Carolink Fingers
21.03.2017

Apuntes para un debate inagotable (que espero que se agote para que empecemos a bailar)

por carolinkfingers

¿«Feminizar la política»? Lo voy a escribir una vez y no más, tan sólo con el fin de situar este texto. La expresión apareció en medio de una de las últimas campañas internas de Podemos, caló más de lo que hubiese deseado, y el eslogan (así me referiré a él a partir de ahora) abrió un debate sobre cuestiones que me apelan y creo que son importantes: por eso escribo esto.

Pero: ¿de qué modo hablamos de esas cuestiones?

Me debatí como gato panza arriba contra el eslogan. Como no aclaremos ciertas cosas, ciertos términos y bases, dije, la expresión no puede más que confundirnos y hasta debilitarnos. Y hacernos chorrear textos de uno y otro signo. No es malo, no, el debate en sí mismo. Pero dispara mi prevención. Me he ido guardando los apuntes tan sólo porque el debate me encontró en los últimos meses de redacción de un libro cuyo tema está íntimamente relacionado –en su origen y desarrollo– con todo esto.

No pretendo en este texto forzar nada ni llegar a conclusión alguna. Busco dialogar con lo aprendido y, sí, quedarme con lo interesante del asunto. Hace ya algunos años, abrí una «investigación», espoleada por el debate que manteníamos entre varias, con mujeres involucradas en luchas feministas y sociales, sobre lo que llamábamos «retaguardias»: fue una manera de enfocar, en breves palabras, a lo que sostiene la política, el activismo y la movilización. Volveré después a esto.

Frente al escenario reciente de asalto institucional y de muchas personas (hombres y mujeres) «novatas» en la política de la representación (clásica), reclamando aquel eslogan, me pregunté qué quería decirse con él. Trato de diseccionar:

  • En los motivos, a menudo, parecía decirse algo como «incorporar valores femeninos»: digamos formas, rasgos, comportamientos y saberes asociados culturalmente a lo femenino, y que tradicionalmente han portado las mujeres (escucha, afecto, cuidados, ternura, empatía y no sé cuántas cosas más). Sin una revisión exhaustiva de esto, sin desencajar lo «femenino» de «las mujeres», en el primer recodo del camino, se llega a un renovado esencialismo que se traduce en: «Las mujeres sabéis hacer x o y por naturaleza» o «Podemos aprender de nuestras madres que sabían cuidarnos»; sin revisar ni por un segundo cómo se produjo ese milagro. Las reacciones esencialistas acosan a este lenguaje en torno a lo «femenino».
  • Otros textos en torno al asunto apuntaban al tema de la representación y las cuotas. Batalla no menor, la de las mujeres en la política «institucional» (este tema se puede/debe ampliar a ámbitos activistas heterogéneos, más o menos clásicos). El «asalto» que se lleva perpetrando desde hace un siglo (de la política o de las universidades) es una cuestión que tiene su importancia. Lo que sucede cuando los sujetos no convencionalmente habilitados para esa política (de la institución, del Estado) acceden a ella es que se tienen que adaptar a las formas prescritas («masculinas» en el sentido también de «valores asociados culturalmente»). Esto es lo que contaba Gala Pin en este texto, meridianamente.
    Pero: esto se puede convertir rápidamente, a su vez, en una simple receta: «Añada mujeres y revuelva», nos dijo Raquel Gutiérrez sobre su experiencia en el activismo en países latinoamericanos en la última década y media.
    La representación y las cuotas son un frente (no vale continuar perpetuando un espacio de política que no cuente con la mitad del mundo), pero compartir esa política sin problematizar el espacio y las formas, puede convertirse en «compartir el cincuenta por ciento del infierno» (palabras también de Gutiérrez). Creo que esa expresión define a la perfección la experiencia de muchas mujeres en la política profesional (como también define la experiencia de las mujeres en el mundo de la empresa, por ir algo más lejos).
  • Aquel lema podría querer decir, también, contenidos. Por aquí me empiezo a congratular. Incorporar preocupaciones, temas y reclamos del mundo de las mujeres (de su experiencia situada e histórica) y especialmente reivindicaciones feministas. Leyes que protejan los derechos sobre nuestros cuerpos, que castiguen la violencia y el asesinato machista, el abuso sexual, el abuso infantil, reivindicaciones económicas (sueldos, pensiones, coberturas sanitarias, partidas para investigación): OK. Un mayor número de mujeres en la política puede garantizar una mayor sensibilidad a estos asuntos, que estos contenidos se incorporen de un modo más rotundo sin que se entiendan «de parte». No restaré importancia a todo eso.
  • Pero, en el último eslabón, el que me parece realmente importante, están los procesos y las prácticas. Esto ha de entenderse como un modo de hacer (sentir, pensar, producir y colaborar) «de las mujeres» en razón de sus experiencias, del aprendizaje compartido, y de un pensamiento múltiple feminista que nace directamente de estas. Montserrat Galcerán propuso, hace pocos días en una charla en Traficantes de sueños, hablar de «prácticas feministas» o de un «devenir feminista de la política». Definitivamente, el eslogan no nos vale pero sirve para volver a introducir una reclamación: no es posible seguir separando la política de la vida. La política ha de ser desordenada, como los feminismos han desordenado tantas otras cosas.

Si supiera definir qué es «política»… Dos mil años de tradición y academia dirigida por el orden patriarcal no se pueden subvertir en cien años, pero muchas cosas se han movido de su sitio. Dos tradiciones fundamentales se esconden detrás de la idea (a mi modo de ver, con poca academia):

  • Política como diálogo, desde la polis hasta hoy: asamblea de hombres libres y autosuficientes cuyas necesidades materiales están escondidas y cubiertas en otro lado.
  • Política como enfrentamiento y guerra, habitualmente portada por gobernantes y generales. O todo a la vez.

En cualquiera de esas tradiciones, la política no tiene nada que ver, en absoluto, con la vida: con su reproducción, conservación y cuidado. Con la vida en su sentido más material y tangible.

De eso es de lo que saben las mujeres en todo el planeta, aunque no sepan nada (lo saben todo) de política: de cuidado y preservación de la vida.

Por ello, siguiendo esa estela de intuiciones, hace unos años la noción de «retaguardias» nos fue útil. No incluía ningún término «femenino», no se asignaba a una parte u otra, trataba de sacar al aire la discusión sobre la vida que se ha de cuidar, para sostenerla. Ya sea en el formato de guerra o en el otro, el del teatro de las identidades que tenía lugar en la polis, la vida era algo que se mantenía separado, apartado, naturalizado, dado por hecho, y estigmatizado incluso, de la idea de política. Mantenida por otras.

Con la noción de «retaguardias» (cargada del mismo léxico bélico, pero que valía por igual para nombrar el «hogar» de la contemporaneidad donde se esconden todas las atenciones a lo privado), pretendíamos pensar y practicar una política que incluyese la vida de raíz. La vida así incluida en el nodo tendría que, por fuerza, subvertir algunos órdenes. Tendría que introducir esa vida (sus condiciones de reproducción) en la política y dejarse de separar en «esferas»: ojalá.

Por ello se convirtió en mi tema obsesivo: los ¿cuidados? Sí, entendidos en un sentido amplio, desgajados del enclaustramiento al que se someten en nuestra cultura (en tantas), y entendidos como una función social oculta, de modo interesado. Enfocados esos cuidados tareas infravaloradas, cotidianas, ineludibles, dadas por hecho como todo eso que produce la política. La vida, vaya.

Detrás de la sugerencia de Galcerán de hablar de «prácticas feministas» o de «devenir feminista» de la política puede haber muchas cosas rescatables: puede significar privilegiar procesos sobre resultados (el aprendizaje en común, colaborativo y horizontal como primer resultado deseable); puede significar incluir formas no normativas de política: el diálogo sin fines, la cháchara, como herramienta de aprendizaje común; puede querer decir incluir, todo el tiempo, a sujetos y sujetas independientemente de sus capacidades (¿niños? ¿ancianos? ¿diversos funcionales?). Las mujeres en esa política de la representación se han de adaptar al molde del sujeto normativo (el Blanco Burgués Varón Autónomo y Heterosexual en terminología de Amaia Pérez-Orozco). Todo eso, todo ese desorden, podría darse a partir de una concepción radical de lo que nos sostiene, las prácticas de cuidados, como práctica política ineludible; ese es el margen, esa es la grieta. Al menos la que me propuse enfocar, desmenuzar y contemplar desde las prácticas y experiencias de otros y otras.

Centrarme en los «cuidados» desde esta óptica tenía por fuerza que considerar la estructura que asigna esas labores al espacio privado, a lo doméstico, a la parte mujer de la sociedad. Es desde ahí desde donde la parte mujer (nuestras experiencias del norte y del sur, de lo rural y de lo urbano) ha adquirido saberes, experiencia y noción de su valor, no desde ninguna «esencia». Es desde ahí desde donde se pueden forzar las nociones.

Y buscar desde ahí una política «otra», un liderazgo «otro», un saber compartido y unas prácticas que mixtifiquen todo lo anterior.

Si la representación, las cuotas o los contenidos son importantes, donde me detuve a mirar es en las prácticas, las experiencias más o menos azarosas que encontré, de esa interrelación. El camino emprendido para escribir este libro fue de escucha, registro y observación de lo que tenía a mano. Cuándo, dónde y cómo se produce una política que cuide o unos cuidados que se incorporen a lo político. ¿Era posible ver una cosa y la otra juntas? Algunas cosas encontré, claro. No agoto aquí ni agoto allí el tema.

Independientemente del éxito o fracaso de las nociones, muchas cosas se han hecho y se están haciendo (el reciente órdago de la huelga de mujeres no es tema menor): lo que sucede es que cuando insistimos en los palabros se nos escapa lo concreto. Lo concreto es lo que lleva en sí mismo la noción de «cuidados» que, cuando interrelacionamos con la política, llamamos «retaguardias».

En uno de los encuentros de estas últimas semanas con Rita Laura Segato (quien confesó que «feminizar» no le incomodaba, como idea que incorporaba la experiencia y la historia de las mujeres en el devenir del mundo actual) y con Raquel Gutiérrez, Rafaela de Territorio Doméstico nos dijo: «Basta de etiquetas». En su experiencia, tanto debate sobra. Y puede que tenga razón.

Estas mujeres, que se habilitan como sujetos que toman la voz y la acción desde sus contextos situados (el del empleo doméstico y el de las migrantes) tienen demasiado que enseñarnos. Una parte de su experiencia, también, ha sido recogida en el libro. Ese debate inagotable, que espero que se agote en tanto que palabros y nos permita la práctica de una vez, es el de una política que produce realidades sin dejar a ninguna fuera.

Hay mucho que subvertir todavía. Todo esto, me dijo otra de las personas entrevistadas en el libro, hay que entenderlo como una «laborcita de zapa».

Lo que me enseñaron estas mujeres (y bastantes de las personas entrevistadas) es que la política otra se hace, se experimenta, se disfruta, se encarna, se siente, se cuida y se baila. Y es una función del cuerpo, no divorciada de la vida, tan intensa y tan profunda como ésta. Nos falta mucho para desordenarlo todo, pero estamos en ello.

portada_trincheras

// «Trincheras permanentes» aparecerá en mayo editado por Pepitas de Calabaza //

/// Me he estado guardando estas notas, pero también han tenido lugar a partir de la visita en España de Raquel Gutiérrez y Rita Laura Segato, en el contexto de las presentaciones de sus libros editados por Traficantes de sueños. He aquí una coleccción de enlaces.

La guerra contra las mujeres (de Rita Laura Segato)

Horizontes comuniario-populares (de Raquel Gutiérrez)

Y el montón de artículos que desencadenó el eslogan y la discusión reciente:

Silvia L. Gil: Feminización de la políica

Mª Eugenia R. Palop: Feminizar la política

Gala Pin: Hombres de más 40 años con corbata

Montserrat Galcerán: Feminismo de gestos

Clara Serra: Feminizar la política para una política feminista

Luisa Posada Kubillas: ¿Quién “feminiza la política”?

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