Carolink Fingers
07.11.2016

Bilingüismo

por carolinkfingers

Una cosa buena tiene que a los menores de dieciséis años no los dejen ir solos a los conciertos: madres, padres o tíos postizos se ven obligados a compartir sus «fanatismos» un par de veces al año, a hacer la cola con ellos, a acudir arrastrados por ellos, después de las miles de veces que fueron arrastrados por nosotros a reuniones familiares o de grupos de trabajo aburridísimos. Cuando hoy hemos acudido juntas, con mis hijas de diez y quince años, al primer concierto en Madrid de Melanie Martínez he pensado todo eso, por cuarta o quinta vez, y también que en un par de meses mi hija mayor ya no va a necesitar carabina para disfrutar de la siguiente cantante que le entusiasme y se deje caer por aquí.

La adolescencia es ese lugar tan denostado y temido entre los que andan teniendo hijos –muchos menos hijos y mucho más tarde que antes– como el momento en que ellos se alejan y andan a su bola, y se encabritan a veces y se pierde la comunicación. Se pierde el lenguaje común. En mi particular tránsito en esta nueva fase, junto a las dos, vengo creyendo que más bien se teme ese momento porque nos volvemos comodones. Se escapan porque no queremos aceptar que se hacen autónomos, que toman decisiones, que el mundo exterior, sus relaciones y todo lo que sacan de youtube se convierte en el núcleo central de su vida y nuestras miserables personalidades dejan de estar en los pedestales anteriores. Nuestras experiencias no eran tan valiosas. Y nuestro lenguaje es otro.

Por eso ir a conciertos con ellas –verme obligada a ello– me parece un momento fascinante, a cuidar. Podría parecer(me) que ya no tengo la misma comunicación con ellas, pero llega ese momento y todo casa. Ellas me llevan. Y yo me dejo arrastrar. Con mi padre fui a conciertos, pero era siempre él el que elegía –a Jonathan Richman o a Joaquín Sabina–, tuve que montarme una banda para que una vez viniera a un concierto «mío», y yo tenía veinte años.

No sólo disfruto porque a menudo lo que están escuchando me resulta simpático –entro en su mundo, me tengo que traducir su mundo– sino por la panoplia social que implica el acontecimiento. Me divierto entre los adolescentes, a los que no entiendo, y observo a los otros madres y padres. A veces, estos y estas se han travestido del todo en el «fandom» –esto es algo excesivo para mí– y otras veces, como he visto hoy, han acompañado a su prole y se han situado con sus móviles y sus cervezas al fondo de la sala –esto también me parece excesivo–. No me hago la guay, el disco de Melanie lleva un año sonando en casa, algo pillo. Pierdo de vista a los otros adultos hasta la hora de salir.

Y me he quedado a media altura, con ellas, sufriendo por la escasa visibilidad del metro cuarenta y cuatro de la pequeña, y por la escasez de aire de que dispondría, encerrada entre cuerpos de metro ochenta. Los fans de Melanie son adolescentes tardíos, menos mi hija. Le he pedido a una pareja de chicos altos y guapos si podían dejarla pasar delante, uno de ellos me contesta con elegante pluma que por supuesto, que me lo iba a proponer. Creo que me van a mirar raro, qué hace esta señora cantando las canciones, pero no han mostrado el más mínimo incomodo.

Los fans de Melanie son jóvenes y extraños, como ella misma. Hay muchísimos pelos de colores. Hay muchísimos pintalabios azules, morados, negros y fucsia. Hay unas ganas de ser distinto, de estar entre los demás afirmando lo distinto, de querer al amigo, de querer a la amiga, de tonificar el alma en sus canciones de seres sensibles, maltratados por relaciones tóxicas y familias disformes. Los fans de Melanie son chicos y chicas que no se sienten a gusto en los moldes normativos, que empatizan con las historias de soledad y abandono, que la aman por su «distintez» (he intentado encontrar otras figuras en mi imaginario musical a las que asemejarla, es demasiado popera para compararla con Siouxsie, es demasiado comunicativa para ser Tori Amos, es demasiado rara para ser Blondie…).

Se me ha soltado una lágrima o dos cuando la corriente eléctrica de la emoción los ha hecho gritar en un tono altísimo –mi tímpano derecho ha estallado– y he bromeado con la pareja de guapos sobre la manía de los móviles, omnipresentes, que interrumpían la visión cada vez que empezaba un tema famoso –Melanie tiene catorce temas famosos en un solo disco, en la era youtube todos son singles–. Y he bailado, sobre todo para cambiar el peso de una pierna a otra, porque los pies me mataban, y he seguido fascinada mirando alrededor su entrega, su amor incondicional, su fastuoso nivel de inglés que les permitía corear dos octavas más alto cada estrofa de la cantante. Los fans de Melanie son bilingües totales, y no creo que sea cosa de las escuelas.

Hemos salido de nuevo al frío intenso, a recuperar el aire, hora y cuarto más tarde –sólo una vez un grupo me maltrató con un concierto tan corto, fue Sonic Youth en el año veinte de su carrera– pero Melanie les ha dicho a todos que los quería y que volviesen sanos a casa. La salida ha tenido de anécdota a un guarda de seguridad que nos ha hecho bajar las escaleras a trompicones porque «luego pasa lo del Madrid Arena» (sic).

En la calle, dos hombres mayores iban detrás de dos chicas muy jóvenes: «En nuestro tiempo era Kortatu, jajaja», pero los tipos estaban felices y las chicas me miraron con sonrisa. Nosotras seguíamos flotando en el aura rara, liberadora, de las canciones de Melanie.

Lo que más cuesta de ser madre o padre de adolescentes es escucharles en su propio idioma. Dejar de tener el lenguaje, entregárselo. El tiempo nuevo es el suyo. Lo que más cuesta es darse cuenta de que no tienes tanto que decirles, aunque tengas tres décadas más de lecturas o de experiencias, que podrás transmitirles o no. En mi pequeño papel prefiero apuntar relativizaciones y contextos, y seguir escuchando. En su territorio, si madre o padre quieren no salir de su territorio del todo, tienen que sufrir una suerte de desclasamiento, que se produce mediante la escucha –la de sus grupos, la de sus series, la de sus fandoms y sus relatos–. Y a partir de ahí empieza una nueva y fascinante etapa de traducción. Ellos saben mucho más, aprenden mucho más, incorporan mucho más a través de las ventanas abiertas al mundo que ya no son las de la casa. Dejar de creerse importante cuesta, tanto como hacerse bilingüe.

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