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22.10.2017

Abuelo Carrascal, querido tocayo

por José Antonio Jiménez Ramos

Permíteme, querido José Antonio, no es el mejor momento, posiblemente, pero es el único que tengo al alcance de mi mano. Me conozco y como no lo haga ahora, no lo haré y no me lo voy  a perdonar.

Nos conocimos hace más de 12 años. ¡Cuántas novedades en nuestras vidas!, la primera por determinante, el propio reconocimiento de la pareja que nos unió. Edi y Benito, juntos gracias a un especial espacio amarillo, que, en poco tiempo, por obra y gracia del amor se convirtió en un ámbito Jiménez Carrascal, en forma de Lola, la primera nieta de Loly y mia.

Edelmiri y tú teníais, por entonces, tres nietas, María, Laura y Elena, nos ganabais por goleada, pero el partido acababa de empezar, ya se vería el resultado final.

Recuerdo en muchas ocasiones, cuando paso, por el local donde comimos, actualmente cerrado, la cara de satisfacción, sorpresa y alegría que tenía Dolores, la madre de Loly, cuando aquel fin de semana os presentasteis en nuestra casa de Isla Cristina, para acompañar a los tortolitos que querían decirle que iba a ser bisabuela. Ya sabes, un accidente imprevisible lo impidió. Pero nadie le pudo quitar el regusto de intentarlo con todas sus fuerzas.

Llegó Sara, unos meses después, para acompañar a su hermana Elena, siempre tan alta y tan buena alumna. Al poco, en el mes de marzo nació Lola, se hizo de rogar, para completar el triángulo de felicidad de Edi y Benito. Lola significó mucho en nuestras vidas, nuestra primera nieta, y con un nombre tan significativo para sus padres y para toda la familia. Venía a unirse a sus cuatro primas y siempre te quedó en aquel momento ese pellizco del nieto que no teníais.

Un año más tarde llegó una segunda Lola, Lola Durán, no era vuestra nieta, pero como si lo fuera y tampoco era niño, ¡vaya!. En la tensa espera de un nieto, nace Bárbara, una nueva nieta. Media docena más una y todas niñas. Vosotros felices de tantas nietas, pero había una esperanza en forma de nieto. Por fin hace cuatro años y seis días nace Mario. Una especie de “primus inter pares”. Qué alegría, tremenda, un niño. Se había colmado vuestro interés en tener un nieto. Un logro largamente deseado.

Me dijiste; consuegro ya se ha cerrado el círculo de las nietas con Mario, el nieto. Aquel acontecimiento unido a la boda del vermú nos unió un poco más, sobre todo solventó otras circunstancias menos agradables.

Tu queridísima Edelmiri andaba fastidiada, ese corazón necesitado de fuerza y los dolores casi continuos, recibía tu atención preocupada de manera permanente. Esta mujer que no escarmienta, mírala, la ves, ya se ha escapado a fumarse un cigarro.

Menos mal que ya lo entendió y lo ha dejado del todo y ahora se cuida mucho más, aunque los dolores no la dejan, pero es lo que hay, sortear la vida que tenemos, de la mejor manera posible.

Mientras transcurrían todas las llegadas de las nietas y el nieto, la vida a tu alrededor seguía martilleando de manera irremediable sobre las cabezas de la mayoría de nuestros compatriotas y cómo no, sobre las vidas de nuestras familias, en forma tan dura como injusta, con lo buena gente que son y qué mala suerte la que tienen. Te quejabas, cada vez que nos veíamos, con esa rabia contenida de quien se siente impotente para arreglar las cosas de un plumazo. Queríamos resolverlo, pero no dependía de nosotros; lo máximo que podíamos hacer, más allá de las lamentaciones era echar una mano y poco más. Nos alegrábamos de sus éxitos que no se correspondían con los méritos, estábamos ahí, era nuestra misión imposible pero no íbamos a desfallecer.

También compartíamos algunos recuerdos y análisis de la vida política, te dejabas llevar por el pesimismo y por la melancolía que te producía las barbaridades que veíamos que se hacía y se siguen haciendo para cambiar a peor nuestra sociedad. Ello nos llevaba a comentar momentos pasados, que no concordaban en nuestros recuerdos, porque tú viviste una década antes que yo. Esa parte de la historia, la conocí por ti. Me hablabas de lo meneos estudiantiles de tu juventud con gente a la que solo conozco de oídas. Tu gusto por la historia me llevó a compartir algunos momentos, que en bastantes casos no sabía de ellos. Los aprendí contigo, sobre todo, los referidos a algunos viajes de la época imperial, de los cuales sólo sabía detalles superficiales.

Inolvidable la lectura del libro que me regalaste, Los Navegantes de Edward Rosset y cómo no, otro libro que te entusiasmó, Veneno de Napoleón de Edmundo Díaz Conde. Entre otras muchas cosas menos tangibles te debo estos conocimientos, que no me hubieran llegado si no fuera por tu gran cultura y cariño. Gracias de corazón.

No quiero despedirme sin dejarte claro que tus nietas y tu nieto pueden contar con la abuela Loly y conmigo para paliar un poquito tu ida. Hasta siempre, abuelo Carrascal, querido tocayo.

PS: Este texto no hubiera sido posible sin la memoria de Lola y de Sara.

3

comentarios

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1 - Elena 22.10.2017 - 10:44

GRACIAS

2 - masus 22.10.2017 - 13:51

Bonito y sentido texto, un abrazo J.A.

3 - Jose 24.10.2017 - 7:08

Bonitas palabras y bonitos recuerdos.

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