel de choclo y el ají en todas las comidas. De hablar chileno a todas horas para que no me tratasen distinto por ser de la “madre patria”. Y embeberme.

Amé la voz de Cerati desde que la conocí. No hubo titubeos. Mi forma de escuchar música era muy distinta de la que es ahora pero ambos, Soda Stereo y Gustavo Cerati, pasaron a formar parte de mí.

Los años, las décadas, avanzaron. El curso de las cosas me trajo a España de nuevo. Cerati continuó haciendo discos. Lo vi dos veces más en conciertos más pequeños, como si fuese un artista que comienza, cuando visitaba Madrid promocionando Siempre es hoy y Ahí vamos (disco completamente prescindible, con un ‘Lago en el cielo’ y un ‘Crimen’ que casi lo salvan).

Hace dos meses se moría, de esa extraña forma, en que llevaba medio muerto cuatro años. Hace dos meses sentí que se me moría una parte de la juventud.

En esos conciertos madrileños, me acuerdo de él cantando Bocanada, Puente, Camuflaje, cigarrillo en boca. Tan lejos del dios principito que fue para los argentinos y latinoamericanos cuando le dio por orquestar sus canciones, en un giro kitsch de quien sabe su maestría incuestionable.

Me acuerdo de su porte gigantesco -tampoco era tan alto-, enfundado en una americana y con los rulos medio largos. Me acuerdo de intentar convencer a una revista de tendencias musicales, de acá, de que había que sacar algo sobre la vida en solitario de Cerati -y conseguirlo aunque fuese un faldón-. Me acuerdo de hablar por teléfono con Cerati una hora para una nota de no más de 3000 caracteres.

Lo hipster no entiende de hazañas de dos décadas y millones de fans.

Como periodista musical, yo era fan -y quizá por eso dejé de ser periodista musical. Me costó horrores volver a escuchar Bocanada después de separarme. Ahora todos sus discos, todas sus canciones, del grupo y en solitario, han sido re-apropiadas.

¿Vosotros sabéis escuchar música independientemente de lo que significa en vuestra vida? Yo no. Soy fan.

Pero es otra cosa distinta de ser fan, pensaba el verano pasado cuando tenía esta nueva calentura…

Sin saber del desenlace, este verano escuchaba de nuevo Dynamo, uno de los grandes de Soda. Paladeaba, volaba en los acordes, me cantaba las letras en el tono del cantante que se parece mucho al mío -y es algo que me fascina. Mientras escuchaba este disco, un día y otro, me di cuenta de que no sólo es Soda, en mi vida de escuchante me han gustado miles de grupos así como muy macho, muy viriles, muy de frontmen y líderes guapos y atractivos (Cerati era un feo atractivísimo, me digo).

El rock es macho, no sólo hecho por hombres: es un territorio generado alrededor de los valores culturalmente asociados a lo masculino. Como tantas cosas, por otro lado.

Ser fan, de Soda, de U2, o de los Replacements, ha sido rendir tributo a ese saber estar, a esa sobraduría, a ese lugar de enunciación subrayado, confiado, bravo. Por decirlo rápido.

Ellos arriba. Nosotras abajo.

Se ha conseguido, en la historia de la música, “compartir” mínimamente ese lugar de enunciación, pero las mujeres tienen el pop como territorio, y otros lenguajes. El rock es macho. No estoy invisibilizando aquí a las que sí consiguieron asaltar ese lugar, y cada día lo consiguen -desde que era niña he escuchado con pasión a docenas de rockeras-.

Dándole duro a Dynamo pensé que lo que me gustaba de Soda -y me han gustado de otros-, lo que persigo cada vez que me pongo un disco de Cerati, era querer cantar eso, era querer ser eso, era tener al menos una pequeña esquina de ese lugar de enunciación. Llevar con orgullo esa sobraduría, esa seguridad y confianza en uno, en una, poder decir con toda la mala baba “disparé una frase al viento y un hombre cayó”…

Cuando ya hemos roto tantos discursos, cuando no nos valen los sitios pasivos, cuando por supuesto hay mujeres en la música haciendo cosas extraordinarias, yo estaba un día y otro y otro más con esos discos, y cantándolo, me decía:

Es su sobraduría lo que quiero. Es esa cuestión interior, que incluso siendo hombre está reservada a unos pocos.

Es saber salir ahí vestido de principito sin se te mueva un rizo.

Hace dos meses se nos fue. No importa. Aprendí de todo con él. Aprendí.

Me di cuenta de que nunca quise ser fan de Cerati, quería ser Cerati. Lo que equivale a decir que quiero tener una cuota, la mía, de eso, de ese lugar de enunciación con una potencia que no pide permiso ni pide perdón ni se cuestiona ni mira al de al lado. Ese lugar en el que te muestras vulnerable y mola y casi todo el resto del tiempo eres un dios. Es ser canchero / canchera simplemente porque tú-lo-vales.

Tengo un amigo que me dice por esto que soy la feminista machista, me río y se lo discuto. Le digo que no ha entendido nada. Que es ahí -desde ese espacio de poder simbólico que no pide ni tiene dudas ni es inseguro, que usurpa tu lugar en el asiento del transporte público, que toma el micrófono sin titubeos- donde queremos llegar: algunas sí, otras no, pero no tener que dar la batalla para ello. No se trata de ser “masculinas”, sino de usar y abusar de aquellos atributos culturalmente asociados a lo masculino que nos sirvan en cada momento. Y a mí, ser así de canchero me pone aunque no sepa.

Cerati se permitía ser lo que quisiese, y lo fue durante casi tres décadas. Lo duro y lo blando. Lo correoso y lo suave. Le salía natural ser tan dios. E imito sus giros vocales, una y otra vez, en el pensamiento mágico de que se me pegue algo de su sobraduría o cancherudez sobrenatural.

Quizá ni siquiera es algo reservado a un género -que cada día lo es menos-, quizá era tan sólo suyo. Es ese lugar de enunciación, que sólo se rinde ante sí mismo, lo que quiero. Te fuiste, qué mala onda. Quiero ser tú.

Pero hoy ya no soy yo.

1

comentarios

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1 - abrelatas 13.11.2014 - 9:37

Hola 🙂

Cosas que me hacen pensar:

– Sigo pensando en que me gusta mucho la forma de abordar el concepto de “fan” del viejo Jenkins: fan no de fanático, sino fan de alguien que es capaz de “amar y criticar a la vez”. Fan como alguien capaz de re-escribir el deseo hacia el objeto deseado (e incluso a veces, re-escribir el propio objeto).

– Ese lugar de enunciación…esa sobraduría…¿somos capaces de construir un espacio así en el que además de no estar copado de forma imperativa por hombres, también se inserte en las lógicas de lo comunitario y lo colectivo?

– Por último, la noción de feminista-machista…no me seduce mucho la definición 🙂 Pero creo que tenemos que pensar en formas de abordar (desde el lenguaje) los matices a los que nos obliga la complejidad de este tema. Feminista-micromachista! No sé, pensémoslo…

Gracias Carolina, escribir es remezclar la vida, un beso.

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