Carolink Fingers
20.08.2014

de esa cosa natural tan antinatural

por carolinkfingers

No se trata de quedarnos en los cuidados porque, por mucho que luchemos contra ello, no logramos romper con su naturalización como cuestión femenina. Pero sí podemos partir de los cuidados para llegar a otros lugares. A pesar de todo, como afirma Silvia L. Gil, aunque quizá “en un futuro podamos encontrar una palabra más adecuada y con menos carga simbólica que la de “cuidado” […] la reivindicación en torno al cuidado puede convertirse en una crítica profunda a la organización de la vida en su totalidad, que no parte tanto de una formulación ideológica como de la experiencia cotidiana”.

Amaia P. Orozco en Subversión feminista de la economía (p. 221)

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Y todo permanece, y no se sabe por cuánto tiempo más va a permanecer. Quiero pensar que el colapso está cerca. Quiero imaginar que las generaciones que ahora están creciendo ya no aprenden el mismo esquema de “cuidados asociado a género” (*). Hablábamos de radicalizar los cuidados. Hablamos mucho por aquello de poner en valor todo el trabajo de sostenimiento de las vidas, y a eso se están dedicando hermosos libros, debates y diálogos que hacen mucha falta; este verano me estoy preguntando mucho sobre la validez de esa “reivindicación” mientras siga saliendo de nosotras, de las mujeres.

Claro pero, ¿de quién iba a salir? Sigo creyendo que hay una potencia en ello. Y, a la vez, no me vale del todo. Creo a veces que se podría convertir en otra cosa. En un movimiento reaccionario de ensalzamiento de lo-que-las-mujeres-siempre-han-hecho. He visto muchas veces cómo se escucha, intelectualmente se comprende el discurso, pero el cuerpo se deja descansado y mullido donde sabes que, más o menos, va a seguir recibiendo cuidados. Es muy cansado poner en crisis un sistema cuando eres el puntal de abajo del mismo, la base de la columna sobre la que se sustenta el capitel. Pero ¿quién si no la base de la columna podría poner en crisis el andamiaje?

Quizá las feministas de los setenta tenían algo de razón al rechazar la maternidad (entre otras cosas): eran las bases saliéndose de su lugar, voilà, desplazándose un rato, dejando lo demás en profundo desequilibrio. Pagaron un precio por ello.

Leí y subrayé y utilizo profusamente La fantasía de la individualidad (Almudena Hernando, Katz, 2012), aunque ahora no lo tengo delante para citarlo. No se dedica a descomponer-recomponer el sistema de los cuidados, sino el sistema de las identidades, y desde ese punto de vista es tremendamente útil. El libro define dos identidades sobre las que se ha sostenido el mundo moderno: la individualidad dependiente –los individuos falsamente autónomos, como la parte visible del iceberg sostenida por la base de todo el trabajo invisible relacional y de cuidados- y la identidad relacional, fundamentalmente la que actúan las mujeres desde hace varios siglos, la identidad de quienes también viven en el mundo complejo, científico y razonado y, sin embargo, proveen los lazos emocionales que sostienen a los grupos, aunque sean los pequeños grupos familiares en que se compuso la sociedad contemporánea. Es una forma resumidísima de contarlo.

Intelectualizo mientras estoy de vacaciones con mi familia. Siempre lo hago, lo siento por todos. Mi padre es un hombre que debiera haberse jubilado ya. Estamos en el pueblo. Se pasa el día sentado con su libro. Digo que se pasa el día, no exagero ni un pedacito. Entre medias se levantó de la silla y apartó el libro para sentarse a la mesa del almuerzo y de la cena, escuchando los platos. Todo lo que permanece en este mundo lo hace por el trabajo que realiza alguien y suele ser una mujer que no sabe cómo librarse de los trabajos domésticos y las atenciones a los demás, sea cuál sea su estatus, sea cual sea su edad; éstas son mujeres que, en el análisis de Hernando, han topado con un límite, quizá, entre su identidad independiente y su identidad relacional, un conflicto irresoluble que resuelven, sí, a expensas de ellas mismas. Que se da en el interior de las mujeres -dejamos de lado a las de clase alta, quizá- con un mayor o menor grado de autoconsciencia y se plasma en lo que Hernando llama “individualidad independiente”. Aquí mezclo conscientemente trabajos afectivos y emocionales con trabajos de cuidados. Así es como las mujeres los hacen. Alguien tiene que hacerlo y menos mal. El poso sobre el que todo esto descansa es la naturalización.

Dalla Rosa escribía en los 70: “El cuerpo social es un cuerpo, ni más ni menos, no es divisible, y replantea el problema del cuidado en un eterno retorno” y por ello aquellas feministas exigían un salario para el trabajo doméstico. Hoy, el debate quiere hablar de cuidados como una de las patas centrales para el sostenimiento de las vidas, no sólo señalando su valor económico, además reclamándolo a la vez como deber y como derecho.

Pero estoy en el pueblo con mi familia y siento todo ese discurso como un montón de buenas intenciones. No digo que no haya solución. Tiene que haberla. Aunque sea, otra vez, sobre nuestras espaldas, sobre las de las mujeres y algunos hombres. Silvia Federici, que de esto ha escrito un montón, se pregunta “El problema es entonces cómo se lleva esta lucha fuera de la cocina y del dormitorio, a las calles“.

Pero yo creo que la cocina es el territorio de lucha. Tan importante como el afuera. Quiero pensar que estoy viendo las cosas de forma retorcida. Veo a los hombres pensando (ni siquiera es un pensamiento, de  tan interiorizado) que nosotras estamos para cuidarlos (**). Ellas -y nosotras- cuidamos, dando afecto en forma de tareas. Pero el amor no debería darse así, al menos no en este desequilibrio. Algunos han traspasado ese umbral. Algunos alargan la mano para ocuparse de tareas que consideran “suyas”. Siento que esto esté lleno de resentimiento.

Hablo con mi madre. Le digo “deja de cuidarlos”. Que tienen más años que matusalén y ella, siempre, al final, está ahí para cambiar sábanas, prepararles la sopa, recoger su mierda, ella es la que soporta la identidad relacional del grupo (***). Está suficientemente sana aún, el impulso sale de ella, aunque se resista, es como un resorte, yo traigo mis lecturas y mi intelectualización, yo también lo estaría haciendo si no lo hiciese ella. Me siento en una pieza teatral. He conversado con ella como si fuese una pieza teatral en la que madre e hija discuten sobre la cantidad de cuidados (que aquí debería llamar llanamente tareas de limpieza y cocina) que dispensamos a los hombres con los que hemos vivido. Son personas grandes, independientes, autónomas o, como dice Hernando, “individualidades dependientes”. De forma más o menos explícita dejaron a sus madres para estar con otras que hacían de madres. “Tú también estarías haciéndolo”, me espeta. “No, no estaría haciéndolo”, respondo, hace cinco años que vivo sólo con mujeres y sí, cuido, mucho, y cuido conscientemente, pero la verdad es que no sé qué sucedería de estar en una relación. Le digo que no lo hice tampoco cuando estaba casada, pero es mentira. Le digo que le habría agradecido mucho a cualquiera que, cuando tenía veinte años y estaba con un novio que pensaba que yo era su madre, me lo hubiese hecho ver. Le digo que… no sé si estaría cuidando, porque se cuida por amor también -esto es así, infinitamente resumido, y casi sin crítica por ahora, en la “institución maternal”, como la llamaba Adrienne Rich.

No sé hasta qué punto la intelectualización se ha tragado a la “naturalización” de lo que aprendí durante veinte o treinta años. Y sé que hay una sabiduría propia en cuidarnos pero… que lo sepa yo no sirve de nada si no lo puedo comunicar a quien no ha sido entrenado desde la cuna para cuidar. Vaya, quisiera saber qué se siente cuando “cuidar” no es una parte indisoluble de la identidad de uno (***) y nadie pone en duda lo “mala mujer” que eres si rechazas esas tareas.

Vaya, quisiera saber qué se siente cuando querer a otro no es necesariamente levantarse a hacer el desayuno, y lo haces, sí, pero eliges hacerlo. Estamos en un momento de reacciones duras y densas y a menudo no sé si todo está a punto de colapsar hacia dentro o hacia fuera. Aunque hoy sólo quería desguazar con mis dedos este hecho: cómo reivindicar los cuidados cuando salen de nosotras y van a seguir saliendo, cómo hacer potente esa reivindicación cuando lo que intelectualizamos coincide con el mismo molde que se nos enseñó como “lo natural”.

Las olas feministas han hecho una parte del trabajo pero cuando te vienes al pueblo no ves más que mujeres cuidando. Mujeres que hacen comida para sus maridos, e hijos, y luego para sus mayores que se han puesto tan mayores que enfermaron, mujeres que no salen de su guarida más que para llevar tuppers de comida a los hermanos solteros, tan mayores como ellas. Y entonces, muchos me diréis, estás escribiendo llena de resentimiento.

Y si es así es porque quiero des-gajarlos, des-guazar los cuidados del adn de haber nacido mujer y no sé cómo. Quisiera saber cómo habría sido de haber tenido dos hijos, en lugar de dos hijas. Prestadme a los vuestros, que tengo un experimento que llevar a cabo. Veo y vivo y conozco a hombres valientes de mi generación y más jóvenes saltándose las limitaciones en las que han sido educados y absorbiendo los cuidados como una parte de sus tareas, y veo también que les damos una importancia desproporcionada que no daríamos a una mujer que hace lo mismo.

Sé que todo esto es desordenado y sé que debería ordenarlo. Sé que cuando mi madre necesite cuidados se los voy a dar y voy a hacer lo mismo con mi padre y, claro, sé que también trabajó por nosotras, de otro modo, como el proveedor clásico asociado a su género. Claro que lo sé. Es una mierda que, por ejemplo, no me acuerdo mucho de mi padre cuando yo era pequeña…, pero esa deconstrucción de “rol” no me corresponde y es una historia que, de momento, no voy a contar.

(*) todo este texto está lleno de generalizaciones.

(**) todo este texto está lleno de generalizaciones.

(***) todo este texto está lleno de generalizaciones y algunas imprecisiones necesarias para la escritura.

// Sobre la “madre” como rol cultural y sobre el desmontaje de mitos y estereotipos en la maternidad contemporánea, sacamos la segunda edición del taller ‘Desmontando a la madre’ para empezar en septiembre, en Campus Relatoras//

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1 - Esperanza 26.09.2014 - 12:27

Hay una filósofa americana, Nel Noddings que habla de la “ética del cuidado”, como la médula fuerte y poderosa que sustenta la vida humana. En su libro la Educación Moral realiza propuestas alternativas a la “educación del carácter” en la Escuela. Ella pone el énfasis en la relación y no tanto en el individuo (en las virtudes individuales).
He caído en tu blog de casualidad (no existe). Me gusta.

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