Carolink Fingers
01.01.2012

Winesburg, Bloodbuzz, Ohio, Sevilla

por carolinkfingers

Traducción libre/remezcla de El libro de lo grotesco, primer relato de Winesburg, Ohio (1919)

La escritora, con su blanco mostacho, tenía algunos problemas para subir a la cama. Las ventanas de la casa en que vivía eran altas y le gustaba mirar a través de ellas las historias de sus contemporáneos. Un carpintero vino a arreglar su cama Fogwill, para que así ella pudiera mirar por las ventanas cuando se acostaba.

Menudo lío montaron para eso. El carpintero, que venía de la misma provincia que la vieja escritora, llegó a la casa y se disponía a construir una plataforma para elevar la vieja cama. La escritora tenía rosas en un jarrón, así que el carpintero se puso a mordisquear una.

Por un rato los dos estuvieron hablando de la elevación de la cama, y después pasaron a hablar de otras cosas. El carpintero llegó al tema de la Guerra Civil. En realidad fue culpa de la escritora que llegaran a ese asunto. En la Guerra Civil había pasado mucha hambre, de la que se resarció a base de mostachones de Utrera por varias décadas, pero había perdido un hermano. El hermano había muerto de hambre en la guerra. El hombre, como la escritora, llevaba un blanco mostacho y cuando hablaba del tema lloriqueaba con el bigote tan arrugado como cuando masticaba mostachones y rosas. El plan que tenía la escritora para la elevación de la cama fue olvidado y, más tarde, el carpintero lo arregló a su manera, de tal modo que la escritora tenía que ayudarse de una silla para subirse a la cama del diseñador Fogwill.

En su cama, la escritora se cubría y quedaba muy quieta. Llevaba años preocupada por las alteraciones de su corazón, era  fumadora empedernida y sentía que a ratos éste se encabritaba: “soy un viejo zumbido de sangre”, le oía decir. Pero no se inquietaba. El hecho en sí era de una especie difícil de explicar. “Soy un viejo zumbido de sangre”. Esto le hacía sentir, allí en la cama, más viva que en ningún otro lugar. Quedaba muy quieta, con su cuerpo viejo allí, no muy útil para nada, pero algo dentro de ella era todavía muy joven. Era como un hombre joven. Dentro de ella, latía un miembro viril, un pene que se inflamaba con las ideas nocturnas. Sólo que no tenía pene. Y éste llevaba un lacito rosa prendido. Es absurdo, como véis, tratar de explicar lo que sentía la vieja escritora. “Un zumbido de sangre en Ohio, Sevilla”. Eso es lo que pensaba la escritora vieja, o el pene joven dentro de la escritora vieja.

Como casi todo el mundo, la escritora había tenido a lo largo de su vida una gran cantidad de ideas en su cabeza. Alguna vez había sido muy atractiva, y muchos hombres se habían enamorado de ella. Y también había conocido gente, mucha gente, en una manera muy peculiar en la que tú ni yo hemos conocido gente. Al menos, eso pensaba ella, y el pensamiento le hacía sentir bien. ¿Por qué discutir con una vieja que tiene estos pensamientos?

En la cama Fogwill, la mujer tenía un sueño que no era un sueño. Tal como se iba quedando dormida, pero aún estando consciente, innumerables figuras empezaban a aparecer delante de sus ojos. O delante de los ojos del joven pene que tenía dentro de ella.

Y las figuras que pasaban delante de sus ojos -de los ojos de los dos- eran todas figuras grotescas. Los hombres y mujeres que la escritora había conocido alguna vez se habían vuelto grotescas.

No todas eran desagradables. Había grotescos divertidos, había grotescos bellos. Y en especial una mujer, vestida toda de sombras de lugares comunes, hirió especialmente la sensibilidad de la escritora. Un viejo zumbido de sangre subía a su cabeza y gimoteaba: “Te lo debo, te lo debo”.

Por más de una hora, la procesión de figuras grotescas se sucedió ante sus ojos, y más tarde, aunque no era cosa fácil de hacer, descendió de la cama y se puso a escribir.

Porque ya era hora.

Lo que escribió no fue nunca publicado.

Pero una vez lo tuve ante mis ojos y dejó una marca indeleble en mí. Había en aquello una idea central que era muy extraña a mis ojos, pero se quedó para siempre conmigo. Cuando la recuerdo, entiendo muchas de las cosas que he hecho, escrito y leído en mi vida.

La escritora había remezclado la verdad.

La verdad es que la escritora había reescrito a un escritor nacido en 1876 y muerto en 1941. Y que el escritor había remezclado a sus semejantes, a un carpintero veterano de la Guerra de Secesión y a todos los hombres y mujeres con los que llevaba seis décadas compartiendo pueblo, días y aventuras. La verdad es que el escritor había remezclado, en los párrafos finales de este cuento, nada menos que el libro de El Génesis.

Cada persona decía tener su verdad y con su verdad única e inimitable iban y venían de un lado a otro, pretendiendo tener más verdad que el resto de sus semejantes.

La escritora había escrito cientos, millones de verdades en sus innumerables páginas, porque todos tenían la suya, y el escritor tenía la suya, y el lector del escritor tenía la suya propia, y así cada persona que había pasado por sus páginas, y aquello que había visto desde su cama Fogwill con su pene joven con ojos no se agotaba nunca, jamás.

A cada palabra, a cada párrafo, las verdades se reproducían, creaban nuevos seres y mutaban. Y así desde El Génesis hasta hoy.

Cuando la escritora terminó de reescribir aquello que había visto desde su cama Fogwill con su pene joven con ojos, se dio cuenta de que no había nada grotesco en ello. El asunto se había vuelto tan grande en sus manos que ella misma se sentía desvanecer. Debe de ser por eso que nunca dio a publicar su trabajo.

Les dio un beso a cada uno de aquellos seres y los dejó ir al dominio público.

En cuanto al carpintero, el que elevó hasta la altura de la ventana la cama, es el único que tiene derecho a pedir derechos de autor en esta historia. Pero no lo hizo.

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Ésta es mi contribución a la celebración del día del Dominio Público en la blogosfera de ZEMOS98. Hemos querido programar un post porque hoy, 1 de enero, entran al Dominio Público en España la obra de multitud de autores y autoras de diversos tipos. Con estos post colectivos hacemos nuestra fiesta particular al mismo tiempo que reivindicamos el acceso a la cultura como derecho fundamental. Sherwood Anderson murió el 8 de marzo de 1941. 70 años después yo cumplo 38 y su obra pasa al dominio público en el mundo, salvo en España. El texto utilizado para esta traducción-remezcla está disponible aquí.

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comentarios

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1 - Pedro Jiménez 04.01.2012 - 19:26

Jajajaja me encantan «las croquetas» tipo Mostachones de Utrera porque es convertir la remezcla en un juego de adivinanzas!!

2 - Carolina 06.01.2012 - 2:11

Lo de las «croquetas» es… ¿una forma de decir «mejunjes», «preparados»?
Me divertí horrores remezclando esto. Quiero contar un poco la trastienda: no conocía a Sherwood Anderson. Leí que era considerado «maestro» por escritores del s. 20 que a mí me gustan (tipo Faulkner). Y que su libro más famoso es «Winesburg, Ohio».
Llevo semanas sin despegarme de un disco en el que se escucha una canción llamada «Bloodbuzz, Ohio».
Ahí va otra croqueta.
Luego, la traducción es bastante fiel, aunque se desmelena en la apropiación del escritor como escritora: lo que en él es «una mujer joven», «como un embarazo», en ella es «un hombre joven», «un pene».
Por lo demás, me entusiasmé con este texto cuando me di cuenta de que la última parte (así lo cuenta la edición de Aguilar que leí antes de traducir) es directamente remezcla de el Génesis. La excusa político-remezclada me la dio hecha!
Ah, lo de la cama Fogwill sí es un chiste privado del todo. Fogwill y Anderson se parecen un poco, por cierto, en las fotos. El caso es que ESTA escritora tiene una cama, desde que se mudó a su nueva casa, en la que ha dormido Fogwill. Y de ahí que mi cama REAL no remezclada se llame la cama Fogwill.

3 - Nadie se acuerda de nosotras mientras estamos vivas « Carolink Fingers 06.01.2013 - 1:48

[…] celebrar el día del Dominio Público, acudí el año pasado con un cuento de Sherwood Anderson que acribillé sin piedad. Al llegar la invitación de este año, dije sin dudar que quería hacerlo. Me puse a rebuscar en […]

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